martes, 31 de octubre de 2017

Diana

No sé como tuve la fuerza y la determinación de ponerme en pie, controlar la rapidez de las pulsaciones y tener en valor de animar a mis compañeros a hacer lo mismo que yo y colaborar en estabilizar aquel avión que se iba a pique. Abrí mi Libro por la segunda página. ¿Como iba a haber mas páginas inscritas? ¡Apenas habíamos dado clases! Localicé Eox de entre los últimos conjuros expresados en aquella página y lo invoqué, añadiendo mi grano de arena a la labor que ya estaban llevando a cabo los profesores.

Como yo, Fay y otros chicos no dejaban de llorar. Las lágrimas se salían de mis ojos como si fuesen cataratas, a pesar de que no me desconcentraba ni un momento del hechizo. -Vamos...vamos- murmuré, sintiendo como la mano que sujetaba el Libro me temblaba. A nuestro al rededor, los mutis que viajaban con nosotros nos miraban atentos, siempre y cuando el pánico se lo permitían, dado que había muchas personas desmayadas. Si no terminé por dejarme llevar yo también por el miedo, fue por contemplar el rostro decidido y valiente de los profesores, sobretodo de Norman, y junto a él, los alumnos que poco a poco fueron sumándose. La mano serena de Caleb sobre mi hombro, la mirada llena de ánimos de Haytham y el repentino alarde de valentía de Fay. Todos, juntos, podíamos conseguirlo.

-¡Agarraos bien!- gritó Cornelia, haciendo que todos obedeciésemos, o lo intentásemos al menos. ¿Como hacerlo si nos encargábamos de Eox? Tenté con mi mano libre los sillones que quedaban a mi lado. Casi no sabía como hacerlo para no caer ante el aterrizaje inminente. Y entonces, sentí que una mano me agarraba con fuerza. Haytham, había me había agarrado con su mano libre, tirando de mí hacia él. No hizo falta más. Tocamos suelo. Dos, tres, cuatro veces las ruedas del avión tocaron suelo, siendo el mismo número de veces las caídas que sufrimos los unos sobre los otros. De repente, sentí un calor abrasador. Grité de horror. Y  por último, una enorme oscuridad.

El pitido de un monitor me despertó. Todo lo que sentí a mi al rededor fueron molestias por luces claras como focos. Luego, palpé mi rostro, encontrado que tenía una mascarilla puesta, la cual me quité porque notaba que me molestaba demasiado. Sin lugar a dudas, estaba sobre la camilla de un hospital, vestida con un camisón blanco y conectada al monitor que emitía pitidos. Lo recordé todo al instante, por eso miré con rapidez a mi al rededor... pero estaba sola. Me puse en pie, sintiendo un dolor en la cabeza punzante. Con los pies descalzos, caminé hasta topar por el marco de la puerta. Al echar un vistazo fuera, encontré a Cornelia, sentada sobre un banco de plástico cercano en mitad de un pasillo, siendo reprendida por un enfermero con un acento tosco y cerrado, dado que estaba fumando en un hospital. -Cor...Cornelia- la llamé. Ésta se puso en pie y abrió los ojos, alegre. En parte, supuse, porque la acababa de librar de un buen sermón. 
-¡Diana! ¿Como estás? ¿Que haces en pie?-
-Me encuentro... bien, no pasa nada-
-Me alegro. Te diste un golpe bastante fuerte en la cabeza-
-Sigo pensando que... es un milagro que todos los alumnos, todos los pasajeros, estén bien... Voy a avisar al doctor- murmuró el enfermero a las espaldas de la profesora, que finalmente, terminó por irse.
-¿Todos... todos están bien?- pregunté.
-Heridas superficiales, contusiones leves, ataques de ansiedad. Nada más- aclaró mientras me instaba a volver a sentarme sobre la camilla. 
-¿Qué paso...?- pregunté mientras me llevaba una mano a la frente. ¿Estaba vendada?.
-Aterrizamos sin estabilidad, pero bien. El avión dio bandazos, pero conseguimos contenerlo. El piloto aterrizó de emergencia en mitad de unas dunas, de manera que no ha habido peores daños- explicó con voz cálida.
-¿De verdad todos están bien? ¿Donde están Fay y...?-
-Fay y Caleb se pusieron en pie por sí mismos tras tocar suelo. Les curaron las heridas hace horas. Haytham... aun está inconsciente-
-¿Qué le pasa?- me asusté.
-Está bien, tranquila. Él también se ha dado un golpe bastante fuerte en la cabeza y la tiende vendada como tú- señaló -Pero, cuando os buscamos a todos, encontramos que estabas sobre él. Supongo que recibió varios golpes más por ti-
-¿Donde está? ¿Puedo ir a verle?- pregunté rápidamente. Me hubiese puesto de nuevo en pie de no ser porque Cornelia me retenía.
-En cuanto el doctor diga que todo está bien y te vistas. Se te ve el culo- Al decir aquello, me llevé las manos al trasero rápidamente. -Por cierto, Henry no ha parado de llamar al hospital. No se como diantres ha conseguido el número tan rápido, pero por favor, llámale. No deja a Norman y a Deckard en paz-

Cuando llegó el doctor, me hizo varias pruebas sobre mi visión y posibles nauseas, que dieron todas buen aspecto. Me encontraba bien. Yo misma no me creía que solo hubiese resultado de una caída como aquella con una simple brecha en la parte superior de la frente. Tras vestirme con mi ropa, que solo estaba algo sucia, salí de la habitación. Tuve que dirigirme al mostrador del pasillo para pedir que me dejasen llamar a mi padre. Hubiese querido decirle que estaba bien y nada más, pero por desgracia, me lo impidió. Conseguí corgarle tras una sarta de preguntas que ni yo misma supe responderle. ¿Como había sucedido aquello? ¿Qué había sentido? ¿Qué tipo de hechizo nos había rodeado? ¡No lo sabía, demonios! Todo había sido... extremadamente raro y lo único que me importaba en ese momento, eran los demás. 

Anduve deprisa de nuevo por los pasillos hasta que dí con la habitación donde estaba Haytham. Allí, encontré a Fay y Caleb, acompañados de Norman. En un principio, me extrañó verle allí, pero luego recordé que él era el encargado del chico. Haytham, para mi sorpresa, estaba despierto. -Diana- fue el primero en verme llegar, lo que provocó que los otros tres se acercaran a mi rápidamente, interesados por mi estado.
-Estoy bien, estoy bien. Solo ha sido un golpe- aseguré mientras me acercaba al más herido de todos. Me permití sentarme a su lado en la camilla. -Me han contado que has servido de parachoques- le sonreí.
-Cornelia dijo que nos agarráramos- se excusó.
-¿Como estás?-
-Algo mareado... pero bien- El profesor aclaró que se había golpeado la parte trasera de la cabeza. Después le miró, para asegurar que eso demostraba que la tenía muy dura. Me fijé en que el profesor tenía los brazos y una mejilla arañados. Ninguno nos habíamos librado.
-Norman- le llamé por su nombre, sin cortesías de alumna a profesor -Nos han atacado ¿Verdad?- Tras contenernos la mirada un segundo, asintió, para después excusarse en tener que vigilar a otros alumnos y marcharse de la habitación.
-No me gusta nada esto...- dijo Caleb rompiendo el silencio que se creó.
-Vosotros...¿También lo sentisteis?- quiso saber Fay.
-¿Aquel estremecimiento? ¿Aquella sensación de que la magia nos rodeaba? Sí, eso lo sentí...- aclaré.
-Está claro que, por alguna razón, no somos bien recibidos aquí- dijo Haytham, con la voz algo pesada. 
-¿Creéis que cancelarán el viaje y volveremos al Instituto?-
-O a casa...-
-Depende de lo que Loreen ordene desde el Instituto. Aunque supongo que los profesores no obligaran a participar a nadie que no quiera salir del hotel que nos han asignado si esto sigue en pie- puntualicé. -¿Vosotros querríais seguir?-
-Yo si- Haytham tenía determinación en la voz. Casi se le podía llamar ilusión. Sus sentimientos me invadieron, de alguna forma.
-Yo también- me sumé.
-Estáis locos- Caleb se cruzó de brazos -Los dos-
-Tío, nos han atacado, con magia- Haytham se expresó con gestos amplios -¿Y que somos nosotros? Futuros magos, hechiceros, encantadores, invocadores... Gente que tiene que ser capaz de afrontar estas cosas. Si no, Norman no nos daría clase de Defensa. Yo no estoy en el Instituto para perder el tiempo- aclaró.
-Yo... yo tampoco- se sumó Fay -Y lo quiero demostrar-
-Así se habla- le tomé las manos, sonriente.
-Oh... Dios- Caleb puso los ojos en blanco -Si lo llego a saber... no me hago amigo vuestro-  Sin dejar de prestar atención a lo que mis compañeros hablaban, miré a la puerta por la que Norman había salido. Nos habían atacado. Habían infringido una norma esencial... ¿Aquello era... algo parecido a la Oscuridad?
Norman

-No, claro que no- le dije a la chica mirándola con despreocupación, para luego girar el rostro y mirar por la ventanilla, sonriente -Oh, Dios mío- presentí la tensión en el asiento de al lado -Santo cielo ¡No!- intenté no alzar demasiado la voz. Me apegué a la ventana. La chica exigió querer saber qué pasaba, para luego retractarse. Prefería no saberlo ¿o sí? ¡Maldición! Ja, me estaba costando aguantar la risa -El motor, Diana, el motor ¡Mira!- señalé y la miré. Si sus dedos fuesen garras habrían arrancado los reprosabrazos como guadañas. Ella no se atrevió a mirar. Cerró los ojos con fuerza -¡Oh no, Diana!- la rodeé con los brazos alarmado, como si fuese mi última acción en esta vida. No esperé arrancarle un grito de terror. Se hizo un largo silencio en el que no pasó nada, salvo que todas las miradas estaban centradas en nosotros. Todas salvo la de Haytham, que había vuelto a desvanecerse al creer que estaba ocurriendo algo malo. No tardó en aparecer una joven muchacha de cabellos rojos como el fuego, ataviada con su vestido de azafata azul y cara de pocos amigos. Parecía mentira que una chica tan joven pudiera tener una mirada tan severa como Loreen. Me puso los pelos de punta
-Señor ¿Se puede saber qué hace?-
-Esto... Sólo le gastaba una broma a mi alumna-
-¿Le parece divertido gastar esa clase de bromas?- la azafata se acuclilló junto a Diana que casi estaba hiperventilando -No pasa nada, guapa. Ya hemos despegado. Está todo bien. Llegaremos en unas horas que se te pasarán... volando- rió ante su propio chiste para calmar a la joven. Le acarició la cara -¿Quieres beber algo? ¿Un refresco, que tenga azucar?- Diana asintió quizá no del todo consciente debido a que se recuperaba del susto
-Yo también, por favor- la azafata me disparó una mirada criminal
-Haga el favor de comportarse. Parece que es usted el alumno- recriminó antes de ir a por las bebidas
-Vaya carácter...- me rasqué la barba para ver por el rabillo del ojo cómo Diana se volteaba con mirada hirviente para mirarme. Le sonreí tan encantador como pude -Lo siento, lo siento- dije de corazón. Me atreví a tomarle la mano, la cual sentí que se relajaba bajo la calidez de la mía -Perdóname. Es sólo que siempre me ha resultado gracioso el miedo a volar. Y más para nosotros- terminé susurrándole cerca del oido -¿De verdad crees que puede pasarnos algo? Un hechizo Eox con suficiente fuerza mantendría el avión a flote. O incluso Lévis, que lo conoces muy bien- le guiñé el ojo. Pretendí tranquilizarla. Realmente no era tan sencillo y requería un gran nivel mágico, pero ¿Qué perdía por calmarla y arreglar lo que estropeé? Desde otro de los asientos Cornelia no dejaba de mirar hacia atrás con inquisitiva mirada y Deckard directamente parecía fingir que no me conocía de nada. Estúpido. Oí cómo Diana soltaba un fuerte suspiro de alivio cuando la azafata nos trajo unos zumos frescos y edulcorados. Me acomodé en el asiento y de nuevo, miré por la ventanilla. Quedaban unas horas de viaje y sería mejor que relajáramos los músculos. De paso, así Diana tenía tiempo para calmarse.

