Norman
-He hablado con Loreen. Al parecer la Asamblea está preparando una investigación al respecto- dijo Cornelia dando una nerviosa calada al cigarro, como siempre
-Investigaciones...- bufó Deckard -¿De qué nos sirve ahora una investigación? Sea lo que sea o quien sea que ha causado aquella tormenta mágica ya no parece estar intersado en nosotros. Posiblemente incluso esté a miles de kilómetros de aquí. Quizá fue un accidente-
-No fue un accidente- tercié. Si de algo estaba seguro, es que esa clase de accidentes no ocurren. No de esa manera -Puedo decir con total convicción que ha sido deliverado-
-Ah, se me olvidaba que eras experto en eso- dijo Deckard exasperado
-¡Flyn!- regañó Cornelia de mal humor
-¿¡Qué!? ¿¡Acaso es mentira!?-
-No lo es- aclaré -Precisamente porque soy un experto, hazme caso, Deckard. Ha sido intencionado y debemos conocer la causa antes de exponer a los alumnos a más peligros. La excursión debería ser cancelada, maldita sea-
-Es una oportunidad única para ellos y además, debemos impedir que los mutis encuentren lo que no deben- gruñó Deckard
-¿Y qué van a encontrar, eh? ¿Y te parece eso más vital que la salud de los estudiantes?-
-¡Reitero que no debe de ocurrir nada! ¿O es que acaso se te han olvidado las nociones sobre acumulaciones mágicas? El templo que hay bajo ese obelisco lleva enterrado siglos ¡Siglos, Norman! ¿Sabes qué significa eso? Que ahí dentro había magia encerrada por tiempos indescifrables, aún, puesto que yo no lo he estudiado todavía- se echó flores -Y esa magia encerrada ha encontrado una salida cuando los malditos mutis han empezado a dinamitar cada pared que encontraban. Paredes llenas de grabados, glifos y runas que valen más que todo su sistema de gobierno nefasto y egoista, que no saben valorar el conocimiento del ayer- definitivamente Deckard no iba a atender a razones. Estaba molesto, más de lo que generalmente se mostraba. Me sorprendía la frialdad con la que trataba el asunto, lo terriblemente convencido que estaba de que había sido un accidente mientras que yo tenía la certeza absoluta de que había sido un ataque. Cornelia nos miraba a ambos sin saber qué decir. La entendía perfectamente. Ojalá yo no supiera qué decir al respecto o pudiese pensar igual que Deckard, con total desentendimiento
-Lo que está claro de momento es que los alumnos deben descansar- apuntó la mujer, algo abatida por la situación -Llevémoslos al hotel y allí veremos con más calma lo que haremos a continuación- en eso al menos los tres estuvimos de acuerdo y al hotel nos dirigimos cuando todos y cada uno de los estudiantes obtuvo el visto bueno por parte de los médicos
Haytham
-La habitación es bonita... pero la cama era más cómoda en el hospital, irónicamente- señalé a Starks. Me había tocado de compañero de habitación. El muchacho gordito al que se le daba sorprendentemente bien las clases de encantamiento. A pesar de lo sucedido, parecía algo entusiasmado mientras colocaba la maleta bajo su cama. La idea de poder visitar las catacumbas de antiguas runas le excitaba aún por encima del terror. Sonreí. Me gustaba su actitud
-¿Cómo estás tú?- me preguntó, sentándose en la cama. Por su cara, pude adivinar que efectivamente pensaba lo mismo que yo sobre las camas
-No me puedo quejar- me toqué la venda en la cabeza -Me duele a ratos pero al menos todo está en su sitio-
-Me alegro- me sonrió -¿Y qué vas a hacer? Antes el profesor Deckard dijo que el continuar o quedarse aquí y disfrutar de la ciudad era una opción para los estudiantes, dadas las circunstancias-
-¿Que qué voy a hacer? Voy de cabeza a por esas ruinas- comenté exultante -No he venido aquí para hacer turismo. No he soportado el avión para ver las calles de una ciudad extranjera. He venido a aprender y mejorar como mago-
-Así se habla- contestó con admiración -Yo también quiero ir pero... admito que me da algo de mal rollo-
-Tú deberías ser el primero en ir ¿No crees? Eres el que mejor lleva los encantamientos y de lejos-
-Por eso quiero ir pero... ¿Y si hay algo malo allí?-
-Telarañas- comenté
-No... ¿Y si hay... magos malos?-
-¿Nigromantes?-
-¿Nigromantes...?- me miró extrañado
-¿Nunca has oido hablar de ellos?-
-No que recuerde. Osea... me suena de algo pero...- se rascó la barbilla
-Bueno. Da igua. Déjalo- le quité importancia -No hay nada allí ¿Vale? Así que ven con nosotros. Además, seguro que seremos muchísimos ¡Que haya quien quiera o lo que quiera, tantos magos seremos imparables!-
...
