jueves, 2 de noviembre de 2017


FAY

A la mañana siguiente, tras despertar, obsevé mucho ajetreo por los pasillos del Instituto. Las chicas de nuestro ala iban y venían, nerviosas, aceleradas, pero con rostros apagados y llenos de resentimiento. Me quedé allí, en el marco de la puerta con la espalda apollada sobre el mismo, observándolas. Al final del pasillo, Cornelia hacía lo mismo que yo. Susperaba, traqueteaba con el pie nerviosa. No había nada que hacer. -¿Qué miras?- preguntó Diana a mis espaldas. Tenía especiales dificultades para atarse los cordones de las botas desde que tenía aquellos complicados vendajes rodeando su pierna, por ello, terminaba de vestirse muco después que yo.
-Las chicas, se van- señalé con la voz apagada. Diana me miró con rostro ligeramente indiferente. Supuse que lo había sospechado tanto como yo aquel hecho desde hacía unos días, por lo que no supuso para ella ninguna sorpresa.
-No las culpo. La verdad es que yo también tengo miedo- No dije nada después de que ella hablase. Sentía qe si respondia o hablaba mas de la cuenta, mi amiga descrubriria mis verdaders sentimientos. De hecho, sabía que había estado intentando soncarámerlos, pero consegui evitarla. –Es ala de los chicos debe estar igual-
-¿Tú crees que Caleb y Haytham se irán?-
-No lo se, fay… El nivel de valentía que hay que tener para seguir aquí… casi no se puede medir- murmuró. Al devolver la vista al pasillo, encontré al profesor Dassadow, el padre de Diana, acercándose a nuestra habitación –Diana, tu padre- la avisé. Parecía incómodo al caminar, cruzando un pasillo encargado a Cornelia y habitado solo por mujeres. La chica se puso en pie rápido, justo al tiempo en el que el profesor llegó hasta dnde estaba yo.
-Fayara, buenos días. ¿Mi hija…?-
-¿Qué haces aquí?- preguntó ella desde mi espalda. Rápidamente, deduje que aquel ya no era un sitio en el que yo deviese estar. Respiré tensión y actué rápido.
-Voy a desayunar. Diana, nos vemos en el comedor cuando puedas. Si me disculpa…- murmuré por último, pasando por debajo del brazo del profesor y cruzando el pasillo con celeridad. Sólo se me ocurría una razón por la que el profesor Dassadow habría decidido visitar a su hija en un horario tan temprano y un día como aquel. Me encaminé rápido hacia el comedor. Tenía que contárselo a los demás.


DIANA 


Mi padre cerró la puerta a sus espaldas, como quien oculta algo valioso que quisiera protefer. Después, se dirigió hacia el armario donde Fay y yo guardábamos nuestra ropa y uniforme, y antes de echar mano a las prendas, frunció el ceño –Diana, no distingo tus ropas de las de tu compañera- aclaró –Ayúdame un poco-
-¿A qué?- pregunté perpleja, pero temiendome sus intenciones.
-A hacer tu equipaje, por supuesto-
-¿Mi equipaje?- pregunté con un deje aireado –Perdona pero no te entiendo-
-No hay nada que entender. He avisado a tu madre para que sepa que llegarás esta misma tarde a casa-
-¡¿Qué?!- le encaré. Como me temía, mi padre empezaba a hacer lo que durante muchos años había acostumbrado a hacer, dada su posición. Decidir sobre mí –No pienso irme de aquí-
-Lo siento, hija, pero me temo que es lo que debes hacer-
-Venir aquí era lo que también debía hacer-
-Sí, pero antes de que los nigromantes volviesen ¿Lo entiendes? De haberlo sabido, Diana, Jamás te hubiese animado a venir aquí – murmuró mientras sacaba mi maleta de debajo de la cama. Inertupe mi pie sano en su tarea, con una reacción algo violenta.
-Deja las cosas, papá. No me voy a marchar-
-Sí, lo vas a hacer-
-La Regente ha dicho que es voluntad nuestra decidir si nos marchamos o no-
-Y es voluntad de tu padre que te vayas- de un tirón, sacó la maleta del todo. La abrió y la dejó sobre la cama, comenzando a guardar enseres que reconoció como míos.
-En el Instituto no eres mi padre, eres mi profesor- le gruñí –Así que deja mis cosas donde estaban porque no pienso marcharme. Voy a ser maga. Una maga reconocida, ¿Recuerdas? Para eso vine. Y hasta que no lo consiga, te juro que no pienso darme por vencida-
-¡Deja de decir sandeces!-
-¡Deja tú de meterte en mi vida!- le volví a encarar, muy cerca de su cara. En sus ojos, encontré a ese hombre blando y amable que era realmente mi padre. Un hombre tan dócil que llegaba a parecer cobarde –No me voy. Llama a mamá y dile que no voy a hacerte caso. Voy a seguir aquí y no va a ocurrirme nada-
-Si que te puede pasar, Diana. Tus compañeros… Es horrible lo que les ha ocurrido. ¿Sabes lo destrozada que estaría tu madre si hubieses sido tu la que hubiese quedado sepultada y muerta en aquella cripta? ¿Sabes que yo… me quedaría muerto sin ti?- confesó. Al oir aquello, enmudecí. Sus ojos, ahora, se habían enlagrimado. ¿Cuántas vueltas le había dado a esa idea para sentir aquel temor?
-Si tanto miedo te da ¿Por qué te daba igual que estuviese aquí con un profesor que fue nigromante?- Ante mi pregunta, mi padre se quedó sin palabras. Dejó sus tareas de recogida y se quitó las gafas de visión.
-¿Qué…?-
-Lo que oyes. Sé que lo sabes. Sé que sabes quien es Norman realmente- confesé –Y aunque parece que todos vosotros sí… yo no me fío de él. Porque lo que ocurrió allí, en Hamut Thera, está relacionado con él. Yo estaba allí- añadí. Sentí que los ojos se me enlagrimaban a mi también. Tenía demasiadas emociones mezcladas después de aquellos intensos y horribles días, y de alguna forma, empezaban a brotar -¿Sabes lo que sentí, papá? ¿Sabes lo que pasó por mi cabeza cuando pude atar cabos? ¿Cuándo estaba sepultada bajo kilos de tierra y arena, agonizando?... Que no quería que la magia fuese usada de esa manera- le miré atentamene- Tú me enseñaste, desde muy pequeña, que la magia debe ser usada para hacer el bien. Que por eso existen los maos, la Asamblea, el Instituto y el resto de instituciones mágicas que regulan su uso. Que yo podría ser alguien… una maga muy buena, capaz de ayudar a la comunidad mágica y a los mutis, mutis como mamá. Me da igual que sea siendo invocadora, herborista, alquimista como tú, como sea… Yo solo quería y quiero estudiar magia porque tú me la inculcaste. Me esforcé mucho en los exámenes para pasar el corte. Y ahora que estoy aquí… ahora que sé que hay gente que usa algo vivo y latente en mí, en ti y en todos, para hacer lo contrario que yo quiero, cosas horribles… ahora es cuando más deseo quedarme aquí- tenía los puños firmemente apretados. Mi padre no se movió ni un ápice –Si me voy, papá… ellos ganarán. Si desistimos, si no somos valientes… ellos usarán la magia y la volveán oscura- casi no podía pestañear diciendo aquello, pues estaba convencida de mis palabras y sólo quise transmitírselas lo mejor posible –Tu no me has educado toda una vida para ahora rendirme… y lo sabes-
-Diana…-
-Y por eso no voy a irme. Haz mis maletas, envialas a casa. Rompe mi matricula, exige a Loreen qe me abra un expediente disciplinario sin motivos para así expulsarme ¡Lo que quieras! Pero no… me voy… a ir- después de decir todo aquello, solté el aire que había estadoacumulando. Me dirigí a la puerta y salí de la habitación lo mejor que las muletas me dejaron. Mi padre se quedó en la habitación sin más palabras que decir. Me conocía y sabía que no podía hacer más por convencerme, menos aún si me había basado y argumentado en sus propias enseñanzas para discutirle y mostrarle que me había convertido e la mujer que él siempre había querido. No iba a irme. No había nada más que hablar.

Cuando llegué al comedor, encontré la expectante mirada de Caleb, Fay y Haytham examinándome conforme me acercaba. Me senté junto a ellos, intentando tranquilizarme. –Diana, si tu te vas, me voy yo también- dijo Fay con un tono de voz decidido.
-¿Qué? ¿Por qué?-
-Lo he estado pensando. Realmente, me quiero ir. Me da miedo estar aquí, pánico. Tengo pesadillas por las noches que no me deja conciliar el sueño. Pero si no he renunciado ya, es por ti. Tú arriesgaste tu primer día de clase, los inicios de tu formación, para que yo entrase en el Instituto. Si me negase ahora a seguir estaría faltándote el respeto como compañera y como amiga-
-Pero, Fay…-
-Pero si te vas… haré lo mismo. Eres tú quien me da fuerzas para seguir, Diana. Quiero llegar a ser como tu- le brillaban los ojos, de un oscuro precioso como el cielo en la noche. No me esperé esa confesión –Quiero superar mis miedos, quiero ser decidida, resolutiva, tanto como tú lo eres. Y necesito que me ayudes. Si te fueras ya no tendría nada sentido-
-Pero no me voy a ir. Nunca- aclaré.
-¡¿De verdad?!- Caleb se levantó del asiento dando un salto eufórico. No me esperé tampoco su reacción. En seguida, se tranquilizó y volvió a su sitio, avergonzado por si pequeña llamada de atención –Es que… Fay nos ha contado que tu padre ha ido a verte a la habitación. Supusimos que sería para hacer que te marcharas. Y si te vas… se rompe el grupo-
-¿Romperse?-
-Claro. Somos un grupo ¿No? Donde va uno, van los otros tres. Es así. Fay y tú os compentrráis como Haytham y yo lo hacemos. Los cuatro juntos podemos llegar a hacer grandes cosas. Nos llevamos bien. Y si tú te vas… bueno… nos quedamos cojos. Y mancos, porque si te fueses a Haytham le daría un ataqye. No para de hablar de ti en la habitación- Al decir aquello Haytham le dio un codazo severo a Caleb en las costillas, y yo, sentí que las mejillas me ardían por un instante – ¿Qué? Si parece que dependes de ella, tío- bromeó.
-Bueno… es verdad que mi padre ha venido para obligarme, pero lo cierto es que no me voy a ir. Él no me puede obligar, es mi decisión… no voy a romper el grupo- sonreí.
-Entonces yo tampoco-
-Ni yo-
-Yo tampoco me iré- los cuatro, extendimos la mano sobre la mesa, colocándolas una sobre la otra.
-Vamos a parar lo que sea que se avecina- sentencié –El Instituto nos ha escogido porque somos buenos y porque nos necesita-
-Seguiremos estudiando. En poco tiempo, lo que ha ocurrido en Hamut Thera no volverá a suceder más-
-Nosotros lo detendremos. En Instituto lo detendrá-
-Juntos…-
-Vamos a ser grandes magos-




SEGUNDA PARTE 




CORNELIA 


Llegó el invierno, y con él, los exámenes teóricos.

