jueves, 2 de noviembre de 2017

Haytham

Supuse que sería fácil, pero no. Me sorprendió, a decir verdad. Pensaba que encontrarme con Diana después de aquella experiencia sería algo agradable, pero sólo trajo amargos recuerdos. Sentí la sensación de su mano rígida y cálida en la mía. La sensación en la que pensábamos que ibamos a morir... y ahí estabamos, en pie, yendo hacia el funeral de unos compañeros que, aunque mayormente desconocidos, no dejaban de ser compañeros. Y lo peor de todo era saber que podriamos ser nosotros los que recibían sepultura -¿Estás bien?- pregunté en un hilo de voz. La chica asintió. Era una mentirosa -Me alegro- pero yo también lo era ¿Qué le podía reprochar? Mentía al querer creerme que realmente estaba bien. No sabía qué decirle. Diana me preguntó sobre mi destino, si iba hacia el funeral. Asentí, simplemente. Igual que hiciera con Fay antes de que yo llegase, me indicó que ella sería un lastre y que mejor me adelantara -No sé... otra gente...- me rasqué la nuca -Pero no es que lleve prisa para ver un funeral. Poco que ver, de hecho. Y mucho que sufrir- recalqué en un suspiro que Diana acompañó con otro -Voy contigo aunque sea despacio- la chica pareció aceptar, de manera que a su ritmo cansado, avanzamos lentamente hacia los acantilados del patio trasero.

 Aquel día era negro como la situación que vivía el Instituto. La lluvia no ayudaba en absoluto, pero al menos tenía un brazo lo bastante sano para sostener el paraguas, pese al viento. Diana se interesó por mí, observando el cabestrillo que me sostenía el brazo casi destrozado -Ah, esto...- bufé -Estoy bien. No es la primera vez que sufro contusiones graves. Las pócimas de Cornelia ayudan a sofocar el dolor y aceleran la regeneración. Imagino que tu pierna pasa por el mismo proceso que mi brazo- la chica asintió -Oye... Diana- me atrevó a aventurarme en una conversación que pudiera sanar la tortura que tenía en la mente desde el incidente -Aquel hombre, el de la barba- el nigromante, señaló la chica -El nigromante...- tomé aire -Conocía a Norman ¿No es así?- hubo un ligero momento de silencio entre ambos mientras caminábamos lentamente -¿Por qué razón...?- me cuestioné, ganándome una mirada sorprendida de la chica -¿Ocurre algo?- ella negó tras unos momentos de duda -Si tienes algo que decirme, dímelo. Me mata la duda- ella volvió a negar. Aseguró no tener más detalle, sólo que al igual que yo, sospechaba que Norman frecuentaba malas compañías -Para ser un viaje dedicado al estudio de las runas antiguas ya me pareció curioso que el profesor de Defensa viniese con nosotros... Quiero decir... ¿Sería posible que ya estuviese planeado? ¿Podría ser que era una emboscada?- Diana no le veía coherencia a ello ¿Qué provecho sacaban con hacer algo así? -¿Ponernos a prueba?- una prueba ridícula de ser así, aseguró la chica de mala gana. Habían muerto alumnos e incluso los profesores Deckard y Norman habían salido heridos. No, no era una prueba del Instituto, de la Asamblea ni de los profesores. Los magos negros habían vuelto. Los nigromantes regresaron y los pelos se me erizaban con sólo pensarlo. Descubrí de mí mismo que no quería asimilarlo. Sentía pavor. Yo, que había leido historias de toda clase, tanto ficticias como reales. Yo, que seguramente sabía más de las Guerras Negras que cualquier otro alumno que se conformaba con la censura que a veces la Asamblea arrojaba sobre la sociedad mágica, seguramente, para que no hubiesen colectivos descontentos o rebeldes que tomaran ejemplo de los nigromantes y se unieran al gremio. Yo sabía sobre ellos aunque me hiciese el tonto... pero jamás pensé que me encontraría con uno. Realmente había comprendido que albergaba la triste esperanza de que los días oscuros habían quedado atrás pero no, habían vuelto. Qué demonios, ni siquiera llegaron nunca a marcharse. Estaban buscando las Esferas ¿Pero qué era eso? Debía estudiarlo, debía indagar sobre ello... Diana me sobresaltó entonces con su pregunta sobre en qué pensaba. Aseveró que estaba muy callado y caminaba con torpeza. Casi tropezaba con ella dos o tres veces por mi ensimismamiento -Ah, perdón. No es nada, es sólo... que no me lo puedo quitar de la cabeza. La chica dijo comprenderme, más de lo que seguramente me imaginara. En el fondo, yo lo dudaba muchísimo.