-¿Sólo vamos nosotros?- pregunté extrañado al ver que sólo formábamos parte del grupo Deckard, Norman, Alister, Starks y yo, al menos en mi grupo de conocidos. Unos dos o tres alumnos más esperaban venir con nosotros también. Apenas los conocía de verlos por los pasillos y en clase -¿Y Fay? ¿Y Caleb? ¿Y Diana?-
-Estamos aquí- comentó la sosegada pero siempre simpática voz de mi amigo Caleb, acercándose acompañado de las chicas. Mi mirada reparó automáticamente en Diana, en sus ojos. Sus bonitos ojos lucían diferentes. Había estado llorando. Lo intentó disimular sonriendo abiertamente pero se lo noté. Luego, cuando encontrase la oportunidad, hablaría con ella
-¿Estamos listos?- preguntó Norman
-¿En serio no viene nadie más?- me sorprendía
-Hay miedo- se encogió de hombros el profesor -Así que la inmensa mayoría prefiere descansar y olvidar el mal trago disfrutando de la ciudad. No podemos culparles-
-No, pero...-
-Nosotros seremos suficientes- cortó Deckard -Venga, en marcha. La Asamblea ha enviado a dos Inquisidores a investigar y nos están esperando allí-
-¿Ya han llegado?- preguntó Caleb arqueando una ceja
-Hay métodos para llegar muy rápido a muchos sitios, chico- concluyó Deckard liderando el viaje.
Norman
Al lugar se nos llevó en un par de coches contratados por el Instituto previamente. Eran una suerte de jeeps que con gruesas ruedas no tenían problemas para atravesar grandes bancos de arena. La travesía fue relativamente agradable, debido al silencio que imperaba dentro de los vehículos. Todo asunto que nos llevaba allí era mágico y los conductores eran mutis, así que cuanto mayor silencio, mejor. Antes de llegar a la parte más desértica de Hamut Thera tuvimos que atravesar la ciudad. Vimos entonces cientos de personas en las calles con extraños preparativos. Al parecer, según explicó el conductor, habiamos llegado en el Día del Encuentro. Llamaban así al día en que rendían culto a aquellos que ya no estaban entre nosotros, fallecidos por cualquier tipo de desgracia. Aquellos mutis tenían unas tradiciones que les llevaban a pensar que en cierto día y noche del año, se encontraban más cerca de las almas de los que se fueron y que podían volverse a encontrar con ellos si les guiaban en el camino de vuelta. Para ello, decoraban los caminos con infinidad de velas, que creían daban fuerza a los espíritus para seguir en el mundo. Por ello, no era extraño ver que toda calle y carretera estaba adornada con cientos de velas de distintos tamaños y formas envueltas en telas rojas como la sangre. Cuando llegara la noche y se alzara la luna, sería entonces cuando los mundos se unirían y cuando las personas fueran a dormir, tendrían la posibilidad de reencontrarse en sueños con sus seres queridos. Era tierno y alentador, pero completamente inútil. La única forma de que alguien fallecido volviese era con el uso de una poderosa y terrible magia negra, con la nigromancia, algo que afortunadamente estaba muy lejos del alcance de los mutis, una sociedad que sólo pensaban en sí mismos. Aunque había que asimilar que a veces los magos no eramos tan distintos a ellos.