La normalidad parecía haber vuelto a las aulas. Los profesores, impartimos clases bajo la orden estricta de aparentar que nada había ocurrido y nada más sucedería. Aun con muy pocos alumnos, las materias se impartieron y los agobios, como era normal, afloraron.

En Herboristeria y Otros Usos, los había capaces y los había aun muy verdes. Y aunque esto último pudiese ser acorde a mi asignatura, no, no era nada bueno. Caleb, por ejemplo, era uno de ellos.

Di, como profesora entusiasta, todo mi esfuerzo para que los alumnos comprendieran durante todas aquellas semanas, los usos mágicos que se podía dar a determinadas hierbas si éstas eran encantadas bajo hechizos básicos y sencillos. Pareció que esos mismos esfuerzos no llegaron a sus molleras duras. Se quejaban, preguntaban una y mil veces las mismas cuestiones, divagaban en clase… Ya podía verme, sola y amargada, cuando el curso actual terminase y no recibiese ni una sola solicitud de especialización para el siguiente curso, tras el año práctico.

Elegí el último día de clase antes de las vacaciones como fecha para que los alumnos realizaran el examen de mi asignatura. Por lo que me dijo Fay aquel día, justo antes de entrar a clase, fue mi exámen el último que iban a realizar después de varios días examinándose de otras asignaturas. Y era cierto. Lo noté en sus caras cuando ya todos ocupaban sus asientos, nerviosos y disgustados. Sus caras estaban mustias, apagadas y cansadas. Vo incluso algunos gestos de derrota.

Repartí los exámenes casi sin piedad, para luego sentarme sobre mi mesa y observar que no hicieran ningún tipo de trampa. Así, durante dos horas.

Cuando llegó el fin de la clase, los ánimos cambiaron por completo. Los alumnos saltaron de sus asientos justo antes de entregarme el exámen como si fuese un mero papel sin importancia. Algunas chicas se abrazaron. Stark se marcó un bailecito de lo más cutre. –Que tengáis buenas vacaciones, chicos. Aprovechad que estáis en casa para repa…- no pude hablar más. Se habían esfumado, como una enorme manada de ñues asustados. –Bah, que os den- murmuré en voz baja. No es que los odiase. Pero ellos iban a tener vacaciones y yo no.

Normalmente, los profesores del Instituto no regresaban a sus hogares durante las vacaciones. El profesor que conseguía una plaza para formar a futuros magos, debía reconocer al Instituto como su propia casa, puesto que su vida y su trabajo residirían ahí. Como aquel era mi primer año, me empezaba a costar. Aunque claro, aquí al menos iba a estar acompañada.

Tras ordenar los exámenes, los llevé a la sala de profesores. Allí estaban todos, algo animados a pesar de que ninguno iba a irse a casa. Algunos ya corregían los exámenes que habían expuesto días anteriores. Otros, se los estregaban a Loreen, pues era ella quien hacía un último revisionado de todos. Nadie ponía en duda que la Regente era la maga más competente de todos quienes estábamos allí. Sin embargo, ese día destacaba otra persona. Mathilda estaba pletórica. Recogía algunas cosas de su mesa con rapidez. -¿Qué le pasa a esta…?- pregunté en voz baja a Loreen mientras dejaba los exámenes sobre mi mesa.
-¿Has dicho algo, querida?- Mathilda tenía el oído demasiado fino.
-Solo me preguntaba por qué estás tan radiante. ¿Los alumnos ya te han dicho que les gustaría especializarse en Ilusión?-
-¡Que va! Aun no me han dicho nada. Los pobres chiquillos están desubicados. Diría que aún ninguno a descubierto su propio potencial. Lo que me ocurre es que me voy-
-¿Qué te vas?-
-Sí, a casa- La miré sin pestañear. Debió ver en mi cara una acumulación de dudas demasiado grande –He acumulado todos los días de permiso docente para gastarlos en invierno. ¡Vacaciones!- rió como una ardilla.
-No sabía que eso estaba permitido…- lancé una mirada criminal a Loreen, quien puso los ojos en blanco. ¡Muy lista, Regente! Había cosas que no convenía decir a los profesores ¿Verdad?
-Bueno, me temo que tengo prisa. Me espera mi pareja en la Puerta de Panthoss- Si hubiese tenido algún líquido en la boca, lo hubiese escupido.
-¿Novio?-
-Sí ¡Kévin es un mutis majisimo! Su falta de magia se ve totalmente oculta bajo su tremendo humor-
-Y sus ganas de aguantarte…-
-¿Has dicho algo, cielo?-
-Eh... sí. ¿Ya tienes el permiso para decirle quien eres realmente?-
-¡Claro! Hace dos meses que lo sabe. ¡Estamos hechos el uno para el otro!- otra vez, esa risita de ardilla. Me crispó los nervios y me sentí ofendida. ¿Por qué alguien como Mathilda tenía pareja y yo no? Yo era mejor. Más lista, más existosa, más guapa, menos rosa…-
-¡Disfrutad de las vacaciones dentro del Instituto todo lo que podáis! ¡Hasta dentro de unas semanas! ¡Chao!- Y como una pelusa rosa llevada por el viento. Se marchó. Bufé.
-Las hay que tienen suerte.-


DIANA 


Cruzada de brazos. Fui la única alumna que estaba cruzada de brazos, quieta en el sitio, sin moverse, sin una pizca de euforia, a las puertas del bosque que separaba el Instituto de las carreteras mutis. Allí, frente a nosotros, estaba el mismo barco de golems que hacía unos meses nos trajo hasta aquí. Ahora, todos volvían a sus casas de forma temporal, para ver a sus familias, abrazarlas y sentirse seguros en su hogar. Todos, menos yo.
-Te traeré un regalo de Navidad ¿Vale? Algo muy bonito. No estés triste- Fay puso sus manos en mis mejillas. No, no iba a sonreir.
-Pero aun así me quedo sola…-
-Vamos, Diana. Es toda una experiencia el tener todo el Instituto para ti sola. Seguro que durante muchos años, algunos alumnos habrían deseado no volver a sus casas e indagar los recónditos pasillos de la escuela ahora que los profesores tienen bajada la guardia- Las palabras de Caleb tampoco me iban a hacer sonreír. No le veía nada bueno por ningún lado.
-Pero seguiré sola-
-Tienes a tu padre contigo, Di. Nosotros no hemos visto a los nuestros en meses- A Fay no le faltaba razón –Y él seguirá aquí. No volverás a casa, pero sí estarás con él. ¿Para eso están las vacaciones, no? Para estar en familia-
-Pero mi padre seguirá trabajando… no es como volver a casa y sentarnos en la mesa a cenar. Él en su despacho, yo en mi habitación… es distinto-
-¿Por qué no vienes a mi casa? Tengo una habitación de sobra y mi padre seguro que querrá que te quedes en cuanto le hable de ti- En los ojos de la chica, vi que su propio plan le hacía la mar de ilusión.
-No puedo… mi madre viene en unos días y también ha estado muy asustada por lo que pasó. Quiere verme, y yo a ella-
-Entonces haz como si nada, Di- Caleb puso su mano en mi hombro –Seguro que se te pasa rápido. Son solo cuatro semanas. Antes de que te lo esperes, ya estaremos aquí-
-Pobre Dianita, se queda solita con papaíto- Alister pasó por nuestro lado. Supongo que su pequeño cerebro necesitaba intentar humillar a alguien antes de irse. No le hicimos caso.

El barco emitió un pitido grave y largo. Era la hora de marcharse. –Cuidaos- dije simplemente. Aun cruzada de brazos, Caleb y Fay me abrazaron con fuerza. Eramos una piña. O un sándwich.