Loreen

La lluvia me estaba calando hasta los huesos. De entre todos los asistentes, que eran legión, era la única que no llevaba un paraguas. Daba igual lo que pudieran pensar de mí o la imagen física que estaría proyectando a los alumnos y padres asistentes. Soportaría la lluvia como las lágrimas eternas de esas personas que perdieron a sus hijos bajo mi cargo. Como Regente del Instituto, mi deber y obligación era velar por la máxima seguridad de cada persona que recorriese esos pasillos, profesor u alumno. Y sin embargo no podía derramar una lágrima por esos jóvenes inocentes. Algunos podrían pensar que los años conociendo distintas caras cada año me endurecía a la hora de formar lazos o vínculos con los alumnos, pero no era así. Cada año era para mí una bendición. Eran mis niños y mis niñas. Como hijos que venían a visitar a una madre y a pasar unos años de experiencias con ella. Me lamentaba en silencio por saber que jamás mostraba mi cara más amable a esos jóvenes, que pudieran llegar a comprender que como Regente me preocupaba por ellos como la que más, pero había vacíos y hoyos en mi alma que me lo impedían. Dolores, cicatrices que no quería que se volviesen a abrir. Me desgarraba admitir que una vez más tenía razón. Si me hubiese abierto hacia esos jóvenes estaría de nuevo sufriendo. Una había vivido lo suficiente para saberlo. El día a día era un constante sufrimiento y cuanto menos dolor pudiese entrar en el corazón mejor sería. Pude ver en esos momentos de consternación a Diana llegar junto a Haytham. Otros dos de los afectados. Pierna y brazos molidos hasta el punto de que si no estuviesen bajo un tratamiento de pócima mágica jamás volverían a caminar o a mover el brazo con normalidad. Esperé el tiempo suficiente entonces para comprobar que al parecer no había nadie más que se aproximase hasta el risco en el que nos encontrábamos, con los cuerpos de los jóvenes sepultados ya de por sí bajo unas pilas de roca, decoradas con hechizos que las hacía relucir de un blanco precioso, como si fuesen marfil. Sería el recordatorio eterno de que nunca dejarían este lugar, y nos acompañarían siempre donde fuesemos -Gracias a cada uno de vosotros por asistir- dije, reuniendo un valor que jamás pensé que me faltaría. Me temblaban las manos. Las contuve enredando los dedos con elegancia, como si fuese una persona que no se inmutaba ante tal situación. El llanto desconsolado de los padres presentes de aquellas criaturas me estaba partiendo en pedazos. Añoraba a Allant. Le echaba de menos. Dios, cuanto le necesitaba en ese momento a mi lado -Hoy no es un día feliz para ninguno de los que estamos aquí, para conmemorar a estas hermosas vidas que se han perdido por culpa de la desgracia más viva y siniestra que puebla nuestras fronteras mágicas- hice una pausa para tragar saliva -Hoy no es un día... para discursos. No hablaré del honor, del orgullo que es ser mago. No hablaré del poder, ni de la responsabilidad. Hoy sólo hablaré del miedo... y con miedo. Hoy sólo quiero decir las palabras más dolorosas que jamás pensé que pronunciaría y que aseguro a cada uno de vosotros que me corroe el corazón como una víbora ponzoñosa que lo muerde una vez a cada segundo que pasa- miré con firmeza a cada persona, de tantas que eran, que la vista me permitía -Alumnos, padres... Hoy quiero declarar que el Instituto no es un lugar seguro- se alzaron murmullos y lamentos. Lágrimas bajo la lluvia -Quisiera poder decir lo contrario- añadí -Quisiera poder decir que estos... jóvenes... hermosos, perfectos... llenos de vida...- acaricié las piedras. Me costó contener las lágrimas. Se me arrugaba la barbilla, pero debía ser fuerte -Quisiera poder decir que están a salvo gracias a mi gestión, gracias a mi esfuerzo. Quisiera poder decir que ellos son los que acuden a mi funeral, porque morí por su bienestar- suspiré -Pero no he podido. No he podido... y lo siento... mucho...- aparté por un momento el rostro de los presentes. La madre de la chica que falleció se acercó hasta a mí para consolarme. Gracias, señora Huddens. Su súbito impulso me dio fuerzas -...En este día tan negro reafirmo mis palabras. El Instituto no es un lugar seguro. Ellos han vuelto- declaré -Los Nigromantes han vuelto- sentencié -Y como enemigos naturales de la Asamblea seguramente nosotros, una ramificación de la misma que apoyamos y formamos a jóvenes promesas, seremos su objetivo en algún momento. Hoy, ante los cuerpos de estas vidas perdidas que cargaré en mis hombros de por vida, quiero anunciar que todo aquel que quiera marcharse voluntariamente puede hacerlo. Sin temor a represalia alguna para la familia- aquel anuncio no cayó en saco roto. De hecho, en ese momento no me imaginé hasta qué nivel había sido tomado en consideración -En memoria de Mia Huddens, Dick y Richard Manson...- acaricié de nuevo las piedras. Se rodearon de unas hermosas enredaderas que surgieron de la tierra envolviéndolas en flores de diversos colores -...os prometo que desde el Instituto y la Asamblea cambiaremos el mundo de nuevo. Y que sus sacrificios no sean jamás en vano. Lo siento mucho...- sólo quedó la lluvia. La lluvia y mis lágrimas ocultas bajo la misma.