Rahir

Por fin, tras años de búsqueda, fue encontrada. La tumba de Rakhit Menaas, padre de las runas. Casi podía sentirlo en mis carnes mientras mis botas se hundían en la arena. El suave viento amenazaba con despojarme de la capucha y mis dos seguidores se mantenían en silencio, tal y como yo les había ordenado. Observábamos de lejos. Allí estaban. Esos mutis, asquerosos, débiles, pueriles. Ignoraban la grandeza de aquello que estaban tratando de excavar. Incluso usaban explosivos para abrir mejores entradas en la base de aquel obelisco. Jamás podrían hacerlo de otro modo. El simple hecho de estar ante aquella estructura que poco a poco desenterraban de miles de toneladas de arena y piedra ya me llenaba el alma de la esencia y del poder de mis ancestros. Sólo esperaría a que diesen con la verdadera entrada. Que trabajaran por mí. Mi paciencia era enorme tras años de búsqueda ¿Por qué molestarme en esperar un día más? Pero las cosas no podían ir como usualmente sucedían, sin sobresaltos. No aquella vez... y no me extrañé. Era algo demasiado grande y eran mutis de los que hablábamos los que habían descubierto semejante mina de conocimiento. La Asamblea y sus malditos integrantes no mantendrían las manos en los bolsillos impasibles y una de mis marionetas me lo hizo saber -Señor...- su voz era el lamento de un espectro, el murmullo gutural del abismo. Me hubiese extrañado, aún así, que su voz fuese diferente, pues realmente estaba muerto. O estaba entre los dos mundos -Magos...- masculló lentamente
-Lo percibo... Están lejos pero se acercan...- inspiré lentamente, absorviendo los aromas del desierto. Con la experiencia y el poder necesario cualquier mago o nigromante podía sentir a otros a grandes distancias y en este caso, el aura mágica que presentí que se acercaba me era muy conocida. Sonreí -No sentía esta presencia desde...-
-¿Desea que los matemos...?- la siseante voz de la marioneta me templaba
-Oh, no... no es necesario. Divirtámonos un poco...-

Norman

Debí quedarme ligeramente dormido, porque cuando abrí los ojos ya casi podía apreciar las bellas y arenosas tierras de Hamut Thera bajo el avión. No obstante, lo que me despertó fue una sensación de desconcierto considerable. Un desagradable escalofrío que me resultó extrañamente familiar pero que no conseguía recordar con claridad. Al despertarme, debí de hacer algún extraño aspaviento pues Diana me miraba con cierto desconcierto. Nos observamos mutuamente durante unos segundos y por fin habló sobre que parecía haber tenido una pesadilla -¿Pesadilla...? No la recuerdo- me froté distraidamente un ojo. La chica me explicó que desde hacía unos minutos no paraba de moverme y moverme, agitarme, incluso que gimoteé y susurré en sueños -Vaya... eso es nuevo- sonreí incómodo. Una sonrisa rápida que igual de rápida se desvaneció. Hubo unos minutos de silencio, mientras se oía el motor del avión en el exterior y los murmullos del resto de alumnos dialogando entre sí. Entonces vino la bomba ¿Qué era la Oscuridad? -¿Eh? ¿Qué?- yo lo había oido perfectamente, pero estaba buscando una excusa, tiempo para encontrar una salida a esa conversación. Maldita sea, en su momento le pregunté yo, pero pensé que pasaría desapercibido. Al parecer, la muchacha se había quedado con ello en mente, y añadía que había hablado de algo similar en sueños -Ah... la Oscuridad...- me llevé una mano a la boca. Diana dijo no poder oirme bien -A ver... no es algo de lo que uno quiera hablar libremente...- con una sonrisa desafiante, la chica se acercó más a mí. Suspiré pesadamente -Nunca has oido nada al respecto imagino- ella negó con la cabeza. Y alegó que yo se lo iba a explicar como pago por el susto. Era un tema que se le había quedado en la cabeza y le daba bastante curiosidad. La miré fijamente a los ojos unos instantes y acepté -¿Alguna vez has oido hablar de... los nigromantes?- miré con cuidado de un lado a otro asegurándome que nadie prestaba atención. Diana dijo que creía haber oido ese nombre en alguna parte pero no le dio demasiada importancia -Magia negra, Diana. Los nigromantes son un grupo de magos que se alejan de las normas establecidas por la Asamblea, sin ninguna clase de temor en adentrarse en aguas profundas y cenagosas, llevando a cabo prácticas verdaderamente deleznables con tal de conseguir su propósito- mascullé -Sin embargo, esa naturaleza vil y despreocupada de su propio bien y del de quienes los rodean los hace poderosos. La magia negra es la fuente de poder más grande jamás descubierta. Lo llamamos la Oscuridad como nombre propio, porque prácticamente, es una entidad en sí misma. A veces te susurra, te provoca. La magia tiene vida y no siempre es sonriente- Diana me miraba con una mezcla de incredulidad y sorpresa. Dijo que una vez, años antes de entrar en el Instituto, leyó un libro de Hernan Doddler sobre la Teoría del Consciente -Una teoría interesante- asentí. Yo lo había leido. Qué diablos, conocí en su día a Hernan Doddler en persona. Gran mago, escritor e investigador. La Teoría del Consciente sobre la que versaba Hernan sostenía que como le contaba a Diana, la magia es una fuente de poder, es energía, pero a su vez parece autoconsciente de sí misma y de ciertos alrededores y de quienes se conectan con ella: es decir, todos los magos. La teoría explicaba el por qué de aquel gremio al que pocos pertenecen que son los llamados Profetas, hombres y mujeres selectos que parecen poseer el don de ver lo que otros jamás podrían ver. Sueños, el futuro, el pasado y no solamente el propio, sino el de cualquier otra persona. Se creía que a veces la magia por su azaroso capricho a veces decidía avisar sobre bienes o males que advenían sobre alguna persona o sobre el mismo individuo. Sí, era fácil creer que era cuestión de un sencillo poder exclusivo de algunas personas, pero potencialmente todas las personas sufrían alguna profecía alguna vez en su vida. Recuerdo haber tenido una hacía bastante tiempo y desde entonces no volvió a ocurrir. Eso era un ejemplo de que la magia es caprichosa -Los nigromantes se aprovechan, según la teoría, de esa "vida" y "consciencia" que tiene la magia para extraer más poder de ella, más que cualquiera que camina por los caminos de la verdad y la "luz"- le expliqué, sabiendo que ella conocía la teoría. Sin dudas le resultaba fascinante, pero habiéndole contado sobre ello, quiso saber por qué le pregunté al respecto -Aquella noche en el pasillo te hablé de cómo personalmente opino sobre lo que hiciste al ayudar a Fayara y lo mantengo. Y lo mantendré hasta mi último aliento. Eres una chica con talento y eso es algo que se puede apreciar con sólo verte en un mínimo de acción. El problema reside Diana en que es fácil para la gente con talento caer en la Oscuridad. Porque la teoría es cierta: la magia vive. La magia tiene conocimiento de sí misma y no siempre te sonríe. A veces es egoista. En ocasiones se vuelve en tu contra. La magia es un poder universal que existe más allá del bien y del mal, es la jueza que sostiene la balanza y para que haya un bien debe haber un mal. Por eso a veces su cara más siniestra nos susurra y nos tienta con explorar, con ir más allá. Aquellos jóvenes con talento se ven seducidos por su llamada. Por el individualismo, por el egoismo, el narcisismo- expliqué y ella me miraba con suspicacia. Señaló que yo, aparentemente, sabía mucho del tema. Quiso saber si yo, alguna vez, oí esa llamada a la que hacía alusión -La he oido- confesé -Es una voz dulce y cálida al principio que después te abrasa la mente y el alma. Esa voz es un delirio por querer ir más allá- dirigí la mirada hacia un Haytham que hablaba distraidamente con Fayara y Caleb, aparentemente más calmado ya que nos acercábamos a nuestro destino -Haytham es otro ejemplo- Diana se sorprendió ante tal declaración ¿Haytham? ¿Y no Alister? Enumeró las razones por las que Alister era el estereotipo número uno para convertirse en uno de esus magos negros -Nigromantes- corregí -Y sí, Alister es vanidoso, creido, egoista, le gusta crear problemas... pero no es particularmente brillante- apuntillé -No me malinterpretes. No quiero decir que la Oscuridad sólo tienta a los fuertes. Quizá algún día sucumbirá si no se sosiega, pero antes acudirá a gente como tú o como Haytham. El chico es el que más me preocupa. El resto de profesores no hacen caso a estos sucesos. Aún en un mundo en el que existe la magia y en el que ellos son magos, consideran que es algo "paranormal" y que no existe. Que sólo es la teoría de un viejo escritor que ya no es lo que era. Pero creeme Diana, alguien con un talento así, capaz de manejar hechizos que no han sido debidamente enseñados, sino de forma autodidacta, contando además con una personalidad tan fuerte y unos valores que lleva por bandera de forma incluso temeraria- dije recordando el cómo me encaró -Haytham puede ser un estandarte de la magia más brillante. Puede convertirse en un excelentísimo mago, pero su increible potencial le hace caminar al filo del mismo abismo. Sólo necesita que alguien le empuje. Y si cae...- ambos nos miramos en silencio. Finalmente le sonreí, cansado de ser tan siniestro con la chica -Afortunadamente para él cuenta con unos grandes amigos. Y con la magnífica Diana Dassadow entre ellos. Sé que con vosotros no hay ningún problema- Diana soltó una risilla sorprendida. Quizá algo saturada de información de una de las caras más peligrosas de la magia. Deseó que nadie la empujase a ella también, si era ella quien se ocupaba de que los demás no cayesen -Cuando creas que no hay nadie, es porque entonces estoy yo ahí, en las sombras, vigilándote- me miró -Soy tu profesor ¿No?- le sonreí cálidamente. Su mirada se perdió por un instante en la oscura cicatriz que rodeaba mi ojo derecho y me tomaba parte de la mejilla y se extendía hasta la sien. No le di importancia. Sabía en lo que estaba pensando.

[The Evil Within 2 OST - The Evil Within (Track 42)]

Entonces la calma del momento se vino abajo cuando una de las azafatas caminó apresurada por el pasillo. Hubo murmullos ¿Acaso había problemas? Entonces Diana me tomó la mano con fuerza, casi clavándome las uñas. Hacía frío. Muchísimo frío. Me miraba exaltada. Supe que lo estaba sintiendo tan bien como yo. Magia. Un aura abrumadora y terrorífica. Una clase de poder que yo conocía bien. De la nada estalló una tormenta que engulló el avión. Las mascarillas de auxilio salieron de sus compartimientos y el pánico comenzó a extenderse. Los murmullos se comenzaron a transformar en gritos. Me levanté en mi asiento, igual que lo hicieron Cornelia y Deckard. Los tres nos miramos. En los ojos de la mujer y del imbécil rubio había estupor, duda y un gran terror. Diana me tomó de nuevo de la mano. Quería saber qué pasaba -Nada... no pasa nada-
-Señores pasarejos, por favor, abróchense los cinturones. Atravesamos una gigantesca nube de tormenta y puede que ocurran turbulencias. Por favor, mantengan la calma y quédense en sus asientos. En breves minutos la dejaremos atrás- sonó la voz del comandante. Aquello habría bastado para tranquilizar a los viajeros mutis, pero no a un enorme grupo de magos que podiamos sentir que esa tormenta no era natural. Un relámpago pasó tan cerca del avion que las luces parpadearon y el aparato comenzó a virar de forma violenta hacia todas direcciones, causando agitación y desconcierto
-¡Calma, a todos!- vociferé -Que nadie se levante de sus asientos ¿¡Está claro!?- ordené
-Pero profesor- oí la voz de Caleb cuando pasé a su lado -Esta tormenta...-
-Silencio Cal- le supliqué -Haytham, Fay...- los miré a ambos
-Estoy bien...- dijo la chica algo temblorosa. Caleb la rodeó con un brazo y le acarició el hombro
-Puedo con ello- me sorprendió, aunque no debería. Haytham estaba asustado por el vuelo, pero sentía la magia y ello le reactivaba su determinación
-Norman- Deckard había caminado hacia mi -¿Qué ocurre?- me susurró -Esto es obra de alguien-
-Alguien poderoso- señaló Cornelia -¿Pero quién y por qué...?- ninguno de nosotros podría imaginarse que tres figuras encapuchadas, envueltas en negras capas agitaban sus manos hacia los cielos conjurando poderes siniestros y sombríos
-Tenemos que hacer algo...- reflexioné -Y rápido...-

Rahir

El avión casi era visible. Casi. Solté la Esfera que llevaba en la mano y ésta comenzó a levitar ante mi rostro. La rodeé con las manos y concentré mi poder en ella -Eox nem umbrac- recité para luego alzar las manos al cielo con violencia. Reí. Me tuve que reir. Estallé en carcajadas mientras la tormenta se ennegrecía hasta cubrir por completo el avión. De la nube comenzaron a brotar relámpagos de una ligera tonalidad verdosa, que parecían restallar como explosiones. Reí con sólo imaginar lo que sucedería. Reí hasta casi desgañitarme.