Tras el abrazo, los dos se marcharon –Eso, cuídate- Haytham estaba ahora a mi lado. Con su brazo aún algo torpe, le había costado un poco volver a hacer sus maletas y llegaba de los últimos para tomar el barco. Le miré, pero de una forma distinta a la que miré a Fay o Caleb. Haytham, un chico que en principio había sido tan problemático, alguien que ocultaba algunos secretos que no quería preguntar, había supuesto para mí demasiada ayuda. 
–Cuídate tú también, mucho- No supe que más decir o hacer. No me atrevía, por alguna razón, a abrazarle como lo había hecho con los demás. Había algo nervioso o algo de vergüenza que vencía en mí esos ánimos. El chico se rascó la nuca. ¿Él tampoco hacía nada?
-Lo intentaré. Es un poco más difícil hacerlo cuando no tienes familia… pero lo haré- Aquellas palabras me dejaron en blanco por un momento. ¡¿Qué?!
-Espera… ¿No tienes familia?- El barco volvió a pitar. Haytham debía irse.
-Sí… solo una madre, pero no está en condiciones, digamos. Está en la cárcel. Tampoco me quedan familiares que se hagan cargo de mí, que yo sepa-
-Entonces ¿A dónde vas ahora?-
-A una casa de acogida. Allí llevo unos años viviendo. Me tratan bien-
-Haytham… no lo sabía. ¿Por qué no me lo habías dicho?- me sentía triste y consternada, por alguna razón.
-No es importante. No te preocupes-
-Pero… podrías quedarte. Loreen lo entendería- otro pitido.
-Di, no pasa nada, de verdad-
-Pero…-
-Me tengo que ir- El barco volvió a emitir aquel sonido. Era el último aviso. Y ese último aviso fue como un impulso. Le tomé de la mano y me puse de puntillas para poder alcanzarle el rostro y darle un corto beso en la mejilla. Después, me separé de él como si quemase. –Prometeme que te vas a cuidar bien. ¿Vale?...-

Finalmente, el barco se marchó. Ayudándome de una sola muleta, me giré para observar el gran castillo de piedra oscura que era el Instutito. No era el estar sola lo que realmente no deseaba. Simplemente… ya no me sentía segura en aquel lugar.
Haytham

Supuse que sería fácil, pero no. Me sorprendió, a decir verdad. Pensaba que encontrarme con Diana después de aquella experiencia sería algo agradable, pero sólo trajo amargos recuerdos. Sentí la sensación de su mano rígida y cálida en la mía. La sensación en la que pensábamos que ibamos a morir... y ahí estabamos, en pie, yendo hacia el funeral de unos compañeros que, aunque mayormente desconocidos, no dejaban de ser compañeros. Y lo peor de todo era saber que podriamos ser nosotros los que recibían sepultura -¿Estás bien?- pregunté en un hilo de voz. La chica asintió. Era una mentirosa -Me alegro- pero yo también lo era ¿Qué le podía reprochar? Mentía al querer creerme que realmente estaba bien. No sabía qué decirle. Diana me preguntó sobre mi destino, si iba hacia el funeral. Asentí, simplemente. Igual que hiciera con Fay antes de que yo llegase, me indicó que ella sería un lastre y que mejor me adelantara -No sé... otra gente...- me rasqué la nuca -Pero no es que lleve prisa para ver un funeral. Poco que ver, de hecho. Y mucho que sufrir- recalqué en un suspiro que Diana acompañó con otro -Voy contigo aunque sea despacio- la chica pareció aceptar, de manera que a su ritmo cansado, avanzamos lentamente hacia los acantilados del patio trasero.

 Aquel día era negro como la situación que vivía el Instituto. La lluvia no ayudaba en absoluto, pero al menos tenía un brazo lo bastante sano para sostener el paraguas, pese al viento. Diana se interesó por mí, observando el cabestrillo que me sostenía el brazo casi destrozado -Ah, esto...- bufé -Estoy bien. No es la primera vez que sufro contusiones graves. Las pócimas de Cornelia ayudan a sofocar el dolor y aceleran la regeneración. Imagino que tu pierna pasa por el mismo proceso que mi brazo- la chica asintió -Oye... Diana- me atrevó a aventurarme en una conversación que pudiera sanar la tortura que tenía en la mente desde el incidente -Aquel hombre, el de la barba- el nigromante, señaló la chica -El nigromante...- tomé aire -Conocía a Norman ¿No es así?- hubo un ligero momento de silencio entre ambos mientras caminábamos lentamente -¿Por qué razón...?- me cuestioné, ganándome una mirada sorprendida de la chica -¿Ocurre algo?- ella negó tras unos momentos de duda -Si tienes algo que decirme, dímelo. Me mata la duda- ella volvió a negar. Aseguró no tener más detalle, sólo que al igual que yo, sospechaba que Norman frecuentaba malas compañías -Para ser un viaje dedicado al estudio de las runas antiguas ya me pareció curioso que el profesor de Defensa viniese con nosotros... Quiero decir... ¿Sería posible que ya estuviese planeado? ¿Podría ser que era una emboscada?- Diana no le veía coherencia a ello ¿Qué provecho sacaban con hacer algo así? -¿Ponernos a prueba?- una prueba ridícula de ser así, aseguró la chica de mala gana. Habían muerto alumnos e incluso los profesores Deckard y Norman habían salido heridos. No, no era una prueba del Instituto, de la Asamblea ni de los profesores. Los magos negros habían vuelto. Los nigromantes regresaron y los pelos se me erizaban con sólo pensarlo. Descubrí de mí mismo que no quería asimilarlo. Sentía pavor. Yo, que había leido historias de toda clase, tanto ficticias como reales. Yo, que seguramente sabía más de las Guerras Negras que cualquier otro alumno que se conformaba con la censura que a veces la Asamblea arrojaba sobre la sociedad mágica, seguramente, para que no hubiesen colectivos descontentos o rebeldes que tomaran ejemplo de los nigromantes y se unieran al gremio. Yo sabía sobre ellos aunque me hiciese el tonto... pero jamás pensé que me encontraría con uno. Realmente había comprendido que albergaba la triste esperanza de que los días oscuros habían quedado atrás pero no, habían vuelto. Qué demonios, ni siquiera llegaron nunca a marcharse. Estaban buscando las Esferas ¿Pero qué era eso? Debía estudiarlo, debía indagar sobre ello... Diana me sobresaltó entonces con su pregunta sobre en qué pensaba. Aseveró que estaba muy callado y caminaba con torpeza. Casi tropezaba con ella dos o tres veces por mi ensimismamiento -Ah, perdón. No es nada, es sólo... que no me lo puedo quitar de la cabeza. La chica dijo comprenderme, más de lo que seguramente me imaginara. En el fondo, yo lo dudaba muchísimo.

Loreen

La lluvia me estaba calando hasta los huesos. De entre todos los asistentes, que eran legión, era la única que no llevaba un paraguas. Daba igual lo que pudieran pensar de mí o la imagen física que estaría proyectando a los alumnos y padres asistentes. Soportaría la lluvia como las lágrimas eternas de esas personas que perdieron a sus hijos bajo mi cargo. Como Regente del Instituto, mi deber y obligación era velar por la máxima seguridad de cada persona que recorriese esos pasillos, profesor u alumno. Y sin embargo no podía derramar una lágrima por esos jóvenes inocentes. Algunos podrían pensar que los años conociendo distintas caras cada año me endurecía a la hora de formar lazos o vínculos con los alumnos, pero no era así. Cada año era para mí una bendición. Eran mis niños y mis niñas. Como hijos que venían a visitar a una madre y a pasar unos años de experiencias con ella. Me lamentaba en silencio por saber que jamás mostraba mi cara más amable a esos jóvenes, que pudieran llegar a comprender que como Regente me preocupaba por ellos como la que más, pero había vacíos y hoyos en mi alma que me lo impedían. Dolores, cicatrices que no quería que se volviesen a abrir. Me desgarraba admitir que una vez más tenía razón. Si me hubiese abierto hacia esos jóvenes estaría de nuevo sufriendo. Una había vivido lo suficiente para saberlo. El día a día era un constante sufrimiento y cuanto menos dolor pudiese entrar en el corazón mejor sería. Pude ver en esos momentos de consternación a Diana llegar junto a Haytham. Otros dos de los afectados. Pierna y brazos molidos hasta el punto de que si no estuviesen bajo un tratamiento de pócima mágica jamás volverían a caminar o a mover el brazo con normalidad. Esperé el tiempo suficiente entonces para comprobar que al parecer no había nadie más que se aproximase hasta el risco en el que nos encontrábamos, con los cuerpos de los jóvenes sepultados ya de por sí bajo unas pilas de roca, decoradas con hechizos que las hacía relucir de un blanco precioso, como si fuesen marfil. Sería el recordatorio eterno de que nunca dejarían este lugar, y nos acompañarían siempre donde fuesemos -Gracias a cada uno de vosotros por asistir- dije, reuniendo un valor que jamás pensé que me faltaría. Me temblaban las manos. Las contuve enredando los dedos con elegancia, como si fuese una persona que no se inmutaba ante tal situación. El llanto desconsolado de los padres presentes de aquellas criaturas me estaba partiendo en pedazos. Añoraba a Allant. Le echaba de menos. Dios, cuanto le necesitaba en ese momento a mi lado -Hoy no es un día feliz para ninguno de los que estamos aquí, para conmemorar a estas hermosas vidas que se han perdido por culpa de la desgracia más viva y siniestra que puebla nuestras fronteras mágicas- hice una pausa para tragar saliva -Hoy no es un día... para discursos. No hablaré del honor, del orgullo que es ser mago. No hablaré del poder, ni de la responsabilidad. Hoy sólo hablaré del miedo... y con miedo. Hoy sólo quiero decir las palabras más dolorosas que jamás pensé que pronunciaría y que aseguro a cada uno de vosotros que me corroe el corazón como una víbora ponzoñosa que lo muerde una vez a cada segundo que pasa- miré con firmeza a cada persona, de tantas que eran, que la vista me permitía -Alumnos, padres... Hoy quiero declarar que el Instituto no es un lugar seguro- se alzaron murmullos y lamentos. Lágrimas bajo la lluvia -Quisiera poder decir lo contrario- añadí -Quisiera poder decir que estos... jóvenes... hermosos, perfectos... llenos de vida...- acaricié las piedras. Me costó contener las lágrimas. Se me arrugaba la barbilla, pero debía ser fuerte -Quisiera poder decir que están a salvo gracias a mi gestión, gracias a mi esfuerzo. Quisiera poder decir que ellos son los que acuden a mi funeral, porque morí por su bienestar- suspiré -Pero no he podido. No he podido... y lo siento... mucho...- aparté por un momento el rostro de los presentes. La madre de la chica que falleció se acercó hasta a mí para consolarme. Gracias, señora Huddens. Su súbito impulso me dio fuerzas -...En este día tan negro reafirmo mis palabras. El Instituto no es un lugar seguro. Ellos han vuelto- declaré -Los Nigromantes han vuelto- sentencié -Y como enemigos naturales de la Asamblea seguramente nosotros, una ramificación de la misma que apoyamos y formamos a jóvenes promesas, seremos su objetivo en algún momento. Hoy, ante los cuerpos de estas vidas perdidas que cargaré en mis hombros de por vida, quiero anunciar que todo aquel que quiera marcharse voluntariamente puede hacerlo. Sin temor a represalia alguna para la familia- aquel anuncio no cayó en saco roto. De hecho, en ese momento no me imaginé hasta qué nivel había sido tomado en consideración -En memoria de Mia Huddens, Dick y Richard Manson...- acaricié de nuevo las piedras. Se rodearon de unas hermosas enredaderas que surgieron de la tierra envolviéndolas en flores de diversos colores -...os prometo que desde el Instituto y la Asamblea cambiaremos el mundo de nuevo. Y que sus sacrificios no sean jamás en vano. Lo siento mucho...- sólo quedó la lluvia. La lluvia y mis lágrimas ocultas bajo la misma.

