miércoles, 1 de noviembre de 2017

Diana

Haytham se cayó al suelo. No pude sostenerlo más conforme ascendía por las escaleras. Los brazos se me cansaban, por no hablar del miedo, que me impedía extralimitarme. Estaba nerviosa, el corazón y la mente no respondían a mis ordenes. Quizás, mi estado hubiese sido mucho mejor de no haber tenido otra mala experiencia el día anterior. -¡Haytham!- le grité, tomándole de un brazo y ayudándole a ponerse en pie. -¡¡¡Deckard!!!- grité, como había hecho hacía pocos segundos antes, en un intento de que, desde algún hueco recóndito de aquella cripta, me oyese.
-¡Corre, corre! ¡Hay encontrar Deckard!- Con resolución, el chico se incorporó y echó a correr aunque aún le fallaban algo las piernas.
-¡¿Estás bien?! ¡¿Puedes andar?!- Yo intentaba seguirle, pero él era más rápido que yo.
-¡Sí, por suerte! ¡Joder!- gruñó -Ese tipo... Ha sido como si me arrancase el alma. No quiero volver a sentir algo así en mi vida... ¡¡¡Deckard!!!- Nos apoyamos por las paredes arenosas, que empezaban a temblar de una manera horrible. La arenilla y el polvillo del techo comenzó a caer sobre nuestras cabezas mientras corríamos por aquellos túneles tan oscuros. Ninguno de los dos dijo nada, pero aquellos temblores supimos que no presagiarían nada nuevo. -¡¿Donde está Deckard?!-
-¡Yo que se! ¡Debería estar cerca!- de repente, oímos un grito. La voz que lo profirió, fue fácilmente reconocible por ambos.
-¡¡¡Fay!!!- la llamé, lanzándome hacia la dirección de la que provino el grito como si me fuese la vida en ello. 

Finalmente, les encontramos. Estaban en una pequeña estancia, cerca de la planta superior que daba paso a la salida. Estaban lanzando hechizos, como podían, hacia dos personas que les atacaban. -¡Deckard!- le llamé. El hombre se volvió rápido, y al vernos, sin Norman, comprendió que sucedía lo peor. -¡Hay que irse! ¡Ya!- Sobre el profesor, saltó una de aquellas personas aprovechando su temporal distracción. No quise perder tiempo y abrí el libro. -¡¡¡Eox!!!- El cuerpo del hombre salió expulsado, y solo entonces, mientras caía contra la pared rocosa, pude comprobar que no era un hombre normal. No tenía ojos ni cabellos. Apenas gemía y su piel... estaba compuesta por varias tonalidades. Aun, había otro hombre de idéntico físico que seguía atacando. -¿Qué... qué es...?- Las paredes, el suelo, el techo... todo el lugar volvió a temblar, pero aquella vez, con una fuerza desmedida que hizo que todos nos tambaleásemos o cayésemos al suelo. 
-¡Corred! ¡¡¡Corred!!!- gritó Deckard. Su cara estaba descompuesta. Blanca. 
-¡¿Qué pasa?! grité asustada. Sentí que un par de manos tiraban de mí. Haytham me había puesto en pie rápido, y sin mediar palabra, tiró de mi brazo hacia la salida. 