Norman

El avión se sacudió con una violencia inusitada. La luz se apagó y el rugir de los motores comenzó a cesar. Las azafatas gritaban y con ellas gritaron los alumnos. La gravedad empezó a verse afectada. Objetos de mano comenzaron a volar en todas direcciones. Deckard, Cornelia y yo nos vimos elevados hacia el techo, contra el que nos golpeamos. El avión estaba descendiendo de forma súbita y comenzaba a girar sobre sí mismo. El viento dentro de la tormenta era insoportable por ningún tipo de aparato que no fuese mágico y los rayos amenazaban con volarnos en pedazos -¡Hay que hacer algo!- vociferé, sobre el mar de gritos aterrorizados
-¿Y qué podemos hacer? ¿¡Qué!?- Cornelia estaba asustada
-¡Deckard!- grité -¡Mantén el avión estabilizado!- como si le hubiese olvidado que era mago, Deckard asintió sorprendido. La punta del dedo índice se le iluminó al recitar un conjuro y dibujó sobre la superficie del techo del avión una runa que hizo que de pronto el aparato dejase de dar vueltas. La gravedad pareció volver a su cauce y pudimos ponernos en pie. Aún así, el pánico ya se había desatado -¡Hay que aterrizar!-
-¡Esta tormenta es demasiado!- dijo Cornelia perdiendo los nervios
-No para todos los que somos...- musité observando a los alumnos. Corrí de vuelta hacia mi asiento. Allí estaba Diana, con ojos cristalinos, atemorizada. Me agaché a su lado -Diana... necesito tu ayuda- no sabía para qué, pero por vital que fuese, la chica alegó que no serviría de demasiada ayuda -Escúchame, por favor- le sostuve la cara para que dejara de agitarse -Respira ¿Vale? Respira. Respira hondo... y déjalo salir- trató de calmarse. Trató de hacerlo. Me escuchó -Necesito cuanta ayuda puedas prestarme a mí, a Cornelia y a Deckard. Necesito que te dirijas a los alumnos, pide ayuda a Fayara y los chicos. Que todos saquen sus libros. Que todos convoquen el hechizo Eox y se concentren en la imagen mental del avion. Necesitamos una bolsa de aire, de presión pura, que nos separe de la tormenta y nos ayude a aterrizar- la volvió a dominar el miedo y se negó. No podría hacerlo. El caos se había asentado en los desesperanzados corazones de los viajeros -¡Diana!- la llamé para que volviese a mirarme -No puedes abandonar ahora. No dejes que tus pensamientos se vayan. Contrólalos. Contrólate- nuestras miradas se mantenían conectadas -No puedo hacerlo solo ¿De acuerdo? Los profesores no podemos hacerlo solos- si al menos tuviese mi libro... El anillo me permitía ejercer hechizos, pero no eran ni la mitad de poderosos que podían llegar a ser con mi libro -Confío en ti, Diana. Enséñame que eres lo que realmente creo que eres- aquellas palabras confundieron a la chica, lo supe. Pero si quería saber qué significaba eso más le valía luchar por su vida -¡Vamos!- mientras dejaba que Diana hiciese su trabajo, dirigí a Cornelia y Deckard para que hicieran lo propio. Cada uno nos dedicamos a calmar a los estudiantes para luego indicarles lo que debían hacer -¡Todos, a la vez!- chasqueé los dedos -¡Eox ultra!- convoqué el nivel máximo de Eox junto a los otros profesores, mientras que el apoyo del Eox básico de los alumnos serviría como empuje final. Debiamos lograr que el avión aterrizara. Al menos sacarlo de la tormenta para que el piloto pudiese hacer su trabajo. El aparato comenzó a crugir y chasquear por diversos lugares. Si no nos dábamos prisa iba a estallar en pedazos si no se estrellaba violentamente y nos hacía cenizas ¿Quién demonios estaba detrás de esto...?

lunes, 30 de octubre de 2017

Diana

Finalmente, pasé el resto de aquel día en la enfermería. Haytham estaba mal. No, estaba fatal. Parecía que el alma le daba vueltas como una lavadora, porque encontraba picos altos de ánimo para luego desfallecer constantemente. Realmente, no tendría por qué haberme quedado con él. Fay y Caleb se fueron a estudiar juntos, de manera que podría haberles acompañado. Pero, de cierta forma, me sentía responsable de él. El profesor Norman me había asegurado que mi Eox no había sido ni responsable ni aliciente para aquel estado tan nefasto en el chico. Vale, eso podía ser cierto, pero aún así... Haytham había mostrado carácter y valentía por mí una vez ¿Que menos que... acompañarle en su sufrimiento? 

El chico vomitó un par de veces a lo largo de la tarde. Cornelia apareció varias veces, probando en él distintas sustancias a base de hierbas que poco a poco, asentaban su estómago y sus ánimos, y que algún día me enseñaría a preparar, según prometió. Por ello, al anochecer, los enfermeros instaron a Haytham a salir de la camilla e ir a su habitación, estando más estable por fin. Por precaución, pase su brazo por encima de mis hombros para ayudarle a ponerse en pie, y de paso, andar. La estampa de ambos caminando en aquella postura se veía algo ridícula, dado que él era más alto que yo y si se dejaba demasiado caer sobre mí, de seguro los dos nos daríamos contra el suelo. -¿De verdad quieres ir al viaje de mañana?- pregunté.
-Que sí...- contestó aburrido. Ya debían habérselo preguntado varias veces.
-Mejor dicho, antes que querer ¿Puedes ir? No veo que estés en condiciones de pasar horas en un avión-
-Oh, por favor, no digas otra vez esa palabra- Su quejido, tan infantil, contrastaba fatal con el físico de un chico que desde hacía unos años ya era un hombre. Alto, con una leve barba y voz madura. Me hizo reír sin poder evitarlo.
-Está bien, está bien-
-Haré el esfuerzo. A todos se nos da algo mal aquí que debemos asumir. Cada quien con sus miedos- murmuró -El miedo de Fay parece ser que se rían de ella. El mio son los viajes en avión... Mala suerte por mí. Pensaba que no tendría que tomar ninguno en todo el curso- añadió. -Así que ¿Cual es el tuyo, Diana?- aquella pregunta me tomó por sorpresa.
-¿El mío?-
-Algo habrá que tengas que superar personalmente dentro de esta enorme escuela- medité sobre aquellas palabras unos segundos.
-Pues... No-
-¿Como que no?-
-De verdad que no. No tengo ninguna especie de miedo irracional que me cueste superar, más allá de que todos piensen que conseguiré mis objetivos aquí dentro por ser hija de Henry. Y si lo piensan... les partiré la cara, pero no me amedrentaré por ello.- Bromeé.
-Eres una mentirosa-
-¿Qué? ¿Por qué?-
-Porque algo debe haber que te de miedo-
-Que no, en serio-
-Si, ya-
-¡Haytham!- le di un leve codazo en las costillas, el cual hizo que se doblase y apoyase en mí más de la cuenta.
-Vale, de acuerdo... te creeré, pero solo de momento. Descubriré tus miedos, Diana Dassadow- recitó con voz teatral.
-Buena suerte, Haytham Nox. Espero que no desfallezcas sobre el camino si para descubrirlos tienes que tomar un avión- Aquel comentario provocó una risa tonta entre los dos, la cual se prolongó hasta que subimos las escaleras y quedamos en el pasillo que conectaba las dos alas del Instituto. Me deshice del peso de Haytham lentamente, previniendo que cayese al suelo o algo peor. Cuando vi que se podía sostener sobre su propio peso, me separé. -¿Puedes llegar solo hasta tu habitación? No puedo acompañarte hasta allí-
-Creo que sí- se metió las manos en los bolsillos del uniforme de forma modesta.
-Está bien. Buenas noches, Haytham- 
-Buenas noches, Diana- Le sonreí y me encaminé hacia mi ala. Algo me dijo, sin necesidad de mirar atrás, que no dejó de mirarme hasta que no desaparecí de su vista.

Cuando llegué a la habitación, encontré que Fay estaba echada en su casa, con un vistoso pijama de ovejitas puesto, leyendo un libro sobre Baltomer Constance. Al verme, se irguió rápidamente. -No has hecho tu maleta- dijo. Casi un aviso, parecía un gruñido.
-¿Te pasa algo?-
-Estoy... estoy... nerviosa- Y era verdad. Tenía los ojos muy abiertos. Las manos le temblaban mientras sujetaba el libro. -Y... bueno... A mi tambien me dan miedo los aviones- confesó
-Oh... no- me llevé la mano a la frente, sonriente.
-Pero no me desmayo ni nada de eso como hace Haytham. Por cierto ¿Como está?-
-Bien, mejor. Aunque muy nervioso. Ni el mejor remedio de Cornelia aliviará su estómago- cansada, me desplomé sobre la cama. -Será infantil...- sonreí.
-Oye ¿Por qué sonríes?- Fay se acercó más al borde de su cama solo para estar más cerca mía, curiosa. Y por alguna razón, aquel gesto me puso nerviosa. Recogí las piernas rápidamente aun acostada y miré hacia el techo.
-No, por nada-
-Vale... ¿Cuando vas a hacer la maleta?-
-Mañana por la mañana. Me levantaré antes de lo previsto y la haré. No te preocupes. Soy responsable- le aseguré. En el fondo, yo también estaba nerviosa.

Me desperté en mitad de la noche empapada en sudor. Se me habían pegado algunos cabellos al cuello y la sensación molestaba. No me di cuenta de que estaba respirando de manera acelerada hasta que Fay no me lo advirtió. -Diana... ¿Has tenido una pesadilla?- Llevándome la mano a la cabeza, relfexioné sobre ello. Era posible, a pesar de que no recordaba nada. Sólo me invadía una amarga sensación, bastante pesada... ¿Que diantres?
-¿Aun estas despierta...?- pregunté con la voz adormilada, volviéndome a acostar. Poco a poco, empezaba a relajarme. Estaba en la cama, con Fay, en el Instituto. Todo iba bien.
-Es que no puedo dormir. Lo he intentado, pero solo pienso en aviones. Me va el corazón a mil por hora. ¿Hay algún estudio que diga que la magia influye en el vuelo de un avión? O... ¿O los Libros causan interferencias? ¿Y... y si algún alumno se sobrepasa y recita Eox dentro del avión?- preguntaba con tartamudez y rapidez a la vez. Definitivamente, Fay no iba a poder dormir.
-Tranquila... no va a pasar nada...- bostecé y cerré los ojos.
-Vale, vale. Perdona. No quiero molestarte más- Ambas nos acurrucamos bajo las sábanas. Se hizo el silencio durante varios minutos. Sin embargo... no se por qué volví a abrir los ojos.
-Fay... ¿Tu sabes que es la Oscuridad?- 
-Pues... no-
-Vale... Buenas noches- Si Fay dijo algo o hizo el intento de despertarme, no lo sentí, porque caí profundamente dormida otra vez.