Cuando por fin hasta el último de los padres se marcharon con sus hijos al interior del Instituto para hablar, descansar o llorar en paz, cuando por fin tuve un momento para estar a solas con mis pensamientos mirando el oscuro mar golpeando con fuerza desgarradora los acantilados, sentí que alguien estaba a mi espalda. Por alguna razón no tuve que girarme para saber quién era. La forma en que me miraba mientras me despedía de los alumnos fallecidos me decía que tenía algo urgente que decirme, algo que le colmaba los nervios -¿No crees que en tu estado deberías descansar, chiquilla?- le pregunté con voz apagada. Diana estaba sola conmigo. Había hecho volver a Haytham Nox al Instituto. El pobre se marchó con un gesto de enorme preocupación en la cara. Ella le gustaba, o algo similar. Sé cuando un hombre mira a una mujer con interés. Anhelaba la mirada que me miraba así hacía años. Pensaba constantemente en él -Nunca es fácil ver a alguien partir...- mascullé, más para mí misma que para Diana. La chica se acercó a mi lado y observó junto a mí el espectáculo salvaje de la naturaleza. Aseguró que en absoluto era fácil aceptar la muerte de esos compañeros -No... nunca lo es- respiré hondo -¿Qué necesitas, muchacha?- Diana mantuvo una expresión adusta durante unos momentos. La dejé reflexionar en paz. Fuese lo que fuese lo que me quería decir, más valía que esuviese segura. Entonces me preguntó por lo que menos esperaba que preguntaría. Me habló de Norman y si sabía, si era consciente, de su naturaleza y pasado -¿Qué quieres decir?- la miré con interés. La chica reunió valor para confesar que pensaba que era un Nigromante -¿Sabes... que es una acusación muy grave, Diana?- entonces me contó su versión de los hechos con más detalle que a cualquier otro profesor. Alegando el cómo ese hombre de la barba y cabellos largos, aquel Nigromante, clamaba a Norman uno de los suyos o que lo fue en el pasado. Suspiré con pesadez - Diana... mucho me temo que tienes razón... y que ya lo sabía- mis palabras la cogieron tan de por sorpresa que casi se tambaleó -Sí... todos lo sabemos. Todos los profesores- incluido su padre, lo que más la dejó reflexiva -Norman fue un Nigromante, en efecto. Hace muchos años, cuando tenía tu edad o un poco más. Los dejó atrás también hace mucho...- Diana no se quedó conforme. Aseguró que uno no se quitaba la magia negra de encima como quien deja de fumar -¿Eres muy conocedora de las artes de la sombra?- pregunté con más severidad de la que esperaba. Dí a entender sin querer que protegía a Norman. La chica se veía herida ¿Cómo podíamos proteger a un Nigromante y tenerlo entre nosotros cuando son asesinos y criminales? -Quiero pensar en que hay una redención, Diana ¿Qué nos queda, si todo el que cae en la sombra, nunca resurge de sus cenizas?- la chica no estaba conforme -Lamento de corazón que tengas que comprenderlo de esta manera. Norman ya no es un Nigromante y como tal debes respetarle. Ahora lucha contra ellos... Ya no es... un monstruo-  conseguí crispar a la chica, que se marchó. Como también sé que descubrió en mí un resentimiento muy profundo hacia Norman.

Norman

Estaba sentado en la sala del comité de profesores, solo ante aquella enorme mesa redonda que nos servía como sala de descanso o reuniones. Me acariciaba pensativo la venda que me cubría el ojo. Maldito seas, Rahir. No tenía la cabeza herida, ni tampoco el ojo en sí, pero encontrarme con él terminó avivando aquel viejo hechizo que me lanzó y debía ocultarlo, por mi bien y por el de todos los que se acercaran a mí. Lo que sí me dolía era el dedo. Enrojecido como la misma sangre, casi llegando a tornarse la carne negra, me martilleaba como si me clavaran tornillos por todas partes. Además, el anillo había iniciado su "sistema de seguridad" y me estaba succionando la energía mágica como un parásito. En los días venideros poco o nada podría hacer relacionado con hechizos de ninguna índole. Estaría inhabilitado unos días para dar clase. Oí ciertos pasos en el pasillo. Esperaba que fuese Loreen. Tenía que hablar con ella respecto al asunto de Rahir, pero cuando la puerta se abrió, fue Diana la que apareció como un vendabal, libro en mano -Ah, Diana- dije con calidez -¿Cómo estás? ¿Cómo llevas la pierna?- la chica se acercó a mí con celeridad. Estaba furiosa. Estaba consternada ¿¡Cómo podía ser que un Nigromante fuese el profesor de Defensa en el Instituto!? Me alarmé ante su grito. Mi reflejo natural me hizo tomarla de un brazo y callarle la boca con la otra mano que tenía libre -Shh... Baja la voz ¿Quieres? Si los padres de los alumnos se enteran o los mismos alumnos Loreen estará en un lío- aquello era lo que Diana pensaba. Que era un complot ¿Es que acaso Loreen estaba con los Nigromantes? -Loreen jamás se pasaría a la sombra. Ella jamás sería parte de la oscuridad- le aseguré con severidad. Aun así, quiso saber por qué me protegía. Por qué yo, que había sido un criminal, ahora era profesor y estaba bajo el amparo del Instituto -Es una larga historia que no tiene cabida en un día como hoy Diana- frunció el ceño. Me estaba retando. Reparé entonces en que había traido el libro no por costumbre, sino por si tenía que defenderse. Iba a presionarme. No estaba satisfecha con lo poco que sabía. Cuando lo comprendí, caí derrotado en la silla -Diana... ¿Qué quieres que te cuente?- bufé -Mi pasado no te incumbe- pero sí le incumbía mi presente, pues era mi alumna. No pensaba estar bajo los cuidados de un Nigromante -No soy un Nigromante- aclaré, esta vez perdiendo un poco los nervios, alzando la voz -Y no vuelvas a acusarme de ello- ella se bastó con el hecho de que Rahir me calificó como tal, que podría haber sido tan grande como Morgan junto a él -Esos son días muy oscuros y pasados. Tanto que se han perdido en los ríos del tiempo- no para ella, no para la gente que vivía bajo mi tutela. No para los padres que habían perdido a sus hijos por culpa de los de mi calaña -¡Basta!- me puse en pie. Mi voz causó un eco que no me extrañaría que alguien la hubiese oido a través de los pasillos -Tú...- la señalé -Tú no sabes nada. No tienes ni la menor idea de cuantas cosas han sucedido en este Instituto y en otros lugares del mundo. Tú no tienes ni idea, ni la más remota, de lo que cada persona en este mundo enorme, en este universo en el que somos meras motas de polvo, podemos llegar a vivir y sufrir ¡Jamás quieras pensar, Diana Dassadow, que tienes el derecho divino de juzgar a la gente por sus acciones!- gruñí -¿Fui un Nigromante? Oh, sí. Lo fui. Y de los más grandes, además- declaré -¿Eso es lo que quieres saber? ¿Eh, Diana? ¿Quieres saber también si he sido un criminal? ¿Si he robado? ¿Si he asaltado? ¿Quieres saber si he matado? ¿¡Eso quieres!?- me di cuenta de que la chica retrocedió dos pasos, pero no de su expresión de terror ante mi creciente carácter violento. Tampoco me di cuenta de que cada vez yo iba a peor -¡Sí, Diana, he matado!- alcé mis manos a la altura de sus ojos -Estas manos están manchadas con sangre ¡Y con sangre de seres queridos incluso! ¿Era eso lo que querías saber? ¿Y ahora qué harás? Ve y cuentalo. Ve y señálame, que lo unico que harás es sembrar el terror innecesariamente- dije, perdiendo fuerza conforme hablaba. Entonces me di cuenta de que me había pasado. Las emociones eran fuertes. Los días difíciles... y mis recuerdos tormentosos -Yo... Lo siento- dije, sabiendo que ya le había causado una peor impresión -Es que...- suspiré -Da igual, Diana... Cúlpame cuanto quieras por mis acciones, cúlpame por todo cuanto hice y hago aún hoy día... pero no culpes a Loreen, por favor. El resto de profesores me aceptan aquí porque ella es la Regente y es quien quiere mi presencia... y te aseguro que no precisamente por su buena voluntad... Ella es una buena persona que ha sufrido como nadie debe sufrir. Como esos padres que fuera lloran las muertes que ha causado Rahir...- la observé retroceder. Pensaba irse -Vete, no temas darme la espalda. No te haré daño. Ten presente Diana que el miedo es la mejor arma de los Nigromantes... y yo estoy aquí porque quiero enseñaros eso a todos. A no tenerles miedo a ellos ni a nadie. Ese es el secreto de la mejor defensa- sonreí tristemente. Estaba perdido en mis recuerdos -Si quieres ser algo más que una maga común tenlo presente siempre. Sé fuerte, sé valiente... y no le tengas miedo a Rahir, ni a mí...- apuntillé -Supérale. Supérame... y habrás completado el camino que te trae a este Instituto- dije finalmente antes de volver a sentarme en la silla y darle la espalda. Tenía mucho en lo que pensar. Tanto ella como yo...