Cuando por fin hasta el último de los padres se marcharon con sus hijos al interior del Instituto para hablar, descansar o llorar en paz, cuando por fin tuve un momento para estar a solas con mis pensamientos mirando el oscuro mar golpeando con fuerza desgarradora los acantilados, sentí que alguien estaba a mi espalda. Por alguna razón no tuve que girarme para saber quién era. La forma en que me miraba mientras me despedía de los alumnos fallecidos me decía que tenía algo urgente que decirme, algo que le colmaba los nervios -¿No crees que en tu estado deberías descansar, chiquilla?- le pregunté con voz apagada. Diana estaba sola conmigo. Había hecho volver a Haytham Nox al Instituto. El pobre se marchó con un gesto de enorme preocupación en la cara. Ella le gustaba, o algo similar. Sé cuando un hombre mira a una mujer con interés. Anhelaba la mirada que me miraba así hacía años. Pensaba constantemente en él -Nunca es fácil ver a alguien partir...- mascullé, más para mí misma que para Diana. La chica se acercó a mi lado y observó junto a mí el espectáculo salvaje de la naturaleza. Aseguró que en absoluto era fácil aceptar la muerte de esos compañeros -No... nunca lo es- respiré hondo -¿Qué necesitas, muchacha?- Diana mantuvo una expresión adusta durante unos momentos. La dejé reflexionar en paz. Fuese lo que fuese lo que me quería decir, más valía que esuviese segura. Entonces me preguntó por lo que menos esperaba que preguntaría. Me habló de Norman y si sabía, si era consciente, de su naturaleza y pasado -¿Qué quieres decir?- la miré con interés. La chica reunió valor para confesar que pensaba que era un Nigromante -¿Sabes... que es una acusación muy grave, Diana?- entonces me contó su versión de los hechos con más detalle que a cualquier otro profesor. Alegando el cómo ese hombre de la barba y cabellos largos, aquel Nigromante, clamaba a Norman uno de los suyos o que lo fue en el pasado. Suspiré con pesadez - Diana... mucho me temo que tienes razón... y que ya lo sabía- mis palabras la cogieron tan de por sorpresa que casi se tambaleó -Sí... todos lo sabemos. Todos los profesores- incluido su padre, lo que más la dejó reflexiva -Norman fue un Nigromante, en efecto. Hace muchos años, cuando tenía tu edad o un poco más. Los dejó atrás también hace mucho...- Diana no se quedó conforme. Aseguró que uno no se quitaba la magia negra de encima como quien deja de fumar -¿Eres muy conocedora de las artes de la sombra?- pregunté con más severidad de la que esperaba. Dí a entender sin querer que protegía a Norman. La chica se veía herida ¿Cómo podíamos proteger a un Nigromante y tenerlo entre nosotros cuando son asesinos y criminales? -Quiero pensar en que hay una redención, Diana ¿Qué nos queda, si todo el que cae en la sombra, nunca resurge de sus cenizas?- la chica no estaba conforme -Lamento de corazón que tengas que comprenderlo de esta manera. Norman ya no es un Nigromante y como tal debes respetarle. Ahora lucha contra ellos... Ya no es... un monstruo-  conseguí crispar a la chica, que se marchó. Como también sé que descubrió en mí un resentimiento muy profundo hacia Norman.