-¡Mierda! ¡La maleta!- Se me había hecho tarde. No, tardísimo. Se me habían pegado las sábanas y Fay aun estaba dormida porque seguramente, había encontrado al sueño en el último momento. -¡Despierta, despierta, venga! ¡¡¡Fay!!!-
-¡¿Qué?! ¡¿Que pasa?!- Fay saltó de la cama como un felino asustado. Después, su cara compuso un gesto de horror -¡¿Es tarde?!-
-¡Claro que lo es! ¡Ayúdame!!-
-¡Diana! ¡Tu maleta!-
-¡Que si, lo sé, está vacía!-
-¡¿Pero tu no eras responsable?!-
-¡Sí, rayos, pero me he quedado dormida! ¡Rápido! ¡Coge ropa y metela dentro! ¡Ayúdame!-
-¡¿Qué ropa?!-
-¡La que sea! ¡Venga!-

Cornelia

Loreen me estaba metiendo prisa. A penas me había dado tiempo de fumarme el último cigarro antes de llegar. Desde el final del pasillo, me hacía gestos con las manos para que sacase a las dos últimas alumnas en aparecer en la Sala de las Eras para contabilizar a los asistentes de su habitación. Diana y Fay ¿Por qué ellas dos otra vez? Me acerqué a su puerta y de repente, me aparté. Ruidos, gritos, golpes, porrazos. Miré a Loreen, que aun aguardaba al final del pasillo. -Creo... creo que yo me encargo...- Malditas.

Diana

A toda prisa. Cornelia conducía su coche a toda prisa mientras fumaba y berreaba. Fay y yo, sentadas en los asientos de atrás del coche, nos sujetábamos con fuerza en el asiento, temerosas de chocar en cualquier momento. Era un hecho que la habíamos liado, y bien. Nos despertamos tan tarde, que los alumnos partieron en el primer barco hacia las carreteras mutis. La Regente quería asegurarse de que nos irresponsables no estropearan el viaje de toda una clase, así que le dio prioridad a ellos. Por eso, cuando estuvimos listas, Cornelia tuvo que invocar a un golem que nos llevase hacia la carretera en una barca diminuta. No me dio tiempo ni a despedirme de mi padre, así que me esperaría una buena cuando volviese al Instituto. Ahora, Cornelia había tomado su propio coche, el cual estaba escondido tras arbustos del bosque de la Puerta de Phantoss, para intentar por todos los medios que las tres no perdieramos el vuelo. -¿Me oís? ¡La próxima vez os lleno las bragas de ortigas!-
-Lo siento, Cornelia. Ha sido culpa mía, me he quedado dormida-
-Y mía. Estaba tan nerviosa que no podía dormir-
-¡Me da igual! ¡Loreen me ha echado la mirada más tenebrosa que tenía aun guardada bajo ese viejo rostro! Si os hubiese despertado antes...-
-¿También te has quedado dormida?- pregunté.
-Un poco- respondió -Así que venga. Ese Deckard no se va a llevar el mejor viaje del trabajo para el solo- pisó el acelerador. De verdad, pensé que moríamos.

Finalmente, conseguimos llegar a tiempo, justo cuando los alumnos empezaron a embarcar. Le dimos nuestras maletas al encargado de guardarlas y corrimos hacia donde estaban Caleb y Haytham. A éste último, casi le da algo al verme.
-¡Ya pensaba que después de todo el sermón de ayer me ibas a dejar solo en este trasto!- se quejó -Ey ¿Que te has hecho en el pelo?- llevó la mano hacia un enredo y tomó el primer mechón ondulado de mi cabeza que le pasó por la mano.
-¡Quita! No me ha dado tiempo de peinarme- Rápidamente, desenredé el pelo con mis propios dedos y lo adecenté detrás de las orejas.
-Dormilona...-
-Ay, cállate-

Al entrar en el avión, encontramos que las filas de asientos eran para tres personas. Y nosotros eramos cuatro. Teníamos un problema. Siempre era agradable pasar un viaje largo sentado al lado de un amigo, pero en éste caso uno de nosotros iba a salir perdiendo esa sensación. Reflexionando sobre ello, me negaba a que Haytham o Fay fuesen quienes se quedasen solos. Estaban nerviosos, miedosos. Necesitaban una compañía tranquila para sobrellevarlo todo. En fin... Qué remedio. -Caleb, siéntate con ellos-
-¿Qué? ¿Por qué?-
-Hazme caso. Siéntate con ellos- Los insté a sentarse. Caleb quedó entre los dos, de manera que pude posicionar las manos del chico sobre las manos de cada uno de esos dos miedosos. Supe que el favor mas grande se lo estaba haciendo a Fay con aquel gesto. -Cuidales. Procura que no les de un ataque de nervios. Si les da, pégales en la cabeza y déjales dormidos. Será un favor para todos- bromeé.
-¿Y tú, donde vas?- preguntó Haytham, temblando, descompuesto.
-A donde sea que quede un hueco libre- bufé -Tranquilizaos ¿De acuerdo? Nos vemos en cuatro horas- tras guiñarles el ojo, caminé hacia el fondo del avión.

Definitivamente, todos los asientos estaban cogidos. Los alumnos estaban euforicos y aquello empezaba a darme cierta pereza. Finalmente, en los últimos asientos, encontré que el profesor Norman estaba solo. Que raro. ¿No se sentaba con los profesores? ¿O es que los profesores no se querían sentar con él? En cualquier caso, sentarse con un profesor daba cierta vergüenza. Era un palo. Pero no me quedaba otro remedio, porque el otro asiento libre que quedaba estaba junto a Alister y no, ni por toda la magia del mundo pasaría cuatro horas sentada junto a él. Tomé aire y lo solté. Me armé de valor y me senté junto a Norman. No dije nada. No sabía que decir. Eché de menos mi mp3 y otros aparatos electrónicos que había dejado en casa por norma del Instituto, pues ahora me servirían para distraerme. 

De repente, el avión se movió. Empezó a tomar velocidad para alzarse y me puse muy tensa. Ni si quiera pude mirar por la ventanilla. Mierda, mierda, mierda. El corazón me iba muy deprisa. Por si acaso, lo dejé claro. -No, no me da miedo volar. De verdad-
Norman

Ya estaba cayendo la noche y Dios, cuanto la necesitaba. Estaba cansado de andar de aquí para allá sin estar haciendo nada concreto, nada productivo. Ese día además ni siquiera había dado clases, o no gran cosa, y eso cansaba aún más. Pensaba mientras deambulaba por los elegantes pasillos, masajeándome la nuca mientras caminaba, que por fin encontraría un momento para relajarme en mi despacho. Quizá tumbarme un poco en la cama de mi habitación. Ah, iluso, demasiado iluso... no sería tan fácil dar esquinazo a toda una panda de señoritos -¡Norman!- oí la pretenciosa voz de Deckard llamándome desde la otra punta del largo pasillo -¡Noooooooorman!- llamaba. Diablos, casi parecía un cabrero dando voces a los animales
-¿Se puede saber qué quieres?- dije, sin alzar en exceso la voz. No era necesario. Deckard simplemente adoraba hacerse notar
-Hay reunión en el Tribunal-
-¿Qué? ¿Otra vez? ¿Qué leches pasa ahora?-
-Haytham- dijo simplemente, echando a caminar hacia la sala del Tribunal. Suspiré. Suspiré apesadumbrado como hacía tiempo que no lo hacía.

Una vez allí, en mi sitio, me crucé de brazos con aire aburrido ¿Qué? ¿Podía hacer otra cosa? Mirar de un lado a otro para ver una ristra de caras largas y a ese chico con potencial e ideales revolucionarios contemplándonos con serenidad pero con una chispa de nerviosismo en la mirada. Torcí un poco una sonrisa contemplándole. Era joven, maldita sea. Se le veía en cada parte de su rostro. En su ligera barba mal afeitada. En sus ojos claros, vivos, ansiosos. Tenía sed de conocimiento... y precisamente esa sed era lo que lo había llevado ahí, a estar de nuevo ante la Regente. La mujer sostenía el libro del chico en su mano, con mirada desaprobadora -Haytham Nox- declaró, con voz señorial -Hay ciertas cosas, hijo, que debes explicar a este comité de profesores- las palabras sonaron como una guillotina. Casi vi la cabeza de Haytham rodar por los pantanosos suelos de la duda y la vergüenza
-Para empezar- se adelantó Deckard -¿Se puede saber de dónde has sacado ese libro?-
-Es mío- dijo el chico con celeridad
-Es tuyo, claro- Deckard se dio un toque en la punta de la nariz -Y yo soy Baltomer Constance- Baltomer Constance fue un gran historiador. Más quisiera Deckard asemejarse a él. Básicamente bautizaron a aquel gran hombre como el padre de las runas mágicas modernas al diseñar hechizos que las sintetizaban mejor que en su uso antiguo. Pude ver a Haytham removerse inquieto en su sitio
-La propiedad en sí está en duda- declaró la Regente -De hecho quizá sí sea tuyo, pero muchacho ¿Cómo demonios hay tantos hechizos registrados en este libro, que pertenece, según dices, a un alumno de primer año de formación en el Instituto?- abrió el libro de forma enérgica y comenzó a pasar página tras página -Es de locos, Haytham. Es imposible ¡Imposible!-
-Es lo que es...- dijo el joven afilando la mirada, pero con tono humilde -¿Dónde está el problema?-
-¡El problema es que es imposible como ella dice!- terció Deckard -¡Es imposible, muchacho! Si apenas has empezado a manejar las runas en mi clase y no la has dominado, cosa que es comprensible ¿Cómo esperas que creamos que sabes utilizar hechizos como Tempsus?- Tempsus... ¿En serio? Haytman tomó mi curiosidad con verdadero peso. Tempsus era, como su nombre indica ligeramente, un hechizo que afecta al flujo del tiempo. Es una obra mágica verdaderamente avanzada y requiere un nivel experto en el uso de la magia para poder registrarlo en el libro de hechizos, ya que el registro significa que está magistrado en el uso del mismo, que lo domina a la perfección ¿Me estaban diciendo mis compañeros, que según ese libro, Haytham era capaz de manejar sin problema un hechizo para controlar el tiempo?
-¿Estáis seguros de lo que decís? ¿Realmente este chico puede detener el tiempo?-
-No lo sabemos- dijo la Regente -Pero es lo que su libro, su "supuesto" libro, señala- me mostró la página. Una inscripción rúnica me mostraba que efectivamente el nombre de Tempsus estaba marcado en una de las páginas -Y tampoco lo comprobaremos- suspiró exasperada Loreen -No podemos permitir que un chico tan joven e inexperto maneje hechizos semejantes-
-¿Qué problema hay si realmente los domina?-
-El problema está en que es demasiado extraño. En que este libro no parece ser realmente suyo-
-¿Sugieres que lo robó?-
-¡Yo no he robado nada!- terció Haytham
-¡Silencio alumno!- condenó Deckard -Estás metido en un buen lío así que mejor mantén la boca cerrada-
-Deckard, te sugiero que te calmes. Este chico está bajo mi tutelaje. Me corresponde a mí educarle como es debido- dije secamente al rubio. Me cansaba
-Pues haz algo. Estás ahí cruzado de brazos insinuando que no existe ningún problema en que un alumno de primero se pasee por el Instituto con hechizos capaces de ralentizar, acelerar o incluso detener el tiempo, así como otros que son capaces de volar el Instituto por completo de una sola tacada. Alumno, que te recuerdo, se puso en tu contra y te atacó reitaradas veces con el hechizo Eox- señaló -¿Qué le impide hacer cualquier diablura?-
-Se me está juzgando precipitadamente ¡Regente, reclamo mi derecho a la presunción de inocencia!- dijo Haytham molesto -El profesor Deckard está afirmando que soy capaz de tales cosas sólo porque poseo habilidades que sobrepasa la media del alumnado del Instituto-
-¡Lo que afirmo es que estás jugando sucio!-
-¡Basta ya!- rugió por fin Loreen -Maldita sea, estamos perdiendo el tiempo aquí reunidos, debatiendo insensateces ¿Quién miente? ¿Quién dice la verdad? Sólo unos pocos nos pronunciamos- Loreen miró a Cornelia y a Mathilda, que se mantenían calladas, observando -Vamos a arreglar esto de una vez, pues hay un anuncio importante que dar en la cena- bufó -El libro queda definitivamente requisado, muchacho. Encontraremos respuestas tarde o temprano. Olvídate de él por completo, eso sí, porque no volverá a pisar tu mano. Si realmente eres tan habilidoso, volverás a registrar los hechizos en tu nuevo libro cuando vuelvas a estar autorizado para hacer uso de los mismos- le sonrió con malicia. Aprecié una mirada de disgusto en Haytham -En cuanto a tu tutelaje: Norman, espero de ti que hagas algo para ganarte el sueldo y el título de profesor. Vas a estar pendiente de Haytham en los próximos días- alcé una ceja
-¿Por algo en particular?- ni me lo imaginaba