Tras unos largos minutos acabamos llegando al lugar donde se suponía, estaba aquel templo. Nos encontramos todos frente a un enorme obelisco sobre en cuya base se estaban realizando excavaciones con todo tipo de artilugios y maquinaria. Lo sorprendente fue que allí no había absolutamente nadie -¿Es aquí de verdad?-
-Sí- asentí -Eso parece-
-Sé que lo parece, pero es que no hay nadie. Ni siquiera están los Inquisidores- miró a todas partes
-Se habrán retrasado- bufó Alister aburrido
-Señor Dorian, los Inquisidores jamás se retrasan. Tardan apenas unos segundos en llegar de un lado a otro- se quejó el profesor rubio
-¿Deberíamos entrar?- preguntó Haytham
-Quizá no quieran que...-
-Norman- atajó Deckard -¿De verdad?- me miraba aburrido -Hemos venido a llevarnos cualquier cosa que los mutis no deban encontrar ¿Y esperabas pedir permiso?- nos miramos en silencio unos instantes. Alister se rió de forma despectiva
-Venga, que les den a los Inquisidores. Adentro- ante tal obstinación, poca cosa pude hacer más que suspirar y seguir a Deckard.
Con el mayor sigilo que podiamos llevar a cabo, comenzamos a descender por las largas escaleras que habían instalado para bajar a la base subterranea. Conforme descendíamos, el aire se viciaba de polvo y arena llegando a ser poco respirable en según qué momentos. Extrañamente, cuando descendimos lo suficiente para ver que había luz de nuevo, el aire se limpió. Magia. Un hechizo que permitía respirar inundaba el lugar. Seguramente los mutis habrán estado buscando explicación a ese hecho. Terminamos de descender para terminar frente a lo que parecía un enorme templo, adornado con diversas estatuas de gran tamaño que custodiaban las puertas. Parecían ser mujeres parcialmente desnudas, mostrando los senos al descubierto pero con faldas talladas en la piedra que cubría sus vergüenzas. Sus rostros estaban ocultos bajo la talla de unas capuchas y pañuelos que cubrían todo lo que no fuesen sus ojos. Estaban tan bien tallados que parecía que me miraban de verdad. Era escalofriante -Maravilloso...- Deckard parecía hechizado. Se apresuró a gran velocidad hacia una de las estatuas enormes. A los pies de la misma había runas mágicas antiguas de todo tipo -Esto es... asombroso-
-Y que lo diga, profesor- observó Starks, a su lado, acariciando la runa -¿Son de verdad de una antigua civilización?-
-Tan antigua y más como Merleen... antes de que nuestra dama aprendiese a utilizar la magia con propiedad. Estas runas eran el arte más básico de la magia en aquellos entonces cuando la humanidad apenas empezaba a utilizar las neuronas en su cabeza-
-Fascinante- bostezó Alister
-¿Entonces esto significa que Merleen no fue la primera maga?- preguntó Haytham cruzándose de brazos, reflexivo
-Por supuesto que no fue la primera, pero es la "ejecutora" de la magia que conocemos y usamos hoy día. Antes de ella, los pueblos antiguos que eran capaces de manejar la magia no tenían capacidades suficientes o los recursos necesarios para canalizarla como era debido. Usaban estas runas...- tomó apuntes en un cuaderno -Esto tiene un valor incalculable, Norman. Debemos hacer constar de que estas ruinas deben ser protegidas a todo coste. No podemos permitir que los mutis bombardeen este sitio en busca de tesoros. El lugar en sí es más valioso de lo que imaginé-
-Entiendo- miré a mi alrededor para estudiar el lugar. Observé la ausencia de Fay y Diana -Eh, Haytham- el chico me miró -¿Dónde están Diana y Fayara?-
-Estaban aquí hace un momento...- se preocupó
-Por ahí vienen- señaló Caleb. Las chicas venían corriendo, blancas como la leche
-N-Norman- temblaba Fay -H-hay... cadáveres-
-¿Qué?- me sorprendí. Deckard dejó de tomar apuntes para mirarme igualmente sorprendido. Todos nos dirigimos inmediatamente hacia el lugar.