Norman

Estaba sentado en la sala del comité de profesores, solo ante aquella enorme mesa redonda que nos servía como sala de descanso o reuniones. Me acariciaba pensativo la venda que me cubría el ojo. Maldito seas, Rahir. No tenía la cabeza herida, ni tampoco el ojo en sí, pero encontrarme con él terminó avivando aquel viejo hechizo que me lanzó y debía ocultarlo, por mi bien y por el de todos los que se acercaran a mí. Lo que sí me dolía era el dedo. Enrojecido como la misma sangre, casi llegando a tornarse la carne negra, me martilleaba como si me clavaran tornillos por todas partes. Además, el anillo había iniciado su "sistema de seguridad" y me estaba succionando la energía mágica como un parásito. En los días venideros poco o nada podría hacer relacionado con hechizos de ninguna índole. Estaría inhabilitado unos días para dar clase. Oí ciertos pasos en el pasillo. Esperaba que fuese Loreen. Tenía que hablar con ella respecto al asunto de Rahir, pero cuando la puerta se abrió, fue Diana la que apareció como un vendabal, libro en mano -Ah, Diana- dije con calidez -¿Cómo estás? ¿Cómo llevas la pierna?- la chica se acercó a mí con celeridad. Estaba furiosa. Estaba consternada ¿¡Cómo podía ser que un Nigromante fuese el profesor de Defensa en el Instituto!? Me alarmé ante su grito. Mi reflejo natural me hizo tomarla de un brazo y callarle la boca con la otra mano que tenía libre -Shh... Baja la voz ¿Quieres? Si los padres de los alumnos se enteran o los mismos alumnos Loreen estará en un lío- aquello era lo que Diana pensaba. Que era un complot ¿Es que acaso Loreen estaba con los Nigromantes? -Loreen jamás se pasaría a la sombra. Ella jamás sería parte de la oscuridad- le aseguré con severidad. Aun así, quiso saber por qué me protegía. Por qué yo, que había sido un criminal, ahora era profesor y estaba bajo el amparo del Instituto -Es una larga historia que no tiene cabida en un día como hoy Diana- frunció el ceño. Me estaba retando. Reparé entonces en que había traido el libro no por costumbre, sino por si tenía que defenderse. Iba a presionarme. No estaba satisfecha con lo poco que sabía. Cuando lo comprendí, caí derrotado en la silla -Diana... ¿Qué quieres que te cuente?- bufé -Mi pasado no te incumbe- pero sí le incumbía mi presente, pues era mi alumna. No pensaba estar bajo los cuidados de un Nigromante -No soy un Nigromante- aclaré, esta vez perdiendo un poco los nervios, alzando la voz -Y no vuelvas a acusarme de ello- ella se bastó con el hecho de que Rahir me calificó como tal, que podría haber sido tan grande como Morgan junto a él -Esos son días muy oscuros y pasados. Tanto que se han perdido en los ríos del tiempo- no para ella, no para la gente que vivía bajo mi tutela. No para los padres que habían perdido a sus hijos por culpa de los de mi calaña -¡Basta!