Caleb

Pollo asado. La cena de ese día era la mejor desde que estábamos en el Instituto. La carne estaba rostizada, dorada, crujiente, sabrosa. Se me hacía la boca agua con solo oler cada pedazo antes de llevármelo a la boca. Fay parecía disfrutar del alimento tanto como yo, pero Diana parecía pensativa mientras masticaba la jugosa carne -¿Está todo bien?- le pregunté, animoso. La chica me sonrió y alegó que por supuesto, sólo que le extrañaba la desaparición de Haytham junto a los profesores. Observé que tenía razón. Por lo general, los profesores solían cenar en sus propias mesas junto a los alumnos para luego ir a vigilar los pasillos correspondientes, sin embargo, no estaban ahí a esas horas. Pero pareció que hablar de ellos fue como conjurarlos, puesto que prestos hicieron acto de presencia, acompañados por Haytham. El muchacho anduvo hacia nosotros con gesto adusto y se sentó a mi lado, como siempre, con un suspiro desesperado -¿Qué ha pasado?-
-Que me han estropeado el trabajo de mi vida- tomó el tenedor de mala gana y lo clavó en el pollo como si lo apuñalara -Malditas normas...-
-¿Te han castigado?-
-Me han requisado definitivamente mi cuaderno. Lo he perdido todo. Mis hechizos...-
-No te ofendas Haytham... pero no me extraña- el joven me miró -Vamos tío. Apareces aquí de buenas con un entusiasmo sobrenatural por estudiar en el Instituto, como el más novato de todos los novatos, pero manejas hechizos capaces de tumbar a un profesor como Norman... algo no cuadra-
-Pensé que podrían pasarlo por alto- los tres miramos a Haytham con una sonrisa socarrona
-No se nos ha pasado por alto a ninguno-
-¿A ninguno?- nos miró a los tres, terminando en Diana. Ella negó con la cabeza
-¿Cómo lo has hecho?- pregunté con verdadera curiosidad -¿Cómo has obtenido tantos hechizos?-
-Es una larga historia. Y aburrida-
-Como las clases de Deckard- Fay se rió con desdén. Le regalé una sonrisa
-A ver...- Haytham se rascó la cabeza -Fue un día que...-
-Alumnos- la señorial voz de la Regente se alzó por encima de cualquier sonido. Estaba de pie tras su mesa, en la posición más alta de la Sala de las Eras -Hay un comunicado especial para vosotros hoy. Me complace anunciar que a pesar de que sois la nueva generación de formados en el Instituto y que bien el curso acaba de empezar, unos acontecimientos inesperados nos llevan a cambiar ciertos itinerarios en los planes que nos proporciona la Asamblea- carraspeó para aclarar su voz -Recientemente, se han dado lugar a unas excavaciones en Hamut Thera por parte de arqueólogos financiados por el museo de Rothwid-
-He oido hablar de ello antes de que empezase el curso- mascullé en voz baja para que la Regente no se molestara -Al parecer han encontrado algo interesante bajo los grandes obeliscos. Oí a mi padre farfullar en algún momento sobre posible magia...-
-Silencio- ordenó la Regelente mirándome fijamente ¿Qué clase de oido tenía esa mujer? Avergonzado me erguí y me mantuve silencioso como un fantasma -Como iba deiciendo, esta clase de excavación es para nosotros algo vital. No tanto por lo que ellos quieran encontrar, sino por lo que han encontrado sin que lo sepan. Fuentes de la Asamblea han revelado que en la excavación hay vieja arte rúnica y artefactos de los theranos que en caso de caer en manos mutis bien podrían revelar la naturaleza de nuestra existencia al mundo entero-
-Los mutis no saben usar artefactos- la voz de Alister se oyó por toda la sala debido al silencio -Sus mentes básicas jamás podrían activarlos- se mofó
-La tecnología therana, si podemos llamarla así, es rústica. Fácil de usar, como un cepillo de dientes. Como la educación. Algo de lo que parece que usted carece, señor Dorian- el rubio frunció el ceño -Aún así, bien cierto es que un mutis jamás podría usarlo para su fin, pero no debemos subestimarles. Como seres sin magia, tienen un gran talento para el descubrimiento y lo han demostrado a lo largo de los siglos. No podemos permitir que estudien las runas ni los artefactos. Por ello, esta sencilla tarea ha sido asignada al Instituto. Se hará un viaje a Hamut Thera en un par de días en el que participaréis todos. La expedición la lidera Deckard, como experto y maestro en encantamiento rúnico. Norman y Cornelia acompañarán como profesores de apoyo- hubo un amplio silencio en la sala
-Quiero que conste que me valgo yo solo para este trabajo- señaló Deckard
-Y consta, desde la primera vez que lo dijiste- señaló la Regente con poca paciencia -Esta es la vigésima vez, si no he contado mal, por lo que sugiero que no vuelvas a repetirlo, por el bien de todos- Norman rió disimuladamente. Lo pude ver con claridad -En resumen: os vais de viaje. Cuando vayais a vuestras camas haced la maleta pues estaréis allí unos dos o tres días. Y procurad disfrutar- sonrió amablemente -Tendréis tiempo para hacer algo de turismo. Hamut Thera es un lugar precioso, lleno de misterio que incluso nosotros los magos desconocemos- aquellas palabras avivaron los deseos y los ánimos de los alumnos. No había nadie, imagino, que no supiera qué era Hamut Thera. Una civilización tan antigua, antes de la edad media incluso. Sus desiertos, su mitologia, las creencias de aquellos que nos preceden en el hilo del tiempo. Había un romanticismo mágico en el ambiente. No había ni una sola mente que no estuviese soñando con el lugar en esos precisos instantes -Eso es todo, alumnos. Disfrutad del resto de la cena. Ah, y no haré trampas ni daré puntos extras en las calificaciones de ninguno porque no tolero el peloteo, pero una es humana y agradeceré humildemente cualquier detalle que se me quiera traer de Hamut Thera- dijo con una risilla graciosa antes de sentarse y seguir comiendo, acompañada por los profesores. A veces, tenía que admitir, miraba a la Regente y me preguntaba cual sería su verdadera personalidad. Ver esos pequeños tintes de personalidad cálida y amable era algo magnifico. Daba seguridad. Tristemente, por lo general, parecía una mujer taciturna que rara vez disfrutaba de cualquier cosa que hacía.

Haytham

El vuelo salía al alba, por lo que tendriamos que salir de madrugada del Instituto para el aeropuerto. Eramos muchos. Demasiados. Llamariamos la atención y odiaba destacar. Casi el vuelo entero sería sólo para el alumnado y los profesores. Menuda vergüenza ¿Era realmente necesario ir hasta allí? Si alguien me oyera los pensamientos no quería que se me malinterpretase: me encantaba estudiar magia antigua, conocer los secretos de los antepasados y todo ese rollo profundo, pero odiaba viajar. Odiaba con toda mi alma moverme de cualquier sitio y sobre todo odiaba volar. Sólo lo hice una vez en toda mi vida y tuve más que suficiente. El mero hecho de saber lo que me deparaba bastaba para que mi mente no se centrara en lo que tenía que centrarse... y lo pagué caro. Salí despedido en cuanto el hechizo me alcanzó de lleno en el estómago. Era simple, sencillo. Un hechizo Eox con poca potencia. Fue una golpe de viento similar a que si una bestia me embistiera. Di un par de vueltas en el aire y terminé derrotado, con la vista clavada en el cielo, viendo las nubes blancas sobre mi alma destrozada en pedazos al ritmo de los recuerdos de las turbinas del avión -Gana Diana- dijo Norman con voz aburrida. Se acercó hasta mí con pasos lentos. Me miró cuan alto era, bajando la cara hacia mi -¿Qué te pasa hoy, muchacho?- Diana se acercó también -El otro día me plantaste cara y hoy con un sólo Eox recién aprendido por Diana ya caes en redondo- pestañeé sin mostrar emoción alguna en el rostro
-Déjame, quiero morir- Norman y Diana se miraron el uno al otro y luego volvieron a mirarme -Matadme ahora. Para mí ya es tarde. Sólo voy a sufrir-
-¿Pero de qué demonios estás hablando? Levanta, anda ¿Los siguientes?- preguntó al resto de alumnos -Ah, por cierto Diana, bien hecho. Sigue así y pronto lo dominarás- aduló a la chica que se quedó a mi lado para ayudarme a levantarme. Cuando estuve a su altura, me miraba extrañada, preguntándome si me había hecho daño -Me muero- le dije simplemente, con la mirada perdida -He muerto ahora y volveré a morir mañana. Al alba. Con las primeras luces del sol. Moriré. Ya oigo las trompetas y los tambores. Doblad por mí, campanas. Oh, dulce muerte, dame tu dulce beso...- decía y decía, sin poder pensar en otra cosa que no fuera la terrible altura del avión, imaginándolo estrellándose. Sí, siempre lo supe. Es absurdo que un mago tema a morir estrellado en avión. Un hechizo y ala, a volar de nuevo. Pero a veces la magia falla cuando más la necesitas ¿Y si me fallara a mí? ¿Y si mi poder me abandonara? ¿Y si realmente nunca he sido tan buen mago y realmente soy un torpe? Me hormigueaban las manos. Diana me ayudó a sentarme en un banco frente al campo de duelos. Allí estaba Alister apalizando al pobre Starks, cuya masa corporal ayudaba a caer con más fuerza
-Tienes mala cara- comentó Caleb. Le oía, pero no le veía. Sólo veía caer al gordito Starks como si fuese un avión. Un orondo avión redondo hecho de carne y chocolate -¿Me oyes?- sí pero cada vez menos. La voz de Caleb se convirtió en un pitido que me desconectó del presente durante sabía Dios cuanto tiempo. Cuando volví en mí y recapacité, pestañeé, para encomtrarme acompañado sólo por mis amigos y Norman. El resto de alumnos se había marchado
-No te disculpes Diana, no le diste tan fuerte- se cruzó de brazos el profesor -Pero algo lo ha conmocionado, eso está claro- entonces llegó Fay. La chica venía corriendo. Respirando agitada, le tendió a Norman un pequeño frasco y una cucharilla -Ah, gracias Fay- el hombre se acuclilló frente a mí. Vertió el líquido en la cuchara y me miró a los ojos -De acuerdo, señorito. A ver si este remedio de Cornelia sirve para espabilarte un poco- emanaba un olor similar a hierbabuena de ese brevaje. Podía estar rico. Sin pestañear estaba mirando a Norman a los ojos -Venga, haz algo, espabila- me regañó -Di Aaaaaah- comenzó a acercar la cuchara. Vamos, me dije a mí mismo. Venga, Haytham. Abre la boca, bébete eso y espabila. Pero Norman tuvo que decir las palabras. Tuvo que decir las putas palabras -Aquí va el avioooooón- se mofó. Y no fue la mofa. Fue hablarme de aviones. El corazón me latió con fuerza. Me puse blanco, o eso imaginé. Sentí una creciente ansiedad que me emborronó la vista... Lo último que recordé, fue cuando me desperté al alba, con Caleb sacudiéndome para coger la maleta e ir al maldito aeropuerto.

jueves, 26 de octubre de 2017

Fay

Las manos me comenzaron a temblar y a sudar de forma desmedida. Me quedé mirando al profesor, esperanzada de que diese su desaprobación sobre la elección de Alister de alguna forma, pero no lo hizo. Sentí docenas de miradas clavadas en mí, de entre ellas, la de Caleb y Diana. Ésta última, me miraba con firmeza y no con lástima, como hacían los demás. ¿Confiaba en mí? Si lo hacía, era porque aun no me conocía.