Todos. Absolutamente todos corrimos hacia la única luz que provenía de la planta superior. Estaba tan cerca y tan lejos a la vez... Algunos alumnos nos adelantaron y otros, quedaron a mis espaldas. Quise haber mirado, quise haber comprobado que todos estábamos cerca y teníamos una posibilidad de huir... pero no pude. La oscuridad se cernió sobre todos nosotros. Sobre mis espaldas, sentí la presión de un enorme peso que me obligó a caer. Sentí dolor, asfixia. El polvo se metió por mis ojos, oídos y nariz. Estaba aprisionada, aplastada. No pude oír nada después del ruido que emitió el desprendimiento, porque me pitaban los oídos. Tras el silencio, intenté respirar, intenté moverme, pero no pude. Solo pude abrir los ojos, cuya visión tenía teñida de rojo. No pude quejarme ni llorar, porque sentía que si lo hacía más aplastada me sentiría. Me resigné. Apoyé la cabeza contra el suelo. -Diana...- oí un hilo de voz, un murmullo. Me permití ladear la cabeza hacia otro lado y ahí le encontré, mucho más cerca de lo que mis oídos me habían asegurado. Haytham estaba tumbado en el suelo, boca abajo, como yo. De su boca brotaba un hilo de sangre o eso me pareció ver en mitad de toda la oscuridad. No dijo nada más. Él tampoco pudo. Solo sentí su mano agarrar la mía, con confianza. ¿Íbamos a morir...? Quizá eso ocurriría. Al menos... si eso iba a suceder... alguien estaría sosteniendo mi mano. Acomodé la mano hasta que yo también se la sostuve, entrelazando nuestros dedos. Él tampoco debía sentirse solo... 

Cornelia

Cuando un encargado del hotel me dijo con un acento bastante verde, que tenía una llamada para mí, me temí lo peor. No supe si dejar a los alumnos encerrados en el hotel con la orden de no salir bajo ninguna circunstancia, sería lo acertado. Pero como profesora, como tutora, tenía que ir.

Fui en un coche de la policía local, ojeando desde la ventanilla, nerviosa, como cientos de velas iluminaban el terreno en aquel atardecer. Los agentes me hacían preguntas banales. Nos habíamos hecho pasar todo el tiempo por alumnos y profesores de una Universidad especializada en Arqueología. Aquello se lo tragaban, claro. Lo que no alcanzaban a comprender era como habíamos sido posibles de sufrir dos altercados en cuarenta y ocho horas. No le respondí. Me estaba fumando un cigarro muy nerviosa, poniéndome en lo peor.

Llegamos a los pies del obelisco en pocos minutos, puesto que no paré de ordenarles a aquellos mutis que se diesen prisa. La zona, estaba rodeada de luces azules y anaranjadas. Salí del vehículo incrédula, sin palabras. Allí... no había salida. -¿Donde... Donde...?-
-Señora, tranquilidad. Bomberos sacan cuerpos- indicó uno de los agentes. Tuve suerte de que la mayoría, supiese hablar mi idioma.
-¡¿Pero están ahí todavía?!- grité. Los agentes que habían llegado al lugar con anterioridad, habían colocado cintad que dividían la zona en permitida y no permitida, de uso exclusivo para profesionales que allí trabajaban. Por supuesto, me la salté. 
-¡Señora!- Haciendo caso omiso de las advertencias, me acerqué hacia aquella salida sepultada. Un vehículo con una pala enorme de metal, se afanaba por sacar arena, tierra y escombros para abrir hueco a los bomberos que ya intentaban hacerse paso por los huecos. 
-¡¿Por qué están tardando tanto?! ¡Me avisaron hacía ya una hora de esto! ¡Todos deberían estar fuera!- grité horrorizada, con una mezcla de sentimientos horrible en mi interior. ¡Tantos años intentando optar por una plaza como profesora, tantos años intentando demostrar mi valía, tantos años sabiendo que cuando lo consiguiera, sería la mejor etapa de mi vida y...! ¿Como podía estar sucediendo aquello?.
-Tranquila. Aparta. No es fácil. Lleva tiempo- Otro de los agentes que  allí había, posó una mano sobre mi hombro. Le lancé una mirada repleta de intenciones. Si abría mi Libro... si movía toda aquella tierra... -Deje trabajar. Es difícil. Si hacemos mal, todo se derrumba más. ¿Comprende?- Tenía razón. Un paso en falso y... quizás todo terminase de caer del todo. No sabía como era esa cripta, no sabía hasta donde llegaba y cual era su profundidad. Si movía algo que no debía... -¡Ag! ¡Joder!- Saqué un nuevo cigarrillo del bolso y lo encendí con rapidez. Dios... ¿Que iba a decir Loreen...?