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Diana

Haytham se cayó al suelo. No pude sostenerlo más conforme ascendía por las escaleras. Los brazos se me cansaban, por no hablar del miedo, que me impedía extralimitarme. Estaba nerviosa, el corazón y la mente no respondían a mis ordenes. Quizás, mi estado hubiese sido mucho mejor de no haber tenido otra mala experiencia el día anterior. -¡Haytham!- le grité, tomándole de un brazo y ayudándole a ponerse en pie. -¡¡¡Deckard!!!- grité, como había hecho hacía pocos segundos antes, en un intento de que, desde algún hueco recóndito de aquella cripta, me oyese.
-¡Corre, corre! ¡Hay encontrar Deckard!- Con resolución, el chico se incorporó y echó a correr aunque aún le fallaban algo las piernas.
-¡¿Estás bien?! ¡¿Puedes andar?!- Yo intentaba seguirle, pero él era más rápido que yo.
-¡Sí, por suerte! ¡Joder!- gruñó -Ese tipo... Ha sido como si me arrancase el alma. No quiero volver a sentir algo así en mi vida... ¡¡¡Deckard!!!- Nos apoyamos por las paredes arenosas, que empezaban a temblar de una manera horrible. La arenilla y el polvillo del techo comenzó a caer sobre nuestras cabezas mientras corríamos por aquellos túneles tan oscuros. Ninguno de los dos dijo nada, pero aquellos temblores supimos que no presagiarían nada nuevo. -¡¿Donde está Deckard?!-
-¡Yo que se! ¡Debería estar cerca!- de repente, oímos un grito. La voz que lo profirió, fue fácilmente reconocible por ambos.
-¡¡¡Fay!!!- la llamé, lanzándome hacia la dirección de la que provino el grito como si me fuese la vida en ello. 

Finalmente, les encontramos. Estaban en una pequeña estancia, cerca de la planta superior que daba paso a la salida. Estaban lanzando hechizos, como podían, hacia dos personas que les atacaban. -¡Deckard!- le llamé. El hombre se volvió rápido, y al vernos, sin Norman, comprendió que sucedía lo peor. -¡Hay que irse! ¡Ya!- Sobre el profesor, saltó una de aquellas personas aprovechando su temporal distracción. No quise perder tiempo y abrí el libro. -¡¡¡Eox!!!- El cuerpo del hombre salió expulsado, y solo entonces, mientras caía contra la pared rocosa, pude comprobar que no era un hombre normal. No tenía ojos ni cabellos. Apenas gemía y su piel... estaba compuesta por varias tonalidades. Aun, había otro hombre de idéntico físico que seguía atacando. -¿Qué... qué es...?- Las paredes, el suelo, el techo... todo el lugar volvió a temblar, pero aquella vez, con una fuerza desmedida que hizo que todos nos tambaleásemos o cayésemos al suelo. 
-¡Corred! ¡¡¡Corred!!!- gritó Deckard. Su cara estaba descompuesta. Blanca. 
-¡¿Qué pasa?! grité asustada. Sentí que un par de manos tiraban de mí. Haytham me había puesto en pie rápido, y sin mediar palabra, tiró de mi brazo hacia la salida. 

Todos. Absolutamente todos corrimos hacia la única luz que provenía de la planta superior. Estaba tan cerca y tan lejos a la vez... Algunos alumnos nos adelantaron y otros, quedaron a mis espaldas. Quise haber mirado, quise haber comprobado que todos estábamos cerca y teníamos una posibilidad de huir... pero no pude. La oscuridad se cernió sobre todos nosotros. Sobre mis espaldas, sentí la presión de un enorme peso que me obligó a caer. Sentí dolor, asfixia. El polvo se metió por mis ojos, oídos y nariz. Estaba aprisionada, aplastada. No pude oír nada después del ruido que emitió el desprendimiento, porque me pitaban los oídos. Tras el silencio, intenté respirar, intenté moverme, pero no pude. Solo pude abrir los ojos, cuya visión tenía teñida de rojo. No pude quejarme ni llorar, porque sentía que si lo hacía más aplastada me sentiría. Me resigné. Apoyé la cabeza contra el suelo. -Diana...- oí un hilo de voz, un murmullo. Me permití ladear la cabeza hacia otro lado y ahí le encontré, mucho más cerca de lo que mis oídos me habían asegurado. Haytham estaba tumbado en el suelo, boca abajo, como yo. De su boca brotaba un hilo de sangre o eso me pareció ver en mitad de toda la oscuridad. No dijo nada más. Él tampoco pudo. Solo sentí su mano agarrar la mía, con confianza. ¿Íbamos a morir...? Quizá eso ocurriría. Al menos... si eso iba a suceder... alguien estaría sosteniendo mi mano. Acomodé la mano hasta que yo también se la sostuve, entrelazando nuestros dedos. Él tampoco debía sentirse solo... 

Cornelia

Cuando un encargado del hotel me dijo con un acento bastante verde, que tenía una llamada para mí, me temí lo peor. No supe si dejar a los alumnos encerrados en el hotel con la orden de no salir bajo ninguna circunstancia, sería lo acertado. Pero como profesora, como tutora, tenía que ir.

Fui en un coche de la policía local, ojeando desde la ventanilla, nerviosa, como cientos de velas iluminaban el terreno en aquel atardecer. Los agentes me hacían preguntas banales. Nos habíamos hecho pasar todo el tiempo por alumnos y profesores de una Universidad especializada en Arqueología. Aquello se lo tragaban, claro. Lo que no alcanzaban a comprender era como habíamos sido posibles de sufrir dos altercados en cuarenta y ocho horas. No le respondí. Me estaba fumando un cigarro muy nerviosa, poniéndome en lo peor.

Llegamos a los pies del obelisco en pocos minutos, puesto que no paré de ordenarles a aquellos mutis que se diesen prisa. La zona, estaba rodeada de luces azules y anaranjadas. Salí del vehículo incrédula, sin palabras. Allí... no había salida. -¿Donde... Donde...?-
-Señora, tranquilidad. Bomberos sacan cuerpos- indicó uno de los agentes. Tuve suerte de que la mayoría, supiese hablar mi idioma.
-¡¿Pero están ahí todavía?!- grité. Los agentes que habían llegado al lugar con anterioridad, habían colocado cintad que dividían la zona en permitida y no permitida, de uso exclusivo para profesionales que allí trabajaban. Por supuesto, me la salté. 
-¡Señora!- Haciendo caso omiso de las advertencias, me acerqué hacia aquella salida sepultada. Un vehículo con una pala enorme de metal, se afanaba por sacar arena, tierra y escombros para abrir hueco a los bomberos que ya intentaban hacerse paso por los huecos. 
-¡¿Por qué están tardando tanto?! ¡Me avisaron hacía ya una hora de esto! ¡Todos deberían estar fuera!- grité horrorizada, con una mezcla de sentimientos horrible en mi interior. ¡Tantos años intentando optar por una plaza como profesora, tantos años intentando demostrar mi valía, tantos años sabiendo que cuando lo consiguiera, sería la mejor etapa de mi vida y...! ¿Como podía estar sucediendo aquello?.
-Tranquila. Aparta. No es fácil. Lleva tiempo- Otro de los agentes que  allí había, posó una mano sobre mi hombro. Le lancé una mirada repleta de intenciones. Si abría mi Libro... si movía toda aquella tierra... -Deje trabajar. Es difícil. Si hacemos mal, todo se derrumba más. ¿Comprende?- Tenía razón. Un paso en falso y... quizás todo terminase de caer del todo. No sabía como era esa cripta, no sabía hasta donde llegaba y cual era su profundidad. Si movía algo que no debía... -¡Ag! ¡Joder!- Saqué un nuevo cigarrillo del bolso y lo encendí con rapidez. Dios... ¿Que iba a decir Loreen...?

Conforme los minutos pasaron, los bomberos consiguieron colarse entre los escombros. No tardaron en sacar el primer cuerpo. Lo reconocí al instante. Alister. Estaba herido, pero estaba vivo, pues fue lo primero que comprobaron. La ambulancia se preparó y fue al primero que se llevaron al hospital tras darme parte de donde se encontraría. Minutos después, sacaron a Deckard, también vivo. Sentí una mezcla de emociones al verle. Por un lado, me alegré. Por otro, me pregunté por qué no estaba en último en la ristra de alumnos. Nuestro deber, como profesores, era velar por ellos. La nueva generación de magos que tanta falta le hacía al mundo, dependía de nosotros. Los que conseguíamos una plaza en el Instituto, lo hacíamos porque entendíamos las responsabilidades, las ventajas y las consecuencias de ser profesor. Deckard quizá... fue demasiado cobarde. 

Consiguieron sacar a Starks con mucho esfuerzo. El chico tenía demasiado peso y eso dificultó la labor de rastreo además de ralentizarla. No se cuantos cigarros llegué a fumarme mientras observaba como Caleb y Fay salieron detrás del chico. Caleb estaba despierto, incluso. Lloraba, tosía y se quejaba de un inmenso dolor en la rodilla. Mientras, los agentes me hacían preguntas sobre cuantos alumnos debía haber dentro y cuantos profesores. Conté mentalmente... Faltaban algunos. Demasiados para mis nervios.

El peor momento llegó cuando sacaron a Mia Huddens, una de las alumnas encargadas a Mathilda. Sus cabellos rubios tiznados estaban enredados sobre su rostro pálido y ensangrentado. Estaba muerta, afirmaron los enfermeros que la atendieron nada más salir. Me caí de rodillas en la arena. En el interior de una ambulancia, intentaron reanimarla pero... vi esos rostros apagados, a los enfermeros negando... y supe que lo peor ya había llegado.