Me puse en pie con calma y caminé hacia donde Alister se situaba, con su espada danzante procurando protegerle en todo momento. Mentiría si dijese que las piernas me temblaban tanto, que juraría poder haberme caído en cualquier instante. -¿Y-ya...?- pregunté. El profesor Deckard asintió. Llevé un pie hacia delante, intentando tener una pose más o menos estable. Tomé mi Libro y lo abrí, deseosa de poder realizar la runa y que ésta se quedase, a su vez, gravada. Si lo hacía, el profesor no me insistiría más. Sentí como una gota de sudor caía por mi sien cuando me atreví a mirar a Alister. Se mostraba frio, confiado, superior. Sentí un miedo atroz, imposible de evitar, sobretodo cuando éste se movió y con él la espada. Me traicionaron los nervios y dí un paso atrás tras proferir un grito. Al instante, las risas se hicieron oír por toda la clase. No, no podía ser verdad.

Cuando miré a mis compañeros, encontré que, efectivamente, se estaba riendo de mí. Otros cuchicheaban cosas que, a pesar de no oírlas, me ponían nerviosa. Sólo Diana, Caleb y Haytham mantenían el semblante serio, preocupado. -¿Qué pasa? ¿Te da miedo mi espada?- preguntó el rubio, en un intento de encender la llama que había despertado.
-N-no...-
-¡Pues para el encantamiento! Te he elegido para que lo hagas-
-Alister tiene razón, señorita Fayara. El tiempo de las clases es limitado- se sumó el profesor Deckard. Me sentí sumamente acorralada, incluso presionada, a hacer algo que no quería. Fue entonces cuando Diana se puso en pie, como si fuese un resorte. Con la mano alzada, llamó la atención de toda la clase.
-Quiero hacerlo yo- se pronunció -Yo lo haré en su lugar-
-Me consta, señorita Dassadow, que usted sabe hacer muchas cosas- por alguna razón, sentí un cierto rintintín en su voz al hablarle de aquella manera a mi amiga -Además, como he dicho, en un futuro estas situaciones aparecerán en vuestras vidas y todos, absolutamente todos, debéis saber afrontarlas. ¿Por qué si no aceptaríamos a Fayara en el Instituto? Debe hacerlo- Diana tuvo que volver a sentarse. La miré sin decir nada. Si pudiese expresarle cuanto agradecía aquel gesto... -Ahora, Fayara, por favor. Hazlo- 

Tomé aire y volví a acercarme con un pie por delante una vez más. Tenía que tomar valor, por mí y por mi padre. Alister se movió, se acercó. Su espada danzaba de forma torpe, casi estúpida, pero constante. Alargué una mano. ¡Sólo tenía que tocarla y contrahechizarla! Lo intenté una vez, y Alister se movió hacia un lado para que la espada quedase perpendicular a mi brazo. Amenazó con dejarla caer, pero fui lo suficientemente rápida como para esquivarlo. -¡¿Que haces?!-
-Oh, vamos... ¿Te lo has creído? Después de la charla de la Regente, sería muy estúpido querer hacerte daño ¿Verdad?- Había algo en sus palabras que no me gustaba nada. Los demás, mientras, volvían a reír. Les hacía gracia la actitud bravucona y bromista, por así llamarlo, del joven Dorian, mientras a mí empezaban a marcarme como a una pobre corderita asustada. Lo volví a intentar, volví a acercarme a él. Pequé de pensar que volvería a repetir su juego de sustos. En vez de eso, Alister se abalanzó hacia delante y con él, lo hizo la espada. Ésta vez no pude esquivarlo. La espada pasó por un lado de mi rostro. Sentí el frío helado al contacto del irradiante calor de mi piel. Después, un escozor. Y luego, el silencio. Me llevé una mano a la cara. Me escocía, y mucho. -Vaya, parece que me he excedido...- rió.

Diana

No podía creer lo que veían mis ojos. ¡Ese estúpido de Alister se estaba excediendo! Si por mi fuera, me hubiese vuelto a levantar para sugerir ser yo quien le parase los pies a ese engreído. Pero sabía que volver a hacerlo, molestaría al profesor y seguramente me sermonearía por ello. No podía hacer nada por Fay, y eso era algo que Caleb y Haytham sabíamos. Éste último apretaba los puños. Después de su acto de rebeldía del día anterior, no me extrañaba que estuviese deseoso de volver a pronunciarse sobre los actos de un profesor. Sólo que no lo hizo. En lugar de ello, apretó por puños hasta dejarlos blancos. Le lancé una mirada, sin decir nada. Él me miró y yo negué con la cabeza. 

Fay dio un paso atrás en ese momento. Observé que en su mejilla, había un leve pero largo corte. Una herida que se curaría pronto, pero que de momento, debía estar avergonzándola. Pensé que volvería a su asiento sin más cuando Deckard le ordenó que se retirara. Pero en vez de eso, Fay salió corriendo y se esfumó de la clase bajo la atenta mirada acompañada de risas y cuchicheos del resto de la clase. Oh, Fay...

Cuando la clase terminó, Caleb, Haytham y yo salimos corriendo del aula, tomando los pasillos más cercanos para saber donde estaba Fay. -¿Habrá ido a la enfermería?- preguntó Caleb. 
-Si hubiese ido, ya habría salido. Era solo un pequeño corte- apunté -Debe estar en otra parte-
-¿Habrá ido a vuestra habitación?- sugirió Haytham.
-Eso es mas probable- asentí, al tiempo que nos encaminamos escaleras arribas hasta llegar al ancho pasillo, decorado con un sin fin de retratos de magos de otras épocas, que separaba el ala de las habitaciones de chicos de las de chicas. 
-Ese Alister... ¿Qué demonios se cree?- Caleb estaba furioso. Su agradable carácter era todo lo contrario al de Dorian.
-El dueño del Instituto...- murmuré -Está bien, voy a la habitación. A partir de aquí no podéis pasar-
-¿Ni si quiera ahora, de día? ¿En pleno intercambio de clases?- preguntó Haytham.
-Creo... que no-
-¿Y por qué?- No me esperé que Haytham tuviese curiosidad por esa norma en concreto. Me quedé callada. Era obvio ¿No? 
-Pregúntaselo a tu tutor encargado, Haytham- me burlé -¿Vais a esperar a aquí?-
-Sí. Pobre Fay, me siento fatal por ella...- musitó Caleb.
-Está bien. Intentaré que sea rápido. Si un profesor nos echa en falta a las dos, contadle lo que ha pasado- Sin mediar más palabras, recorrí el extenso pasillo que custodiaba Cornelia, hasta llegar a mi habitación. La última del pasillo.

Estaba ordenada. Las sábanas estaban lisas sobre la cama y la puerta del armario bien cerrada. No había signos de que Fay hubiese estado allí. Extrañada, volví sobre mis pasos. No, la sugerencia de Haytham tampoco era la correcta. ¿Donde estaba? Cuando volví a tomar el pasillo, me detuve un momento frente a la puerta del baño. Se oían leves quejidos penosos provenientes del último retrete, oculto tras una enorme puerta oscura ya vieja. Entré lenta, intentando oír bien. Sin duda alguna, alguien estaba llorando. -¿Fay?-
-Vete, Diana...- En efecto, era la chica.
-Pero, Fay ¿Que te ha pasado?- me acerqué aun más a la puerta -No te preocupes por no saber defenderte. Aprenderás con el tiempo, para eso estamos aquí-
-No, no lo entiendes. No lo entiendes porque no eres como yo- Fruncí el ceño al oir aquello, y luego, miré a mi al rededor.
-¿Me dejas entrar contigo? Se ve un poco raro que esté hablándole a una puerta-
-¿Está Caleb ahí...?-
-Por supuesto que no- Al decir aquello, la puerta cedió. La empujé levemente, descubriendo a Fay, con ojos rojizos, sentada sobre la tapadera del retrete. Cerré la puerta a mis espaldas y eché el pestillo. Nadie nos iba a molestar. -¿Que es lo que no puedo entender?- Fay sollozó y se secó la nariz con la manga de la camisa.
-Lo que supone que se rían de ti constantemente-
-Fay... solo ha sido una clase. No... no tienes por que tener miedo. Alister es un auténtico capullo pero...-
-No, no ha sido una clase. Ha sido toda mi vida al completo. Risas, risas a mis espaldas, risas en los pasillos, risas en clase. Fay la miedosa. Fay la pantalones sucios. Fay la cría- recitó, como si conociese de sobrada manera esos apodos.
-¿Se reían de ti cuando ibas al colegio?-
-Y en el instituto. Y fuera de clases. Allá donde iba siempre era insultada...- murmuró.
-Eso es horrible, Fay- tragué saliva. Algo me decía que los motivos de la chica eran mucho más profundos de lo que yo pensaba para estar allí encerrada llorando.
-Por eso yo... no estaba segura de venir. Cuando pasé el examen, el cual preparé porque mi padre me lo pidió, me sentí mal. Prefería haber suspendido ¿Sabes? Y todo porque no quería volver a un lugar lleno de gente. No quería volver a soportarlo más. Ese miedo, esa sensación de que siempre habrá alguien acechando, esperando para volver a reírse de ti es...-
-Tranquila, Fay. No volverá a pasar...- puse mi mano sobre su hombro. No se que especie de fuerza le proferí, pero tomó aire para comenzar a hablar.
-Mi madre murió cuando yo tenía ocho años. Se llevó muchos años enferma. Sus últimos días fueron horribles y yo lo vi todo. Vi como se deterioraba, como no me recordaba ni a mi ni a mi padre. Cuando murió, pasé unos días sin ir a clase. Pero cuando volví, no estaba bien... En mitad de clase, lloraba. Lloraba porque me sentía mal rodeada de gente feliz. Los niños dijeron que estaba loca, que lloraba por tener que ir a clases, que era una niña llorona... Se inventaron mil cosas aquel año. Quizás perder a una madre en esas condiciones, añadiendo un curso entero de burlas, me hizo... insegura. En años posteriores, quienes se suponía que debían ser compañeros míos, se dedicaron a provocarme, asustarme, decirme cosas horribles solo para que llorase. De ahí a lo de Fay la miedosa o Fay la cría... Por eso decía que tú no puedes entenderme. Mírate. Tienes talento, don de gentes. Caes bien, no te da miedo socializar. Y he visto como te miran los demás cuando pasas por su lado, incluso como te miran los chicos...-
-¿Eh?-
-Jamás podrás entenderlo-
-Quizá no pueda entenderte, pero sé que se siente al ser tachada. De ti se ríen por tu inseguridad, de mi porque me creen con ventaja. Quizá sea incluso por envidia. ¿Y que hago? ¿Amedrentarme? ¿Sucumbir y encerrarme en un baño a llorar? No, sigo. Sigo y les demuestro que están equivocados. Y eso es, Fay, lo que creo que tú también deberías hacer...-
-¡¿Como, Diana?! ¡No lo entiendes!-
-¡Vale, no lo entiendo! ¡Pero déjate ayudar!- le grité, haciendo que se quedase perpleja, callada. -No estés aquí encerrada, llorando y sola. Soy tu amiga ¿No? Y Caleb y Haytham tambien lo son-
-Ellos... ¿Como van a ser mis amigos ellos si yo no...?-
-Pues están al final del pasillo esperando a que salgas. Caleb está muy preocupado. Ha pasado el resto de la clase ofuscado, tan deseoso de salir para poder buscarte como todos- No se por qué, pero supe que hablarle de Caleb la animaría mucho más. No iba a ofenderme. Era normal, en una chica de su edad, sentirse más animada aún si un chico mediaba en su vida de forma agradable.-
-Oh, Dios... No... Qué vergüenza-
-Vergüenza debería darle a Alister ser así-
-Le odio-
-Y yo-
-Ojalá suspenda las pruebas-
-Ojalá le reviente una pócima en la cara y se quede sin cejas-
-Ojalá se pudiesen hacer conjuros para dejar a la gente desnuda en mitad de clase-
-Ojalá nos dejasen usar ese conjuro... porque en realidad es muy fácil hacerlo- Mi voz sonó con una maldad descomunal, la cual se esfumó al oír aporreos al otro lado de la puerta.
-¿Señoritas? ¿Sabéis que es hora de estar en clase?- La voz de la profesora Cornelia no sonaba amenazante en absoluto, pero sí estricta. Abrimos la puerta rápido para no tener problemas. Allí estaba ella, con las manos en las caderas y una ceja alzada. Pero cuando vio el rostro de Fay, se relajó.
-Profesora, ¿No debería estar en clase también?- pregunté.
-Había venido a...- calló -Bueno, está bien. A fumar, había venido a fumar. No hay un maldito sitio donde me dejen fumar en el Instituto. Si la Regente se entera de que estoy fumando en los baños, me cruje. Me guardáis el secreto ¿A que sí?- sonrió nerviosa. De todos los profesores del Instituto, Cornelia sin duda alguna era quien parecía más cercana. -Porque entonces yo no diré nada sobre qué hacíais aquí ni vuestros males de amores-
-¿Mal de amores?-
-¿Qué hacíais aquí llorando si no?- Miré a Fay y ésta asintió. Con su permiso, le conté todo lo ocurrido a Cornelia. Una vez terminé, la profesora se sorprendió. Casi se puede decir que se ofendió a pesar de que poco le repercutía a ella. -Después del almuerzo buscaré al profesor encargado de Dorian y le sugeriré que...-
-¡No, no lo haga!- Fay habló por fin -Será peor ¿No lo entiende?-
-Pero estáis bajo mi responsabilidad. Soy quien debe actuar por vosotras en este tipo de situaciones. Lo que os suceda, me repercute a mi también-
-Fay tiene razón. Prefiero solucionarlo entre nosotras-
-¿Estáis seguras?- Ambas asentimos -Está bien, pero no os prometo nada. Si vuelvo a ver que ocurre algo entre dos alumnos de distintos tutores, intervendré ¿De acuerdo? Ahora, marchaos de aquí y dejadme fumar-