Conforme los minutos pasaron, los bomberos consiguieron colarse entre los escombros. No tardaron en sacar el primer cuerpo. Lo reconocí al instante. Alister. Estaba herido, pero estaba vivo, pues fue lo primero que comprobaron. La ambulancia se preparó y fue al primero que se llevaron al hospital tras darme parte de donde se encontraría. Minutos después, sacaron a Deckard, también vivo. Sentí una mezcla de emociones al verle. Por un lado, me alegré. Por otro, me pregunté por qué no estaba en último en la ristra de alumnos. Nuestro deber, como profesores, era velar por ellos. La nueva generación de magos que tanta falta le hacía al mundo, dependía de nosotros. Los que conseguíamos una plaza en el Instituto, lo hacíamos porque entendíamos las responsabilidades, las ventajas y las consecuencias de ser profesor. Deckard quizá... fue demasiado cobarde. 

Consiguieron sacar a Starks con mucho esfuerzo. El chico tenía demasiado peso y eso dificultó la labor de rastreo además de ralentizarla. No se cuantos cigarros llegué a fumarme mientras observaba como Caleb y Fay salieron detrás del chico. Caleb estaba despierto, incluso. Lloraba, tosía y se quejaba de un inmenso dolor en la rodilla. Mientras, los agentes me hacían preguntas sobre cuantos alumnos debía haber dentro y cuantos profesores. Conté mentalmente... Faltaban algunos. Demasiados para mis nervios.

El peor momento llegó cuando sacaron a Mia Huddens, una de las alumnas encargadas a Mathilda. Sus cabellos rubios tiznados estaban enredados sobre su rostro pálido y ensangrentado. Estaba muerta, afirmaron los enfermeros que la atendieron nada más salir. Me caí de rodillas en la arena. En el interior de una ambulancia, intentaron reanimarla pero... vi esos rostros apagados, a los enfermeros negando... y supe que lo peor ya había llegado.

Tras Mia, a Dick y Richard Manson, que eran hermanos, también les dieron por muertos cuando los sacaron. Lloré. Me consideraba una mujer dura, escondida tras el humo de los cigarros, pero... aquello me superó. Ponerme en el lugar de las familias fue algo de lo más horrible que llegué a sentir en mi vida, así como pensar en lo que Loreen sentiría... su responsabilidad. Los enfermeros me atendieron, sugiriéndome marchar yo también al hospital si me encontraba mal, pero me negué. Aun faltaban alumnos... y una de ellas a mi responsabilidad.

Por fin, los bomberos avisaron de que habían encontrado un par de cuerpos más. Sacaron a Haytham. Estaba vivo, con buen pulso dijeron. Sangraba por diversas partes del cuerpo, quizás tenía algo roto, aseguraron. Y tras él, casi a la par, sacaron a Diana. La chica lucía como un fantasma. Su piel, sus cabellos, incluso sus pestañas estaban tiznadas de polvo gris, tierra y suciedad. Tenía los puños muy apretados, estaba muy tensa, porque estaba recuperando la consciencia en aquel mismo instante. Se echó a temblar como un bebé recién nacido cuando abrió los ojos. Lloró como jamás había visto a nadie llorar en mi vida. -Diana... ¡Diana!- la llamé, intentando que centrara su atención en mi mientras la subían a una camilla, evitando que entrase en un ataque de pánico. La pobre chica no podía ni emitir sonido. Tenía la barbilla muy encogida. Era como si supiese que todo estaba yendo demasiado mal... 
-Señora ¿Queda alguien?- preguntó un agente. Lancé una mirada al hueco que habían escarbado.
-Un profesor...- murmuré con rabia.

