martes, 24 de octubre de 2017

Fay

Si algo me inquietaba, era estar sola. Sobretodo en lugares desconocidos. Podría decirse que había desarrollado una especie de fobia a lo largo de todos estos años que ahora me impedía actuar como una persona normal, por ello no podía evitarlo. Además, me sentía mal. Aquella chica, Diana, después de haberme hecho, quizás, el favor más grande que podrían hacerme en toda mi vida, había sido castigada perdiendo su libro, y ahora, enfrentándose al Tribunal. ¡El primer día! No sabía si aquello era un hecho que ocurría todos los años, pero desde luego bueno no podía ser. Por todo eso, decidí esperarla fuera. 

La presentación de la Regente había sido sumamente rápida. Algo me decía, que la bienvenida hubiese sido mucho más amplia y ceremonial de no ser porque se debía celebrar aquel Tribunal. No habíamos conocido aún a los profesores, porque todos ahora rodeaban a Diana en aquel sitio que casi me empezaba a parecer infernal. Vaya una bienvenida. Quizás cuando saliese, no iba a querer ser mi amiga. 

La puerta de la sala del Tribunal se abrió. Los búhos señoriales que la decoraban, vibraron conforme ésta se extendía. De entre las mismas, salió la primera Diana. -Ho...hola. Oye, quisiera decirte que...- guardé silencio cuando vi, que tras ella, salía un hombre alto, serio, con unas gafas anchas y un bigote que escondía tras él todo un labio superior. Diana estaba cruzada de brazos, parecía no querer mirarle.
-No te involucres ¿Vale?- le dijo de malas formas.
-No me involucraré más de lo que quieras, pero soy yo quien te cederá los libros-
-Lo que quieras, pero como si no me conocieras ¿Vale? Demasiados problemas me está dando éste apellido ya- murmuró. El hombre quiso hablar, pero calló cuando me vio.
-Oh, vaya. ¿Una amiga?- preguntó. Ambas le miramos a los ojos. Bueno, más bien a las gafas, sin saber muy bien que decir. 
-Sí- Aseguró Diana. Mentiría si dijese que no suspiré aliviada y me sentí segura en aquel instante.
-¿Es ella a quien...?- 
-Sí, venga. Las presentaciones en otro momento- instó la chica, queriendo marcharse de allí.
-Encantada, señorita. Yo soy Henry Dassadow- se presentó, extendiendo formalmente su mano. Quise sostenérsela, llena de vergüenza, sólo que no pude hacerlo porque Diana me tomó del codo y me arrastró con ella hacia un lado del pasillo.
-¡Ay, por favor!- gruñó.
-¡Recuerda! ¡La Sala de las Eras! ¡Veinte minutos aproximadamente!- gritó el hombre.
-¡Que sí!- volvió a gruñir. En el rostro blanquecino de la chica, se dejaban ver colores rojos de furia. Estaba totalmente exasperada ¿Como iba yo a disculparme así?. 
-Oye, Diana... yo...-
-No pasa nada. No me digas nada- suspiró.
-Es que ha sido culpa mía...-
-Que va, mujer. Ha sido mi culpa, por ser justa- explicó -Si hubiese sido mi caso, si fuese mi coche el que hubiese perdido una rueda... mi padre me hubiese traído aquí de cualquier forma, a cualquier hora, en cualquier momento. Yo solo he hecho lo que tenía que hacer-
-Pero... hacer un conjuro antes de tiempo...-
-Al cuerno con eso. Es verdad que no lo hubiese hecho. No es mi intención quebrantar las normas, pero ¿Cuantas pocas de horas han separado mi hechizo del que abrió la puerta? Somos mínimamente capaces de conjurar cosas fáciles. Si no, no estaríamos aquí. Esto solo es... hipocresía- Por alguna razón, Diana se quedó en silencio. Parecía pensar en algo de forma concentrada.
-Tu padre parece simpático- sonreí.
-Ese es el problema. Que es demasiado simpático para éste sitio- suspiró. 
-¿Y... no me odias? Si yo no...- Diana paró el paso de repente y se quedó mirándome. Tenía los ojos muy abiertos. Eran de un azul claro precioso, casi embriagador.
-¿Me lo estás diciendo en serio?-
-Es que algunos alumnos que ya hemos visto... bueno, seguramente no se alegrarían de que me hubiese cruzado yo en sus caminos en vez de en el tuyo-
-A ver... déjame que te explique. Primero: Tu gritaste y todos te oímos, pero no todos podían ayudarte. Segundo: Si te refieres a ese... Dorian- pronunció su apellido con un rintintín burlesco, como si imitara al chico rubio cuando se pronunciaba a sí mismo -Yo no soy como él.- sonrió. Una vez más, sentí una vergüenza increíble. No supe que decir ni hacer. -Oye, se supone que ahora nos van a repartir las habitaciones y yo no conozco a nadie aún... ¿La compartirías conmigo?- preguntó de repente. No respondí, porque estaba asombrada, y por ello, Diana se temió lo peor -¡Por favor! Como me toque con una de esas... cotorras-cuchichea-por-las-espaldas voy a pasar el peor año de mi vida-
-Claro, claro. A mí me haría ilusión-
-¡Ah, perfecto!- sin previo aviso, me tomó de las manos. Era como si ya tuviese toda confianza en mí, como si de repente... por fin tuviese una amiga. Sentí que los ojos se me humedecían y por ello, hice todo lo posible para no dejar ver en ellos un pasado de lo más desgraciado. Simplemente sonreí y me dejé llevar por ella, por Diana, mi primera amiga.