Fay y yo salimos de los baños. Caleb y Haytham, aun esperaban al final del pasillo. Estaba claro que a los cuatros nos iban a castigar por llegar tarde a la siguiente clase, pero de alguna forma, sentí que a ninguno nos importó. Caleb se acercó a Fay y se preocupó por ella más que ninguno. Le pasó un brazo por el hombro, dándole más seguridad conforme nos acercábamos hacia la siguiente clase. Para mis adentros, sonreí. ¿Podía ser que...? Salí de mis pensamientos cuando me percaté de que Haytham me sonreía. -¿Qué? ¿Le has pedido permiso ya a tu tutor para colarte en nuestro pasillo, Don Curiosidad?-
Norman

Ver a Diana al otro lado de la puerta cuando salí de mi despacho era lo que menos esperaba encontrar aquella noche. Al parecer, como decía, tenía que entregarle algo a su padre. Cuando los mostró deduje que se trataba del trabajo que Loreen le había encargado. Al ver el tamaño de esos apuntes que hizo me cuestioné la crueldad de la Regente. Vale que yo no era el profesor más agradable, sensible y suave de los que había en el Instituto. De hecho, oficialmente ni siquiera tenía la titulación de profesor, pero considero que es más llevadero lanzarte un par de hechizos a la cara con un alumno que mandarle a escribir y escribir chorradas que ya estan registradas en decenas de libros a lo largo y ancho del mundo -Puedes dejármelo a mí si quieres, claro- me ofrecí, al verla un tanto cansada. Las horas se le estaban viniendo encima desde luego -Se lo daré en cuanto lo vea- tomé los apuntes y los ojeé de nuevo. Tenía una letra preciosa -Oye... Diana- dije antes de que pudiera marcharse -No voy a cuestionar si tienes permiso o no para estar aquí- le dije con un tono suave. La chica me miraba pensativa -Quiero decir... Lo siento, por lo de hoy, lo de antes en clase- suspiré -No quiero que me consideres un profesor demasiado duro. Sólo lo suficiente- Diana mostró una sonrisa nerviosa ¿Demasiado duro? Sólo pensaba en que como cualquier otro profesor, le regañaría por estar a esas horas fuera de la cama -Pues no te regañaré, al menos por hoy. Considéralo parte de la disculpa. Aun así no creo que haya demasiada prisa por entregarle esto a tu padre- ya empezaba a liarme yo mismo sobre si debía regañarla o no -El caso, que desvarío, es que quiero disculparme por si me he excedido en mi clase. No pretendía humillarte, ni pretendía hacerte daño- Diana asintió. Dijo que ya lo sabía -¿De verdad?- una media sonrisa adornó mi rostro -Oye...- me atreví a dar un paso hacia ella y posar una mano en su hombro, con cuidado, sin parecer ofensivo u hostil -Realmente valoro la actitud que tuviste, aunque tuve que ejercer parte de castigo en mi clase por ello. Mantengo que es peligroso y recomiendo que no vuelvas a hacerlo. Al menos sola. Busca alguna alternativa. Sé que es horrible cargar con el dolor que has ocasionado a otras personas- sonreí comprensivo -Sólo quiero que sepas Diana que me alegra, como... profesor, saber que hay gente capaz en este lugar. No capaz de realizar hechizos con prestreza y habilidad. Eso es muy fácil. Gente como tú, capaz de sacrificarse por los demás, por buena voluntad... eso es cuanto se necesita- la chica me miraba, comprendí, como quien mira a un abuelo que divaga sobre sus batallas. Ambos nos mantuvimos la mirada durante unos segundos en silencio. Entonces pude comprobar la pureza de su alma. Aparté la mano de su hombro al instante, en cuanto lo percibí. No podía mancharla. No quería estropearla. Aunque a su vez, temí -¿Puedo preguntarte algo?- ella asintió -¿Alguna vez te han hablado de la Oscuridad?-
-¿Qué demonios ocurre?- preguntó de pronto Henry, sobresaltándonos -¿Qué hacéis los dos en las penumbras del pasillo hablando a solas?- llegó como un toro, con esa actitud fiera y protectora que sólo un padre o una madre sabe mostrar cuando su descendencia está en peligro. Me sentí mal por no sentirme mínimamente intimidado siquiera. Henry era un pedazo de pan
-Sólo ha venido a traer esto- le entregué los apuntes
-Ah, el trabajo- lo tomó con premura -Diana, deberías haberte esperado. Deambular por los pasillos en la noche no está bien visto ¿O es que quieres que te castiguen de nuevo? Por favor, no más- regañó con suavidad
-Vamos Henry, no es para tanto. Estaba con un profesor- sonreí
-Estaba contigo, Norman. Y es parte del problema-
-Oye, si es por lo de mi clase, ya me he disculpado ¿Verdad?- Diana asintió
-Disculpado o no, hiciste lo que hiciste. Te excediste. Y no debería extrañarme de alguien como tú-
-Entiendo que estás ofendido por el trato indevido a un alumno que además es tu hija- suspiré paciente -Así que aceptaré tus insidiosas insinuaciones y me volveré a mi habitación-
-Será lo mejor- concluyó el hombre -Y tú, jovencita, regresa a la cama. Y a dormir de una santa vez. A estas horas... verás cuánto te va a costar levantarte mañana ¡Más te vale no quedarte dormida a la hora del desayuno!- la chica se marchó mientras yo casi cerraba la puerta de mi despacho. Antes de que la puerta se cerrara completamente, vi a Henry clavando en mí una mirada de desaprobación que ya me anunciaba que mi relación con él no sería fácil de restablecer. O mejor dicho, de establecerse por primera vez.