Tras Mia, a Dick y Richard Manson, que eran hermanos, también les dieron por muertos cuando los sacaron. Lloré. Me consideraba una mujer dura, escondida tras el humo de los cigarros, pero... aquello me superó. Ponerme en el lugar de las familias fue algo de lo más horrible que llegué a sentir en mi vida, así como pensar en lo que Loreen sentiría... su responsabilidad. Los enfermeros me atendieron, sugiriéndome marchar yo también al hospital si me encontraba mal, pero me negué. Aun faltaban alumnos... y una de ellas a mi responsabilidad.

Por fin, los bomberos avisaron de que habían encontrado un par de cuerpos más. Sacaron a Haytham. Estaba vivo, con buen pulso dijeron. Sangraba por diversas partes del cuerpo, quizás tenía algo roto, aseguraron. Y tras él, casi a la par, sacaron a Diana. La chica lucía como un fantasma. Su piel, sus cabellos, incluso sus pestañas estaban tiznadas de polvo gris, tierra y suciedad. Tenía los puños muy apretados, estaba muy tensa, porque estaba recuperando la consciencia en aquel mismo instante. Se echó a temblar como un bebé recién nacido cuando abrió los ojos. Lloró como jamás había visto a nadie llorar en mi vida. -Diana... ¡Diana!- la llamé, intentando que centrara su atención en mi mientras la subían a una camilla, evitando que entrase en un ataque de pánico. La pobre chica no podía ni emitir sonido. Tenía la barbilla muy encogida. Era como si supiese que todo estaba yendo demasiado mal... 
-Señora ¿Queda alguien?- preguntó un agente. Lancé una mirada al hueco que habían escarbado.
-Un profesor...- murmuré con rabia.

Finalmente, le sacaron. Norman estaba hecho mierda. No encontraría una expresión mejor para definirlo. Herido, magullado, con las ropas rotas... pero herido, el muy cabrón. No pude evitarlo. Cuando Loreen me advirtió de quien era él, sentí inseguridad, pero, ahora... sabiendo quien era, con lo que estaba relacionado, llegando a atar cabos... preferiría que hubiese muerto él antes que ningún alumno. -Ya está, es el último- gruñí antes de marcharme. Ahora... tocaba ser fuerte.

Diana

Las posteriores horas pasaron muy deprisa, con mucho ajetreo, con demasiados problemas. En el hospital, los alumnos fuimos recibidos por una sarta de policías que quisieron hacernos preguntas sobre todos los hechos que habíamos vivido. Yo no dije nada, ni una sola vez. Hablar era revelarlo todo. Preferí fingir que no recordaba nada y... dormir...

Cornelia

Loreen no atendía a mis llamadas. Supuse que estaba empleando todo su tiempo en preparar los informes para la Asamblea, así como informar a las familias, tanto de los supervivientes como de los fallecidos, de como ocurriría todo a partir de ese momento. Teníamos un problema demasiado gordo, demasiadas responsabilidades que asumir.

Llevamos a los alumnos, tras tres días de ingreso, de vuelta al Instituto. Esta vez, no usamos ningún vehículo. Yo misma abrí un portal. Sí, no estaba permitido. Estaba en las normas dictadas que cualquier traslado del cuerpo de forma mágica y anormal, sería penado. Escribiríamos otro justificante a la Asamblea para excusarnos... pero no íbamos a correr más riesgos. Los cuerpos sin vida... los trasladarían desde Hamut Thera en dos días.

Diana

Llovía como si el cielo llorase. Las nubes negras daban oscuridad a aquella habitación. 

Estaba sentada sobre la cama, esperando a que Fay terminase de vestirse, jugueteando con una de las piedras que guardé en el bolso el día de la excursión, antes de que todo saliese tan mal. Recogí unas cuantas, porque siempre me había gustado llevarme restos físicos de los terrenos que visitaba a casa, como recuerdo de las tierras que había pisado. Ahora, aquella piedra sucia y redonda, me daba demasiados malos recuerdos. -Es la hora- Los familiares de los fallecidos estaban ya en el Instituto, según Cornelia nos había informado.
 -¿Puedes ponerte en pie?- preguntó Fay, con la voz apagada.
-Sí, creo que sí- murmuré. Tomé las dos muletas que tenía junto a la cama y me serví de ellas para alzarme, en vez de con el pie izquierdo, el cual estaba escayolado de la rodilla hasta el tobillo. 
-Diana... ¿No te dan miedo los entierros?-
-Sí.. no me gusta esa sensación- 

Vestidas de negro, nos encaminamos hacia la salida del Instituto. Fay tuvo que ayudarme a bajar las escaleras, porque yo sola no pude. Allí, encontramos a varias personas, llorando, abrazándose. No pude mirarles a la cara... no podía decirles cosas que... llevaba días deseando decir. Sentía que iba a explotar. Tuve que tragar saliva y callar, mientras todos caminamos hacia los jardines traseros del Instituto, allá donde las olas rompían contra el acantilado rocoso. Los padres de los alumnos fallecidos, siendo magos, decidieron que, por honor a la labor, era mejor darle sepultura allí.

Me paré en mitad del jardín. Las muletas me cansaban. No podía caminar al ritmo de los demás. -Fay, ve sin mí. Iré a mi ritmo- le pedí. Casi mas que una petición, era un ruego. La chica asintió y se marchó. Cuando lo hizo, sentí que alguien estaba a mis espaldas. Haytham. Él sabía tanto como yo lo que realmente había ocurrido. Él y yo habíamos visto la cara de aquel asesino y sabíamos que Norman, nuestro profesor, su tutor... estaba demasiado implicado en todo aquello. Nos miramos, sin decir nada, pero entendiéndolo todo. Ninguno de los dos jamás llego a suponer, que ser alumno del Instituto, implicaría tantas cosas.


Norman

-He hablado con Loreen. Al parecer la Asamblea está preparando una investigación al respecto- dijo Cornelia dando una nerviosa calada al cigarro, como siempre
-Investigaciones...- bufó Deckard -¿De qué nos sirve ahora una investigación? Sea lo que sea o quien sea que ha causado aquella tormenta mágica ya no parece estar intersado en nosotros. Posiblemente incluso esté a miles de kilómetros de aquí. Quizá fue un accidente-
-No fue un accidente- tercié. Si de algo estaba seguro, es que esa clase de accidentes no ocurren. No de esa manera -Puedo decir con total convicción que ha sido deliverado-
-Ah, se me olvidaba que eras experto en eso- dijo Deckard exasperado
-¡Flyn!- regañó Cornelia de mal humor
-¿¡Qué!? ¿¡Acaso es mentira!?-
-No lo es- aclaré -Precisamente porque soy un experto, hazme caso, Deckard. Ha sido intencionado y debemos conocer la causa antes de exponer a los alumnos a más peligros. La excursión debería ser cancelada, maldita sea-
-Es una oportunidad única para ellos y además, debemos impedir que los mutis encuentren lo que no deben- gruñó Deckard
-¿Y qué van a encontrar, eh? ¿Y te parece eso más vital que la salud de los estudiantes?-
-¡Reitero que no debe de ocurrir nada! ¿O es que acaso se te han olvidado las nociones sobre acumulaciones mágicas? El templo que hay bajo ese obelisco lleva enterrado siglos ¡Siglos, Norman! ¿Sabes qué significa eso? Que ahí dentro había magia encerrada por tiempos indescifrables, aún, puesto que yo no lo he estudiado todavía- se echó flores -Y esa magia encerrada ha encontrado una salida cuando los malditos mutis han empezado a dinamitar cada pared que encontraban. Paredes llenas de grabados, glifos y runas que valen más que todo su sistema de gobierno nefasto y egoista, que no saben valorar el conocimiento del ayer- definitivamente Deckard no iba a atender a razones. Estaba molesto, más de lo que generalmente se mostraba. Me sorprendía la frialdad con la que trataba el asunto, lo terriblemente convencido que estaba de que había sido un accidente mientras que yo tenía la certeza absoluta de que había sido un ataque. Cornelia nos miraba a ambos sin saber qué decir. La entendía perfectamente. Ojalá yo no supiera qué decir al respecto o pudiese pensar igual que Deckard, con total desentendimiento
-Lo que está claro de momento es que los alumnos deben descansar- apuntó la mujer, algo abatida por la situación -Llevémoslos al hotel y allí veremos con más calma lo que haremos a continuación- en eso al menos los tres estuvimos de acuerdo y al hotel nos dirigimos cuando todos y cada uno de los estudiantes obtuvo el visto bueno por parte de los médicos

Haytham 

-La habitación es bonita... pero la cama era más cómoda en el hospital, irónicamente- señalé a Starks. Me había tocado de compañero de habitación. El muchacho gordito al que se le daba sorprendentemente bien las clases de encantamiento. A pesar de lo sucedido, parecía algo entusiasmado mientras colocaba la maleta bajo su cama. La idea de poder visitar las catacumbas de antiguas runas le excitaba aún por encima del terror. Sonreí. Me gustaba su actitud
-¿Cómo estás tú?- me preguntó, sentándose en la cama. Por su cara, pude adivinar que efectivamente pensaba lo mismo que yo sobre las camas
-No me puedo quejar- me toqué la venda en la cabeza -Me duele a ratos pero al menos todo está en su sitio-
-Me alegro- me sonrió -¿Y qué vas a hacer? Antes el profesor Deckard dijo que el continuar o quedarse aquí y disfrutar de la ciudad era una opción para los estudiantes, dadas las circunstancias-
-¿Que qué voy a hacer? Voy de cabeza a por esas ruinas- comenté exultante -No he venido aquí para hacer turismo. No he soportado el avión para ver las calles de una ciudad extranjera. He venido a aprender y mejorar como mago-
-Así se habla- contestó con admiración -Yo también quiero ir pero... admito que me da algo de mal rollo-
-Tú deberías ser el primero en ir ¿No crees? Eres el que mejor lleva los encantamientos y de lejos-
-Por eso quiero ir pero... ¿Y si hay algo malo allí?-
-Telarañas- comenté
-No... ¿Y si hay... magos malos?-
-¿Nigromantes?-
-¿Nigromantes...?- me miró extrañado
-¿Nunca has oido hablar de ellos?-
-No que recuerde. Osea... me suena de algo pero...- se rascó la barbilla
-Bueno. Da igua. Déjalo- le quité importancia -No hay nada allí ¿Vale? Así que ven con nosotros. Además, seguro que seremos muchísimos ¡Que haya quien quiera o lo que quiera, tantos magos seremos imparables!-

...