- me puse en pie. Mi voz causó un eco que no me extrañaría que alguien la hubiese oido a través de los pasillos -Tú...- la señalé -Tú no sabes nada. No tienes ni la menor idea de cuantas cosas han sucedido en este Instituto y en otros lugares del mundo. Tú no tienes ni idea, ni la más remota, de lo que cada persona en este mundo enorme, en este universo en el que somos meras motas de polvo, podemos llegar a vivir y sufrir ¡Jamás quieras pensar, Diana Dassadow, que tienes el derecho divino de juzgar a la gente por sus acciones!- gruñí -¿Fui un Nigromante? Oh, sí. Lo fui. Y de los más grandes, además- declaré -¿Eso es lo que quieres saber? ¿Eh, Diana? ¿Quieres saber también si he sido un criminal? ¿Si he robado? ¿Si he asaltado? ¿Quieres saber si he matado? ¿¡Eso quieres!?- me di cuenta de que la chica retrocedió dos pasos, pero no de su expresión de terror ante mi creciente carácter violento. Tampoco me di cuenta de que cada vez yo iba a peor -¡Sí, Diana, he matado!- alcé mis manos a la altura de sus ojos -Estas manos están manchadas con sangre ¡Y con sangre de seres queridos incluso! ¿Era eso lo que querías saber? ¿Y ahora qué harás? Ve y cuentalo. Ve y señálame, que lo unico que harás es sembrar el terror innecesariamente- dije, perdiendo fuerza conforme hablaba. Entonces me di cuenta de que me había pasado. Las emociones eran fuertes. Los días difíciles... y mis recuerdos tormentosos -Yo... Lo siento- dije, sabiendo que ya le había causado una peor impresión -Es que...- suspiré -Da igual, Diana... Cúlpame cuanto quieras por mis acciones, cúlpame por todo cuanto hice y hago aún hoy día... pero no culpes a Loreen, por favor. El resto de profesores me aceptan aquí porque ella es la Regente y es quien quiere mi presencia... y te aseguro que no precisamente por su buena voluntad... Ella es una buena persona que ha sufrido como nadie debe sufrir. Como esos padres que fuera lloran las muertes que ha causado Rahir...- la observé retroceder. Pensaba irse -Vete, no temas darme la espalda. No te haré daño. Ten presente Diana que el miedo es la mejor arma de los Nigromantes... y yo estoy aquí porque quiero enseñaros eso a todos. A no tenerles miedo a ellos ni a nadie. Ese es el secreto de la mejor defensa- sonreí tristemente. Estaba perdido en mis recuerdos -Si quieres ser algo más que una maga común tenlo presente siempre. Sé fuerte, sé valiente... y no le tengas miedo a Rahir, ni a mí...- apuntillé -Supérale. Supérame... y habrás completado el camino que te trae a este Instituto- dije finalmente antes de volver a sentarme en la silla y darle la espalda. Tenía mucho en lo que pensar. Tanto ella como yo...

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