Las chicas se habían aproximado por mera curiosidad hasta la propia entrada del templo. Allí habían descubierto dos cuerpos derrotados sobre el suelo. El suelo estaba lleno de sangre -Santo cielo...- se llevó Deckard una mano a la boca y la nariz -Esto es...-
-Scizi- mascullé
-¿Scizi?- me miró Haytham. Ese chico era la curiosidad encarnada
-Un... hechizo negro- me agaché despacio junto a uno de los cuerpos y lo volteé despacio. Lo supe en cuanto los vi. En sus chaquetas llevaban el emblema del buho de seis alas. Eran los Inquisidores. Asesinados por el hechizo Scizi. Era un hechizo potente y difícil de contrarrestar. Sus cuerpos estaban llenos de laceraciones largas y profundas, como si docenas de espadas o guadañas los hubiesen cortado. De hecho, a uno de los Inquisidores se le había separado uno de los brazos del tronco. El espectáculo era grotesco y el hedor de la sangre repugnaría a cualquiera con poco estómago. Me sorprendió que Fayara no se hubiese venido abajo ante semejante visión. El ambiente... de nuevo ese frío estremecedor nos sacudió a todos. Eran los remanentes del hechizo oscuro -Debemos irnos de aquí-
-No podemos irnos Norman. Tenemos que llevar a cabo esta misión-
-¡Esto demuestra que lo del avión fue un ataque intencionado, Deckard!- gruñí -¡Hay alguien más interesado en este lugar, es su territorio! Y es alguien lo bastante poderoso como para asesinar a dos Inquisidores sin haberles dado oportunidad de defenderse-
-Precisamente por eso, estamos aquí y tenemos el deber de impedir que sea quien sea se haga con lo que haya aquí oculto ¡Venga, no perdamos más tiempo!-
-¡Deckard!- bramé, pero de nada sirvió. El imbécil se metió en el templo y Alister lo siguió de forma temerosa -Maldita sea... vamos a dividirnos. Fay, Caleb, id con ellos. Haytham y Diana, conmigo- sin demasiado entusiasmo los alumnos obedecieron. Teniamos que peinar el templo lo más rápido posible... o estariamos en graves problemas.
Las siguientes horas las dedicamos a explorar con prisa y cierta sensación de agobio cada estancia del templo, pero no había nada. Era extraño, pero cada lugar que visitábamos no contaba ni con el más mínimo cajón o mueble. Parecía como si ya se hubiesen llevado o destruido todo objeto que guardase el templo, salvo las estatuas. La última sala era una más centralizada, bajo unas escaleras. Parecía una suerte de sótano, la única sala sin un resquicio de luz -Auram- chasqueé los dedos. Una bola de luz nació de la nada, como un pequeño sol, que ascendió hasta el techo de aquel sótano. Iluminó lo suficiente para apreciar que sólo había 3 estatuas más como las de aquellas mujeres de la entrada, pero nada más. Diana fue a inspeccionar una mientras que Haytham y yo comprobábamos las otras. Nada. Absolutamente nada -Esto es una pérdida de tiempo. Una maldita pérdida de tiempo. Debemos salir de aquí. No hay nada que proteger ni siquiera de los mutis-
-Pero esto no tiene sentido Norman- suspiró Haytham -¿Por qué este templo en tan perfecto estado, incluso con cada antorcha encendida y con runas de protección... si no hay nada que proteger?-
-Agh...- gruñí, no porque me hubiese hecho daño, sino porque me estaba pinchando la sensación de que estábamos poniendo en peligro a los estudiantes de forma absurda. Y mis pesquisas no eran equivocadas. La luz de Auram se apagó de forma repentina, quedándonos en una completa oscuridad que impedía que nos viesemos los unos a los otros -¿Diana? ¿Haytham? ¿Estáis bien?-
-Sí- contestó el muchacho -Estoy aquí al lado- Diana por su parte también afirmó encontrarse bien