-¡Eh! Os estaba buscando- la voz de un chico al final del pasillo captó nuestra atención. Era aquel joven simpático, el que le había plantado cara a Alistair Dorian. Parecía la mar de agradable. -Cuando no os vi con el grupo, me temí un poco lo peor. Otra vez ha aparecido ese hombre invisible y nos ha dicho que vayamos a la Sala de las Eras. Supuse que nadie os avisaría a vosotras- explicó. ¡Pero que amable! Ojala hubiese tenido el valor de decírselo.
-Oh, gracias- sonrió Diana. -Muy amable. ¿Tu nombre era...?-
-Caleb. Caleb Clay.- se presentó.
-Encantada, Caleb. Ya sabes quien soy, y ella es...-
-Fayara Dafner. Pero me llaman Fay- me presenté, muy nerviosa, con una voz muy entrecortada. El chico me sonrió, lo que me hizo sentir una calidez inmensa en el corazón.
-Bueno ¿Vamos?- nos instó a acompañarle -¿Vosotras pediréis habitación compartida no? Yo aun no conozco a ningún chico...así que supongo que me tocará por sorteo. Ojalá tenga suerte- sonrió. Rompió el hielo de forma muy fácil. De repente, los tres estábamos ensalzados en na conversación. Por una vez, no me arrepentí de tomar una decisión.

Diana

El aspecto de la Sala de las Eras era de esperar. Se trataba de una estancia circular de lo más pintoresca. Era enorme, perfectamente iluminada por docenas de faroles mágicos. Lo más llamativo, era el suelo, decorado con azulejos que formaban el dibujo de una enorme estrella de cinco puntas. Cada punta, estaba decorada de un color distinto. Debía significar algo, pero aún no sabía exactamente qué.

Allí estaban todos los alumnos congregados otra vez. La mayoría, ya estaba dividida en grupos. Sentí lástima por Caleb. Las chicas no podían compartir habitación con los chicos y nuestras alas estaban separadas la una de la otra por una enorme escalera después de varios pasillos serpenteantes. Si no fuera por ello, le pediría a Caleb que pidiese una habitación lo más cerca posible de la nuestra. Parecía un chico la mar de majo.