Caleb

Bostecé hasta límites que casi creí que mi mandíbula iba a separarse por completo de mi craneo. Dios, qué sueño tenía. Con los ojos pesarosos, vi cómo Diana y Fay me miraban riéndose desde el otro lado de la mesa -¿Qué? ¿Poco conciliar el sueño?- preguntó la tímida chica
-Es difícil dormir con este al lado...- me froté los ojos, señalando con la cabeza a Haytham
-No le gusta hablar de criaturas mágicas para dormir- se encogió de hombros, devorando un bollo de chocolate
-No, no me gusta. A la hora de dormir, lo que me gusta es dormir- aclaré
-No hay nada mejor para conciliar el sueño que leer sobre gárgolas y otras criaturas similares- comentó Haytham
-¿Gárgolas?- preguntó Fay, reflexiva, jugando con su pelo -¿No son lo mismo que un golem?-
-Nooooooo...- suspiré, abatido. Mi cabeza cayó pesada sobre la mesa con un sonoro golpe seco. Maldita sea, Fay. Habías abierto la caja de pandora. Los ojos de Haytham se iluminaron como faroles mágicos
-En absoluto ¡En absoluto! Las gárgolas, a diferencia de los golems, no son criaturas artificiales per sé. Verás, es extraño. En el Registro de Criaturas y Otras Maravillas se cuenta que Arnold Fitzgerald, gran y reputado mago de hace muchos años, investigador principal de la Via Oculta, una escuela ya cerrada exclusivamente dedicada a la disección y estudio de seres mágicos, establece que las gárgolas son parcialmente artificiales. Al parecer, sí, en su día, eran simplemente estatuas de piedra, típicas decoraciones de catedrales o en honor a creencias antiguas. Hoy en día son cuasi orgánicas. Sea quien fuera quien las dotó de vida, a diferencia de los golems, estas llegaron más allá. Adquirieron su propio "adn", adoptaron un modus vivendi, aprendieron incluso a reproducirse. Esa es la más clara diferencia y el por qué rara vez ves una gárgola completamente idéntica a la otra, pero tampoco con diferencias destacables. Los golems prácticamente son todos iguales porque se los crea al momento para realizar una labor. Jamás verás a un golem intimar con otro golem, apenas carecen de lo que llamamos alma, entonces...- Haytham habló y habló durante largos, larguísimos minutos. Fay le miraba casi asustada. Empezaba a comprender el horror que acababa de desatar sobre sus hombros. Diana sin embargo reía, con mirada triunfante, devorando los bollos que Haytham no se comía por estar hablando. Ella era la clara vencedora. Pude percatarme al menos de que lo miraba con simpatía. Quizá se debía a su forma de defender los ideales y las acciones de la chica frente a Norman. Pero me complació ver que entre nosotros comenzaba a haber un vínculo y que hacia Haytham empezaba a haber un sentimiento de cercanía. A pesar de que fuese un entusiasta hasta el hastío, era un chico que me caía bien. Afortunadamente, la charla de Haytham se vio interrumpida no mucho depués de comenzar, debido a que las puertas se abrieron con cierta virulencia, mostrando a todo el profesorado entrar en la sala como un vendabal. La Regente Loreen se aproximó hasta la mesa de los profesores, seguida por el resto. La mesa de los profesores tenía una forma ligeramente piramidal, de forma que la Regente quedaba sentada en la parte más alta mientras que los profesores estaban a cada lado en posiciones descendentes. Aquello no era un orden jerárquico, salvo para la Regente. Desde su posición más elevada podía ser vista y ver a todos los presentes. Fue entonces cuando dio una fuerte palmada que llamó la atención de todos los alumnos y nos hizo callar al instante
-Alumnos y alumnas del Instituto, hoy es un día importante- dijo con seriedad -Y no porque sea un día que celebrar, precisamente. Apenas hemos empezado el curso y ya estamos sufriendo graves problemas con los alumnos, así que me veo obligada a una situación un tanto vergonzosa. Hoy, en este descanso, por vez única, voy a exponer las normas de este sacro lugar y las prohibiciones que conlleva el estar aquí. Diré, al menos, las más importantes, referidas a la magia y al comportamiento del alumno. Por favor, estad bien atentos y no perdáis detalle. Si decidís hacer caso omiso a mis palabras, no es de mi agrado anunciar que vuestro desconocimiento de la normativa no os protegerá de cualquier infracción cometida en un futuro- se hizo el silencio. Casi se oía el respirar de los alumnos, algunos algo nerviosos -Bien... comenzaré por el uso indebido de la magia: No, y repito, no se pueden utilizar hechizos fuera del Instituto bajo ningún concepto salvo contadas ocasiones por rigor estudiantil o práctico bajo la supervisión de un profesor o tutor por vuestra seguridad y la del mundo mágico, lo cual me lleva al siguiente punto. Los mutis viven su vida cotidiana de forma tranquila, ignorando por completo nuestra existencia. Hay casos excepcionales, por supuesto, en que un mago se ha enamorado de un mutis y por lo tanto, ha terminado sabiendo del mundo mágico. Aun así, son casos realmente extraños por los que uno no puede ser confiado. Un uso inapropiado de la magia podría llevaros a la situación de que algún mutis no autorizado os viese y entonces estariamos en un grave problema. No ha sido la primera ni será la última vez que alguna vez alguno ha visto u oido algo y las consecuencias llegaron a ser catastróficas en años pasados. Los mutis y su pensamiento son sencillos, y su falta de comprensión sobre la realidad que desconocen les lleva a destruir todo lo que les parece que escapa a su control- hubo un tenso silencio tras aquellas palabras -Hay que añadir que está terminantemente prohibido que alumnos como vosotros tengáis en vuestro poder y conocimiento hechizos que aún estáis lejos de poder alcanzar a dominar. El intento de apropiación indebida de un conocimiento mágico o el uso del mismo sin autorización y reconocimiento previo será motivo de sanción- suspiró pesadamente -Y ello me lleva a destacar que atacar a un profesor, sea cual sea el motivo, es motivo de expulsión inmediata del Instituto. No se tolerará bajo ninguna circunstancia el daño hacia los compañeros o hacia el profesorado. Atacar a otros alumnos también será motivo de alto castigo, da igual la forma. Así como usar magia para alterarles física o mentalmente. Eso conlleva la expulsión y advierto, por parte de la Asamblea, a la inhabilitación mágica- hubo murmullos tras aquello
-¿Qué es la inhabilitación mágica?- preguntó la inocente Fay. Le sonreí
-Algo que duele. Mucho- esclarecí
-Creo que está todo bastante claro hasta el momento. Espero no tener que preocuparme porque algo de lo mencionado ocurra nuevamente. Quiero destacar también una cosa, si se me permite. Si está prohibido el ataque físico, no quiero mencionar el asesinato- hubo de nuevo murmullos. Esa palabra era ir demasiado lejos -La muerte se pena con la reclusión directo en la prisión de Sepulcra- al oir el nombre, Haytham se removió inquieto en el asiento -Condeno y me repugna esa clase de actos, así que espero por favor que ninguno de vosotros sigáis un camino equivocado en el que algún día podáis...- se le quebró la voz un instante. Carraspeó, miró a los profesores. Ellos la miraron en señal de apoyo -Eso es todo, me temo. El desayuno finaliza y os he robado demasiado tiempo. Por favor, ahora terminad de comer y preparaos para la siguiente clase con el profesor Deckard. Antes, sin embargo, tenemos algo que arreglar con vosotros- agitó una mano -Codex Eximere- recitó, haciendo que todos y cada uno de los libros de los alumnos saliesen volando de nuestros bolsillos y cinturones hacia ella en una pila que quedó flotando a su lado -Los libros serán examinados detenidamente hasta la hora de las clases, cuando se os devolverá en un momento. Por lo demás, eso es todo- por fin, pudimos volver a nuestra comida con menos tiempo del previsto
-Vaya charla- bufó Haytham
-Se te veía nervioso- observé
-¿Yo? ¿Por qué debería?- la pesada mano de Norman cayó de pronto en su hombro
-¿Podemos hablar, Haytham? Es importante-
-El tiempo de desayuno es escaso, profesor. Me temo que...-
-Era una pregunta de cortesía. No puedes negarte. Ven- exigió severamente. Haytham le siguió

Norman

Haytham me siguió hasta el largo pasillo principal, donde supe que estábamos realmente a solas. El chico me miraba con una mezcla de desaprobación y respeto la mar de extraña -¿A qué viene esa forma de mirarme?-
-¿Vas a castigarme, no?- bufó
-No exactamente- miré distraidamente a un gran cuadro de una mesa redonda con diversos magos repartidos enderredor. El letrero rezaba "El concilio de Merleen" -¿Has escuchado todo lo que Loreen ha dicho?-
-Sí, por eso digo que me vas a castigar. De hecho, me vais a expulsar- estaba extrañamente serio, cuando siempre parecía ser unos cascabeles
-De hecho sí- confesé -Los profesores no tardaron en pronunciar la expulsión en cuanto se supo de lo sucedido-
-¿Y a usted? ¿Nadie le sanciona por atacar a Diana y a mí? Me hiciste ir al hospital- se defendió ofendido
-Porque me provocaste-
-Estabas humillando a una compañera y alegando que debiamos dejarla atrás. La defendí a ella y a mis ideales. Un profesor es un profesor y aliado cuando estás en sintonía con él y te respeta. La linea que separa a aliado de enemigo es francamente delgada- aquella respuesta me sorprendió
-Eres muy sagaz. Quizá más de lo que te convenga, chico-
-No me llame chico. Sé más de lo que usted cree. Más de lo que todos creen- parecía estar hablando con un joven que había sufrido cosas que no debería. Parecía algo abatido, aunque mantenía un tono de voz desafiante y ardiente
-En cualquier caso, Haytham... sé que sabes bastante. Sé que sabes más y que dominas más de lo que deberías. Por ello he conseguido que no te expulsen- los ojos del joven resplandecieron como diamantes
-¿¡En serio!?-
-Sí, bajo la condición de estar bajo mi tutela directa. Me ocuparé de tu educación y de controlarte-
-Me da igual. Al menos podré permanecer aquí...-
-No debe darte igual, Haytham. Está muy bien ese ímpetu que arde en tu pecho pero si no lo controlas puedes acabar muy mal. Sé de lo que te hablo- en ese momento nos miramos y nos comprendimos mutuamente. No hizo falta decir más
-Me he quedado sin cuaderno ¿Verdad?- asentí
-¿De dónde lo sacaste?- él se encogió de hombros
-De lugares insospechados- se mofó
-Te daran uno nuevo, sin hechizos que te pongan por encima del resto-
-Llevo años con ese libro. He aprendido muchísimo. Eso no me lo podréis quitar. Los hechizos volverán a grabarse en el libro-
-No. Hay un método por el que no- sonreí burlón -Bienvenido a una nueva etapa de tu vida. Te acostumbrarás. Ve a clase, tus compañeros ya marchan- señalé con la barbilla al grupo que salía de la Sala de las Eras
-Vaya mierda...- aunque feliz por no ser expulsado, Haytham se marchó visiblemente turbado por haber perdido aquellos hechizos. Era impensable para mí pensar que los había aprendido por su cuenta. Debía de haberlos conseguido de algún modo...

 Alister

 Encantamiento. Vaya mierda de clase. Una de las asignaturas más inútiles y aburridas. El aula parecía un museo repleto de armaduras, espadas, mazos... miles de objetos de los años de Merleen o incluso más antiguos. Papiros con más años que el propio planeta adornaban las paredes, enmarcados en cristales mágicos irrompibles. Todo olía como mi abuela -Hola a todos- saludó Deckard -Bienvenidos a una clase donde no sufriréis daño, no tanto como en la de otros al menos. Aquí podéis respirar tranquilos- aquel comentario ya hizo que me cayese bien. Deckard parecía ser de los míos -Esta es la clase de encantamiento. Aprenderéis a forjar runas con vuestras manos, a imbuirlas en objetos y darles dotes que escapan a la comprensión de cualquier ser. Puede que os parezca algo digno de estudio arqueológico pero creedme... es apasionante. Hoy vamos a practicar una runa sencilla de movimiento. Un encantamiento con el que podréis animar un objeto para que os sirva de ayuda o por qué no, de protección a la hora de ocultar algo en vuestra habitación y que nadie os espíe vuestros secretos más oscuros- miró sobre todo a las chicas -Así que, muchachos, absteneos a partir de hoy de intentar espiar o de robarles la ropa interior- hubo tensas miradas de las chicas a los chicos. Ja. Deckard gustaba de provocar, de sembrar la discordia. Le entendía. Era realmente divertido -Estas runas de encantamiento, para daros una base ligera de conocimientos generales, se descubrieron hace más de mil años. Antes incluso de Merleen la Blanca. Porque sí, muchos creen y entre vosotros habrá algunos con estas ideas que Merleen fue la primera hechicera junto a Morgan, pero no. Mucho antes de nuestra figura mesiánica- dijo aquello con tono irónico -ya existían magos por doquier y sobre todo encantadores. En epocas de tumulto donde la magia no estaba tan estudiada en profundidad como hoy día, los encantamientos eran esenciales para protegerse de los enemigos. Estamos hablando de los tiempos de Hamut Thera, tierra de obeliscos, desiertos y oscurantismo. Esta runa que veremos hoy, Mopilis, es una de las primeras que se estudiaron de sus viejas inscripciones- repasó a la clase con la mirada -Alister, sal aquí y escoge un objeto. Señálalo- obedecí ipso facto. Deckard estaba captando mi atención y reflexioné sobre las utilidades que había en esa sala. Escogí una vieja espada de hoja serrada y algo oxidada -Ah, buena elección-
-Gracias- dije, mientras me la brindaba -Bien, quiero que visualices la runa que hay en este papiro- la puso sobre la mesa -Concéntrate, canaliza la esencia mágica de tu propio ser, pasa la mano por la hoja de la espada y recita el nombre de la runa, teniendo en mente la clase de función que quieres que cumpla- obedecí. Cumplí cada lección que dio y para mi sorpresa, una runa azul brilló en la hoja de la espada y ésta comenzó a levitar a mi alrededor de forma amenazante, girando despacio, acechante -¡Fabuloso!- aplaudió
-¿Cómo se puede probar?-
-¿Probar?- arqueó una ceja
-La he imbuido con la voluntad de protegerme. Quiero ver qué tal funcional es-
-Mmm... buena idea- me señaló con el dedo -Ciertamente, buena idea- no, no es que fuera una buena idea. Es que disfrutaría viendo el espectáculo que vendría a continuación -Con la idea del joven Alister, podremos apreciar una de las fortalezas de las runas de encantamiento. Una runa no puede deshacerse con un simple hechizo, sino con una contra-runa. Es decir, una contraria. Para poder incapacitar esta espada, la runa que hay que utilizar es Inamopilis- declaró -Y el principio es el mismo. Canalizar el poder del invididuo y tocar el objeto ¿Difícil, verdad?- rió -No todo es hechizos que lanzar a larga distancia. Los encantamientos pueden ser incluso más útiles- no habría nadie que pudiese ignorar el hecho de que Deckard adoraba el encantamiento y sentía resentimiento hacia la hechicería común, ya que había desplazado la especialización en gran medida. Sí, era útil una vez explicada, pero un hechizo siempre sería más poderoso que contar con una espada encantada que da vueltas a tu alrededor
-¿Puedo proponer a alguien?-
-Claro, no veo por qué no- se cruzó de brazos -Esto es una clase práctica y todos, tarde o temprano, practicaréis- sí, segurament todos practicarían, pero yo ya tenía un objetivo en mente. Alguien con quien seguramente me iba a divertir
-Veamos...- fingí que buscaba indeciso a alguien que fuese mi "compañero de pruebas" -Tú- señalé a la chica finalment tras unos instantes de fingida duda -¿Te llamabas... Fayara?- sonreí con perversidad