-Yo también estoy bien- dijo una tercera voz que ya no esperé y que me sobresaltó. De pronto, el suelo se llenó de llamas verdosas, danzantes, iluminando la estancia. Al otro lado, bloqueando el paso hacia las escaleras, había una figura encapuchada. No tardó en descubrir su rostro. Cabellos largos y barba rala. No parecía ser muy mayor. De hecho, debía de ser algo más joven que yo... ¿Pero sería posible? No... ¿Cómo podía ser? ¿Era... Rahir? -Hola Norman. Cuanto tiempo- dijo con voz neutra
-Rahir... ¿Cómo es posible que...?-
-Hay tantas cuestiones que empiezan así en esta vida, Norman... y tan pocas respuestas ¿Cómo es posible qué...?- dijo reflexivo -Yo también tengo una que no sé si sabrás contestarme-
-No te contestaré aunque sepa hacerlo. Haytham, Diana- los llamé a ambos. Los chicos acudieron a mi lado
-¿Quién es?- preguntó el muchacho curioso
-Alguien a quien no debes enfrentarte jamás. Tened cuidado los dos-
-No tengo ganas ni tiempo para montar una escena Norman- dijo Rahir, con ojos amenazantes -Dame la Esfera-
-¿Qué Esfera?-
-No juegues conmigo- abrió una mano y de ella se alzó su libro, levitando ante él. Las hojas comenzaron a pasar a gran velocidad. Apenas fue una fracción de segundos cuando el hechizo vino hacia nosotros -¡Feari!- gritó solemne, convocando una enorme bola de fugo que se cirnió sobre mi y mis alumnos
-¡Eox!- conjuró Haytham. El golpe de viento no consiguió frenar las llamas
-¡Apártate!- empujé al joven hacia atrás de mí y chasqueé los dedos -¡Esciel!- una esfera semi invisible de magia "solidificada" nos envolvió. Sentimos el sofocante calor de la llamarada golpeando el escudo. Maldita sea, a falta de mi libro los hechizos no eran tan poderosos como debían. El aire caliente comenzó a irritarnos los ojos y la piel, pero bastó el anillo para que el fuego no nos hiciera cenizas
-Patético- Rahir hizo un movimiento de mano -Qaenquest- sonrió
-¡No!- chasqueé los dedos para volver a convocar el escudo, pero de nada sirvió. Su poder me superaba
-Eox- musitó Haytham de nuevo y tanto Diana como yo salimos volando contra una de las estatuas. Cuando alcé la mirada, pude discernir unos leves hilos mágicos que iban desde la mano de Rahir hasta la cabeza de Haytham. Hechizo negro del titiritero. Cruel a la par que efectivo. Manejaba cada terminación nerviosa del cuerpo de la víctima pero no su mente. Haytham estaba siendo plenamente consciente de que nos había atacado pero no podía evitarlo. Su cuerpo ya no le pertenecía
-Maldita sea... ¿Estás bien?- pregunté a Diana. La chica asintió -Joder... ¿Dónde estará Deckard...?-
-Ocupado con mis juguetes- dijo Rahir sin emoción alguna -No te lo diré de nuevo Norman. Por los viejos tiempos... Dame la Esfera y te dejaré ir por hoy-
-¿¡De qué maldita Esfera estás hablando!?- troné mi voz
-La Esfera del Encantamiento. Este es su templo. Aquí fue enterrada junto al cuerpo del padre de las runas. Os he estado observando desde que llegasteis. Os he dejado investigar. Habéis tenido tiempo suficiente para peinar el templo. Dame la Esfera-
-No hemos encontrado nada Rahir-
-El inútil de tu compañero dice no haberla encontrado tampoco- masculló -Mentirosos-
-¿Fuiste tú...?- me puse en pie, despacio -¿Fuiste tú quien mató a los Inquisidores?- Rahir sólo me miraba -¿Y fuiste tú quien invocó aquella tormenta?- de nuevo, silencio -¿¡De verdad tienes planes de seguir con todo esto!?- rugí