-¿Sólo vamos nosotros?- pregunté extrañado al ver que sólo formábamos parte del grupo Deckard, Norman, Alister, Starks y yo, al menos en mi grupo de conocidos. Unos dos o tres alumnos más esperaban venir con nosotros también. Apenas los conocía de verlos por los pasillos y en clase -¿Y Fay? ¿Y Caleb? ¿Y Diana?-
-Estamos aquí- comentó la sosegada pero siempre simpática voz de mi amigo Caleb, acercándose acompañado de las chicas. Mi mirada reparó automáticamente en Diana, en sus ojos. Sus bonitos ojos lucían diferentes. Había estado llorando. Lo intentó disimular sonriendo abiertamente pero se lo noté. Luego, cuando encontrase la oportunidad, hablaría con ella
-¿Estamos listos?- preguntó Norman
-¿En serio no viene nadie más?- me sorprendía
-Hay miedo- se encogió de hombros el profesor -Así que la inmensa mayoría prefiere descansar y olvidar el mal trago disfrutando de la ciudad. No podemos culparles-
-No, pero...-
-Nosotros seremos suficientes- cortó Deckard -Venga, en marcha. La Asamblea ha enviado a dos Inquisidores a investigar y nos están esperando allí-
-¿Ya han llegado?- preguntó Caleb arqueando una ceja
-Hay métodos para llegar muy rápido a muchos sitios, chico- concluyó Deckard liderando el viaje.

Norman

Al lugar se nos llevó en un par de coches contratados por el Instituto previamente. Eran una suerte de jeeps que con gruesas ruedas no tenían problemas para atravesar grandes bancos de arena. La travesía fue relativamente agradable, debido al silencio que imperaba dentro de los vehículos. Todo asunto que nos llevaba allí era mágico y los conductores eran mutis, así que cuanto mayor silencio, mejor. Antes de llegar a la parte más desértica de Hamut Thera tuvimos que atravesar la ciudad. Vimos entonces cientos de personas en las calles con extraños preparativos. Al parecer, según explicó el conductor, habiamos llegado en el Día del Encuentro. Llamaban así al día en que rendían culto a aquellos que ya no estaban entre nosotros, fallecidos por cualquier tipo de desgracia. Aquellos mutis tenían unas tradiciones que les llevaban a pensar que en cierto día y noche del año, se encontraban más cerca de las almas de los que se fueron y que podían volverse a encontrar con ellos si les guiaban en el camino de vuelta. Para ello, decoraban los caminos con infinidad de velas, que creían daban fuerza a los espíritus para seguir en el mundo. Por ello, no era extraño ver que toda calle y carretera estaba adornada con cientos de velas de distintos tamaños y formas envueltas en telas rojas como la sangre. Cuando llegara la noche y se alzara la luna, sería entonces cuando los mundos se unirían y cuando las personas fueran a dormir, tendrían la posibilidad de reencontrarse en sueños con sus seres queridos. Era tierno y alentador, pero completamente inútil. La única forma de que alguien fallecido volviese era con el uso de una poderosa y terrible magia negra, con la nigromancia, algo que afortunadamente estaba muy lejos del alcance de los mutis, una sociedad que sólo pensaban en sí mismos. Aunque había que asimilar que a veces los magos no eramos tan distintos a ellos.

Tras unos largos minutos acabamos llegando al lugar donde se suponía, estaba aquel templo. Nos encontramos todos frente a un enorme obelisco sobre en cuya base se estaban realizando excavaciones con todo tipo de artilugios y maquinaria. Lo sorprendente fue que allí no había absolutamente nadie -¿Es aquí de verdad?-
-Sí- asentí -Eso parece-
-Sé que lo parece, pero es que no hay nadie. Ni siquiera están los Inquisidores- miró a todas partes
-Se habrán retrasado- bufó Alister aburrido
-Señor Dorian, los Inquisidores jamás se retrasan. Tardan apenas unos segundos en llegar de un lado a otro- se quejó el profesor rubio
-¿Deberíamos entrar?- preguntó Haytham
-Quizá no quieran que...-
-Norman- atajó Deckard -¿De verdad?- me miraba aburrido -Hemos venido a llevarnos cualquier cosa que los mutis no deban encontrar ¿Y esperabas pedir permiso?- nos miramos en silencio unos instantes. Alister se rió de forma despectiva
-Venga, que les den a los Inquisidores. Adentro- ante tal obstinación, poca cosa pude hacer más que suspirar y seguir a Deckard.

Con el mayor sigilo que podiamos llevar a cabo, comenzamos a descender por las largas escaleras que habían instalado para bajar a la base subterranea. Conforme descendíamos, el aire se viciaba de polvo y arena llegando a ser poco respirable en según qué momentos. Extrañamente, cuando descendimos lo suficiente para ver que había luz de nuevo, el aire se limpió. Magia. Un hechizo que permitía respirar inundaba el lugar. Seguramente los mutis habrán estado buscando explicación a ese hecho. Terminamos de descender para terminar frente a lo que parecía un enorme templo, adornado con diversas estatuas de gran tamaño que custodiaban las puertas. Parecían ser mujeres parcialmente desnudas, mostrando los senos al descubierto pero con faldas talladas en la piedra que cubría sus vergüenzas. Sus rostros estaban ocultos bajo la talla de unas capuchas y pañuelos que cubrían todo lo que no fuesen sus ojos. Estaban tan bien tallados que parecía que me miraban de verdad. Era escalofriante -Maravilloso...- Deckard parecía hechizado. Se apresuró a gran velocidad hacia una de las estatuas enormes. A los pies de la misma había runas mágicas antiguas de todo tipo -Esto es... asombroso-
-Y que lo diga, profesor- observó Starks, a su lado, acariciando la runa -¿Son de verdad de una antigua civilización?-
-Tan antigua y más como Merleen... antes de que nuestra dama aprendiese a utilizar la magia con propiedad. Estas runas eran el arte más básico de la magia en aquellos entonces cuando la humanidad apenas empezaba a utilizar las neuronas en su cabeza-
-Fascinante- bostezó Alister
-¿Entonces esto significa que Merleen no fue la primera maga?- preguntó Haytham cruzándose de brazos, reflexivo
-Por supuesto que no fue la primera, pero es la "ejecutora" de la magia que conocemos y usamos hoy día. Antes de ella, los pueblos antiguos que eran capaces de manejar la magia no tenían capacidades suficientes o los recursos necesarios para canalizarla como era debido. Usaban estas runas...- tomó apuntes en un cuaderno -Esto tiene un valor incalculable, Norman. Debemos hacer constar de que estas ruinas deben ser protegidas a todo coste. No podemos permitir que los mutis bombardeen este sitio en busca de tesoros. El lugar en sí es más valioso de lo que imaginé-
-Entiendo- miré a mi alrededor para estudiar el lugar. Observé la ausencia de Fay y Diana -Eh, Haytham- el chico me miró -¿Dónde están Diana y Fayara?-
-Estaban aquí hace un momento...- se preocupó
-Por ahí vienen- señaló Caleb. Las chicas venían corriendo, blancas como la leche
-N-Norman- temblaba Fay -H-hay... cadáveres-
-¿Qué?- me sorprendí. Deckard dejó de tomar apuntes para mirarme igualmente sorprendido. Todos nos dirigimos inmediatamente hacia el lugar.

Las chicas se habían aproximado por mera curiosidad hasta la propia entrada del templo. Allí habían descubierto dos cuerpos derrotados sobre el suelo. El suelo estaba lleno de sangre -Santo cielo...- se llevó Deckard una mano a la boca y la nariz -Esto es...-
-Scizi- mascullé
-¿Scizi?- me miró Haytham. Ese chico era la curiosidad encarnada
-Un... hechizo negro- me agaché despacio junto a uno de los cuerpos y lo volteé despacio. Lo supe en cuanto los vi. En sus chaquetas llevaban el emblema del buho de seis alas. Eran los Inquisidores. Asesinados por el hechizo Scizi. Era un hechizo potente y difícil de contrarrestar. Sus cuerpos estaban llenos de laceraciones largas y profundas, como si docenas de espadas o guadañas los hubiesen cortado. De hecho, a uno de los Inquisidores se le había separado uno de los brazos del tronco. El espectáculo era grotesco y el hedor de la sangre repugnaría a cualquiera con poco estómago. Me sorprendió que Fayara no se hubiese venido abajo ante semejante visión. El ambiente... de nuevo ese frío estremecedor nos sacudió a todos. Eran los remanentes del hechizo oscuro -Debemos irnos de aquí-
-No podemos irnos Norman. Tenemos que llevar a cabo esta misión-
-¡Esto demuestra que lo del avión fue un ataque intencionado, Deckard!- gruñí -¡Hay alguien más interesado en este lugar, es su territorio! Y es alguien lo bastante poderoso como para asesinar a dos Inquisidores sin haberles dado oportunidad de defenderse-
-Precisamente por eso, estamos aquí y tenemos el deber de impedir que sea quien sea se haga con lo que haya aquí oculto ¡Venga, no perdamos más tiempo!-
-¡Deckard!- bramé, pero de nada sirvió. El imbécil se metió en el templo y Alister lo siguió de forma temerosa -Maldita sea... vamos a dividirnos. Fay, Caleb, id con ellos. Haytham y Diana, conmigo- sin demasiado entusiasmo los alumnos obedecieron. Teniamos que peinar el templo lo más rápido posible... o estariamos en graves problemas.