Finalmente, le sacaron. Norman estaba hecho mierda. No encontraría una expresión mejor para definirlo. Herido, magullado, con las ropas rotas... pero herido, el muy cabrón. No pude evitarlo. Cuando Loreen me advirtió de quien era él, sentí inseguridad, pero, ahora... sabiendo quien era, con lo que estaba relacionado, llegando a atar cabos... preferiría que hubiese muerto él antes que ningún alumno. -Ya está, es el último- gruñí antes de marcharme. Ahora... tocaba ser fuerte.

Diana

Las posteriores horas pasaron muy deprisa, con mucho ajetreo, con demasiados problemas. En el hospital, los alumnos fuimos recibidos por una sarta de policías que quisieron hacernos preguntas sobre todos los hechos que habíamos vivido. Yo no dije nada, ni una sola vez. Hablar era revelarlo todo. Preferí fingir que no recordaba nada y... dormir...

Cornelia

Loreen no atendía a mis llamadas. Supuse que estaba empleando todo su tiempo en preparar los informes para la Asamblea, así como informar a las familias, tanto de los supervivientes como de los fallecidos, de como ocurriría todo a partir de ese momento. Teníamos un problema demasiado gordo, demasiadas responsabilidades que asumir.

Llevamos a los alumnos, tras tres días de ingreso, de vuelta al Instituto. Esta vez, no usamos ningún vehículo. Yo misma abrí un portal. Sí, no estaba permitido. Estaba en las normas dictadas que cualquier traslado del cuerpo de forma mágica y anormal, sería penado. Escribiríamos otro justificante a la Asamblea para excusarnos... pero no íbamos a correr más riesgos. Los cuerpos sin vida... los trasladarían desde Hamut Thera en dos días.

Diana

Llovía como si el cielo llorase. Las nubes negras daban oscuridad a aquella habitación. 

Estaba sentada sobre la cama, esperando a que Fay terminase de vestirse, jugueteando con una de las piedras que guardé en el bolso el día de la excursión, antes de que todo saliese tan mal. Recogí unas cuantas, porque siempre me había gustado llevarme restos físicos de los terrenos que visitaba a casa, como recuerdo de las tierras que había pisado. Ahora, aquella piedra sucia y redonda, me daba demasiados malos recuerdos. -Es la hora- Los familiares de los fallecidos estaban ya en el Instituto, según Cornelia nos había informado.
 -¿Puedes ponerte en pie?- preguntó Fay, con la voz apagada.
-Sí, creo que sí- murmuré. Tomé las dos muletas que tenía junto a la cama y me serví de ellas para alzarme, en vez de con el pie izquierdo, el cual estaba escayolado de la rodilla hasta el tobillo. 
-Diana... ¿No te dan miedo los entierros?-
-Sí.. no me gusta esa sensación- 

Vestidas de negro, nos encaminamos hacia la salida del Instituto. Fay tuvo que ayudarme a bajar las escaleras, porque yo sola no pude. Allí, encontramos a varias personas, llorando, abrazándose. No pude mirarles a la cara... no podía decirles cosas que... llevaba días deseando decir. Sentía que iba a explotar. Tuve que tragar saliva y callar, mientras todos caminamos hacia los jardines traseros del Instituto, allá donde las olas rompían contra el acantilado rocoso. Los padres de los alumnos fallecidos, siendo magos, decidieron que, por honor a la labor, era mejor darle sepultura allí.

Me paré en mitad del jardín. Las muletas me cansaban. No podía caminar al ritmo de los demás. -Fay, ve sin mí. Iré a mi ritmo- le pedí. Casi mas que una petición, era un ruego. La chica asintió y se marchó. Cuando lo hizo, sentí que alguien estaba a mis espaldas. Haytham. Él sabía tanto como yo lo que realmente había ocurrido. Él y yo habíamos visto la cara de aquel asesino y sabíamos que Norman, nuestro profesor, su tutor... estaba demasiado implicado en todo aquello. Nos miramos, sin decir nada, pero entendiéndolo todo. Ninguno de los dos jamás llego a suponer, que ser alumno del Instituto, implicaría tantas cosas.


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