-Sigues siendo igual de estúpido que entonces, Norman. Tu poder ha sido siempre grande, sublime. Un nigromante capaz de llegar lejos. Podrías haber alcanzado a Morgan a mi lado- lo dijo. El muy bastardo lo dijo. Miré a Diana alarmado. La chica me escrutaba con ojos insondables ¿Había oido bien? Se preguntaría. Sí, oyó bien. Rahir me llamó nigromante -Te escapaste, conseguiste darme esquinazo pero aquí estás, con insulsos mequetrefes como un patético profesor sin libro que trabajara para la Asamblea y el Instituto...- dijo con sumo asco -Te brindo de nuevo la oportunidad por lo que fuimos y me vuelves a rechazar. Te aseguro que no volverás a salir de mi vista con vida. Si no me das la Esfera, te la arrancaré de tus manos muertas- maldita sea. Se acababa el tiempo. Tenía que liberar a Haytham de su poder y sacar a Diana de ahí con vida, aunque me quedase atrás. Necesitaría ayuda de la chica
-Diana... sea lo que sea lo que estás pensando, escúchame- dije sin mirarla -Usa Lévis para apartar a Haytham cuando yo te diga- musité. La chica dijo que el hechizo no estaba en el libro -Los hechizos no se guardan en el libro sino en tu conocimiento. Si lo dominas volverá, sólo convócalo. Ese es el secreto de los libros- le recordé -Hazlo en cuanto te diga. Una vez lanzado sobre Haytham quiero que lo agarrés con fuerza y lo saques del templo. Corre hacia las escaleras- ella miró hacia allí sólo para ver que efectivamente Rahir estaba en medio -Yo me ocupo de él...-
-¡La Esfera es mía!- bramó Rahir mostrando por fin algo de emoción, aunque fuese furia. Haytham se preparó para usar de nuevo Eox
-¡Ahora!- Diana usó el hechizo Lévis sin demasiada fe, pero funcionó. Haytham comenzó a flotar -¡Corre!- la chica me obedeció con bastante resolución. Agarró al ingrávito Haytham y corría hacia Rahir
-Pasto para gusanos... ¡Sois cadáveres!- movió los dedos para dominar una vez más a Haytham y que lanzase un hechizo contra Diana, pero no lo conseguiría
-Scizi- me aventuré, una vez más en mi vida, a usar un hechizo negro. Lo usé precisamente para cortar los hilos mágicos del dominio de Rahir sobre Haytham. El nigromante reaccionó deprisa
-¡Feari!- las llamas se lanzaron contra Diana
-¡Esciel ultra!- me esforcé de más. El anillo comenzó a humear en mi dedo. El dolor me llegaba hasta los mismos nervios y huesos -Mierda...- ese anillo me lo dieron a cambio del libro. Era mi condición. Usar un límite de poder mágico antes de que causara daños irrevocables. No se fiaban de mí y seguramente jamás lo harían. Pero maldita sea... sólo estaba protegiendo a los alumnos. Y por esa misma razón debía esforzarme y soportarlo. El escudo en su máximo nivel de poder se formó alrededor de Diana y la protegió del más mínimo daño, revotando el fuego contra Rahir, que se vio obligado a apartarse
-Te maldigo, Norman Siff...- gruñó -No vais a dejar este lugar con vida ¡Ninguno!- las hojas de su libro comenzaron a agitarse. El nigromante puso la mano sobre el suelo. Diana ya estaba subiendo las escaleras, llamando a Deckard y los demás
-Corre Diana...- musité para mí mismo -Corre, por lo que más quieras...-
-Gertha Imerius Sund- conjuró Rahir, enfurecido por no obtener lo que quería. Nos subestimó en un instante y lo pagaba caro. Pero ahora jugaba en serio y con toda su dureza. Ese hechizo le permitía dominar la tierra, dominar, concretamente, las arenas. El templo comenzó a temblar mientras que de cada pequeño recodo comenzaba a surgir arena. La estructura no comenzó a desquebrajarse. Iba a tirarnos el templo encima -Nadie escapará nunca jamás de mí- me miró con un odio visceral que sólo rivalizaba con el que una vez me miró Loreen
-Si es lo que quieres...- me preparé, acariciándome el dedo. El anillo vibraba y unas runas brillaban en él de tono azulado -Luchemos en serio, Rahir- sólo debía ganar tiempo. Tiempo para que los demás pudiesen salir.
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