Las siguientes horas las dedicamos a explorar con prisa y cierta sensación de agobio cada estancia del templo, pero no había nada. Era extraño, pero cada lugar que visitábamos no contaba ni con el más mínimo cajón o mueble. Parecía como si ya se hubiesen llevado o destruido todo objeto que guardase el templo, salvo las estatuas. La última sala era una más centralizada, bajo unas escaleras. Parecía una suerte de sótano, la única sala sin un resquicio de luz -Auram- chasqueé los dedos. Una bola de luz nació de la nada, como un pequeño sol, que ascendió hasta el techo de aquel sótano. Iluminó lo suficiente para apreciar que sólo había 3 estatuas más como las de aquellas mujeres de la entrada, pero nada más. Diana fue a inspeccionar una mientras que Haytham y yo comprobábamos las otras. Nada. Absolutamente nada -Esto es una pérdida de tiempo. Una maldita pérdida de tiempo. Debemos salir de aquí. No hay nada que proteger ni siquiera de los mutis-
-Pero esto no tiene sentido Norman- suspiró Haytham -¿Por qué este templo en tan perfecto estado, incluso con cada antorcha encendida y con runas de protección... si no hay nada que proteger?-
-Agh...- gruñí, no porque me hubiese hecho daño, sino porque me estaba pinchando la sensación de que estábamos poniendo en peligro a los estudiantes de forma absurda. Y mis pesquisas no eran equivocadas. La luz de Auram se apagó de forma repentina, quedándonos en una completa oscuridad que impedía que nos viesemos los unos a los otros -¿Diana? ¿Haytham? ¿Estáis bien?-
-Sí- contestó el muchacho -Estoy aquí al lado- Diana por su parte también afirmó encontrarse bien
-Yo también estoy bien- dijo una tercera voz que ya no esperé y que me sobresaltó. De pronto, el suelo se llenó de llamas verdosas, danzantes, iluminando la estancia. Al otro lado, bloqueando el paso hacia las escaleras, había una figura encapuchada. No tardó en descubrir su rostro. Cabellos largos y barba rala. No parecía ser muy mayor. De hecho, debía de ser algo más joven que yo... ¿Pero sería posible? No... ¿Cómo podía ser? ¿Era... Rahir? -Hola Norman. Cuanto tiempo- dijo con voz neutra
-Rahir... ¿Cómo es posible que...?-
-Hay tantas cuestiones que empiezan así en esta vida, Norman... y tan pocas respuestas ¿Cómo es posible qué...?- dijo reflexivo -Yo también tengo una que no sé si sabrás contestarme-
-No te contestaré aunque sepa hacerlo. Haytham, Diana- los llamé a ambos. Los chicos acudieron a mi lado
-¿Quién es?- preguntó el muchacho curioso
-Alguien a quien no debes enfrentarte jamás. Tened cuidado los dos-
-No tengo ganas ni tiempo para montar una escena Norman- dijo Rahir, con ojos amenazantes -Dame la Esfera-
-¿Qué Esfera?-
-No juegues conmigo- abrió una mano y de ella se alzó su libro, levitando ante él. Las hojas comenzaron a pasar a gran velocidad. Apenas fue una fracción de segundos cuando el hechizo vino hacia nosotros -¡Feari!- gritó solemne, convocando una enorme bola de fugo que se cirnió sobre mi y mis alumnos
-¡Eox!- conjuró Haytham. El golpe de viento no consiguió frenar las llamas
-¡Apártate!- empujé al joven hacia atrás de mí y chasqueé los dedos -¡Esciel!- una esfera semi invisible de magia "solidificada" nos envolvió. Sentimos el sofocante calor de la llamarada golpeando el escudo. Maldita sea, a falta de mi libro los hechizos no eran tan poderosos como debían. El aire caliente comenzó a irritarnos los ojos y la piel, pero bastó el anillo para que el fuego no nos hiciera cenizas
-Patético- Rahir hizo un movimiento de mano -Qaenquest- sonrió
-¡No!- chasqueé los dedos para volver a convocar el escudo, pero de nada sirvió. Su poder me superaba
-Eox- musitó Haytham de nuevo y tanto Diana como yo salimos volando contra una de las estatuas. Cuando alcé la mirada, pude discernir unos leves hilos mágicos que iban desde la mano de Rahir hasta la cabeza de Haytham. Hechizo negro del titiritero. Cruel a la par que efectivo. Manejaba cada terminación nerviosa del cuerpo de la víctima pero no su mente. Haytham estaba siendo plenamente consciente de que nos había atacado pero no podía evitarlo. Su cuerpo ya no le pertenecía
-Maldita sea... ¿Estás bien?- pregunté a Diana. La chica asintió -Joder... ¿Dónde estará Deckard...?-
-Ocupado con mis juguetes- dijo Rahir sin emoción alguna -No te lo diré de nuevo Norman. Por los viejos tiempos... Dame la Esfera y te dejaré ir por hoy-
-¿¡De qué maldita Esfera estás hablando!?- troné mi voz
-La Esfera del Encantamiento. Este es su templo. Aquí fue enterrada junto al cuerpo del padre de las runas. Os he estado observando desde que llegasteis. Os he dejado investigar. Habéis tenido tiempo suficiente para peinar el templo. Dame la Esfera-
-No hemos encontrado nada Rahir-
-El inútil de tu compañero dice no haberla encontrado tampoco- masculló -Mentirosos-
-¿Fuiste tú...?- me puse en pie, despacio -¿Fuiste tú quien mató a los Inquisidores?- Rahir sólo me miraba -¿Y fuiste tú quien invocó aquella tormenta?- de nuevo, silencio -¿¡De verdad tienes planes de seguir con todo esto!?- rugí
-Sigues siendo igual de estúpido que entonces, Norman. Tu poder ha sido siempre grande, sublime. Un nigromante capaz de llegar lejos. Podrías haber alcanzado a Morgan a mi lado- lo dijo. El muy bastardo lo dijo. Miré a Diana alarmado. La chica me escrutaba con ojos insondables ¿Había oido bien? Se preguntaría. Sí, oyó bien. Rahir me llamó nigromante -Te escapaste, conseguiste darme esquinazo pero aquí estás, con insulsos mequetrefes como un patético profesor sin libro que trabajara para la Asamblea y el Instituto...- dijo con sumo asco -Te brindo de nuevo la oportunidad por lo que fuimos y me vuelves a rechazar. Te aseguro que no volverás a salir de mi vista con vida. Si no me das la Esfera, te la arrancaré de tus manos muertas- maldita sea. Se acababa el tiempo. Tenía que liberar a Haytham de su poder y sacar a Diana de ahí con vida, aunque me quedase atrás. Necesitaría ayuda de la chica
-Diana... sea lo que sea lo que estás pensando, escúchame- dije sin mirarla -Usa Lévis para apartar a Haytham cuando yo te diga- musité. La chica dijo que el hechizo no estaba en el libro -Los hechizos no se guardan en el libro sino en tu conocimiento. Si lo dominas volverá, sólo convócalo. Ese es el secreto de los libros- le recordé -Hazlo en cuanto te diga. Una vez lanzado sobre Haytham quiero que lo agarrés con fuerza y lo saques del templo. Corre hacia las escaleras- ella miró hacia allí sólo para ver que efectivamente Rahir estaba en medio -Yo me ocupo de él...-
-¡La Esfera es mía!- bramó Rahir mostrando por fin algo de emoción, aunque fuese furia. Haytham se preparó para usar de nuevo Eox
-¡Ahora!- Diana usó el hechizo Lévis sin demasiada fe, pero funcionó. Haytham comenzó a flotar -¡Corre!- la chica me obedeció con bastante resolución. Agarró al ingrávito Haytham y corría hacia Rahir
-Pasto para gusanos... ¡Sois cadáveres!- movió los dedos para dominar una vez más a Haytham y que lanzase un hechizo contra Diana, pero no lo conseguiría
-Scizi- me aventuré, una vez más en mi vida, a usar un hechizo negro. Lo usé precisamente para cortar los hilos mágicos del dominio de Rahir sobre Haytham. El nigromante reaccionó deprisa
-¡Feari!- las llamas se lanzaron contra Diana
-¡Esciel ultra!- me esforcé de más. El anillo comenzó a humear en mi dedo. El dolor me llegaba hasta los mismos nervios y huesos -Mierda...- ese anillo me lo dieron a cambio del libro. Era mi condición. Usar un límite de poder mágico antes de que causara daños irrevocables. No se fiaban de mí y seguramente jamás lo harían. Pero maldita sea... sólo estaba protegiendo a los alumnos. Y por esa misma razón debía esforzarme y soportarlo. El escudo en su máximo nivel de poder se formó alrededor de Diana y la protegió del más mínimo daño, revotando el fuego contra Rahir, que se vio obligado a apartarse
-Te maldigo, Norman Siff...- gruñó -No vais a dejar este lugar con vida ¡Ninguno!- las hojas de su libro comenzaron a agitarse. El nigromante puso la mano sobre el suelo. Diana ya estaba subiendo las escaleras, llamando a Deckard y los demás
-Corre Diana...- musité para mí mismo -Corre, por lo que más quieras...-
-Gertha Imerius Sund- conjuró Rahir, enfurecido por no obtener lo que quería. Nos subestimó en un instante y lo pagaba caro. Pero ahora jugaba en serio y con toda su dureza. Ese hechizo le permitía dominar la tierra, dominar, concretamente, las arenas. El templo comenzó a temblar mientras que de cada pequeño recodo comenzaba a surgir arena. La estructura no comenzó a desquebrajarse. Iba a tirarnos el templo encima -Nadie escapará nunca jamás de mí- me miró con un odio visceral que sólo rivalizaba con el que una vez me miró Loreen
-Si es lo que quieres...- me preparé, acariciándome el dedo. El anillo vibraba y unas runas brillaban en él de tono azulado -Luchemos en serio, Rahir- sólo debía ganar tiempo. Tiempo para que los demás pudiesen salir.