La Regente, Loreen, apareció por nuestra espalda, lo que hizo que todos nos girásemos para mirarla. -En nombre del consejo de profesores y el mio, os pedimos disculpas por la demora. Somos conscientes de que deseáis comenzar lo antes posible. Vosotros, jóvenes promesas, albergáis la emoción suficiente en vuestro interior como para hacer posible un curso brillante, sobresaliente. Pero mucho me temo, que la paciencia, es una virtud que debéis aprender nada más empezar. Por ello, y como es costumbre, hoy no se celebrará ninguna clase. Dedicaremos el día a repartir vuestras habitaciones, cederos vuestros uniformes y mostraros las instalaciones a fin de que mañana, empecéis con el mejor pie posible- anunció. A mi al rededor, oí algunas risas y algunos bufidos -Para una mejor convivencia, los chicos iréis al ala Este y las chicas al ala Oeste. Cada ala, contará con tres pasillos distintos en los que se distribuirán vuestras habitaciones. Cada pasillo, será vigilado, custodiado y atendido por uno de nuestros profesores. El profesor que custodie vuestro pasillo, será vuestro profesor de confianza. A él podréis preguntarle vuestras dudas, expresarle vuestras inquietudes y sobretodo, mostrarle cualquier problema que tengáis u observéis a los demás- Loreen sonrió de forma afable. Si todos supieran lo estricta que parecía en el Tribunal... -Ahora, alumnos...- Loreen abrió su libro y conjuró a una urna negra que había al fondo de la sala para que apareciese en sus manos -Cuando os nombre, me diréis con quien queréis compartir vuestra habitación. Tened en cuenta, que las habitaciones son para dos personas. Automáticamente, vuestro nombre y el de vuestro compañero, será tachado de la lista. Los que no tengáis compañero, seréis distribuidos mediante un sistema aleatorio. Así pues...- Otra vez, conjuró, y la lista tallada por el Golem apareció levitando frente a sus narices -Romina Derina...-

Los alumnos fueron dando sus nombres y el de sus compañeros de uno en uno. La mayoría, ya tenía decidida su compañía. Otros, como Caleb, quedaron para el final. Cuando me nombraron, caminé hasta Loreen y me mordí levemente el labio inferior. Otra vez, mi apellido -Diana Dassadow y Fayara Dafner- Al pronunciar los nombres, Loreen frunció el ceño. Revisó su lista levitante un par de veces, confusa.
-No aparece el nombre de Fayara Dafner-
-Es que yo... soy quien llegué tarde- se atrevió a anunciar mi compañera.
-Oh, comprendo. La señorita afortunada y la señorita atrevida- nos nombró -Supongo que al menos sacamos una amistad de todo esto.- suspiró -Está bien. Ambas a la urna- La urna, de forma mágica, albergó un papel más con nuestros nombres, sin tan siquiera escribirlos. Quedó entre los demás, al menos, hasta que el emparejamiento terminó.

Unos pocos alumnos se quedaron sin pareja para las habitaciones. Por ello, los nombres emparejados ardieron tras ser hechizados por Loreen, quedando solamente los nombres sin pareja, exportados automáticamente de la lista de piedra. Tras ello, la Regente comenzó a sacar nombres de dos en dos, emparejándolos siempre y cuando fueran del mismo sexo. Fay y yo no dejábamos de mirar a Caleb con ojos compasivos. ¡Que mal trago! Conforme salían los nombres, más nervioso aparentaba estar el chico. Lo que ninguno de los tres nos imaginamos, es que quedaría el sólo, sólo su papel, para el final. -Caleb Clay- pronunció Loreen. -Vaya... parece que te has quedado solo- De repente, una voz se alzó entre el resto de alumnos. Un muchacho afirmaba no aparecer su nombre en los papeles y no tener pareja. El rostro extrañado de Loreen fue enorme. Estaba muy confusa. Quizás por ello, actuó rápido. -Está bien, está bien. ¿Profesores?- Los profesores aparecieron a la orden por la misma puerta que la Regente había tomado -En grupos de ocho parejas ¿De acuerdo? Las cantidades están exactas. Son todos vuestros- explicó. Los profesores se dividieron. Eran tres hombres y tres mujeres. Se alinearon perfectamente en la sala. Algunos esperaron a que los alumnos acudieran a ellos. Otros, directamente, buscaron a su propio grupo. Hacia Fay y a mí, se acercó una de las profesoras, de pelo  corto rubio y facciones maduras. -¿Que tal si venís conmigo? Mi pasillo es el más luminoso- Su mirada acaparaba tanto a nosotras, como a siete grupo de chicas más, que se dieron por aludida y se unieron a nosotras -Me llamo Cornelia Belmy. Soy vuestra profesora de Herboristería y Otros Usos, y ahora vuestra tutora- sonrió. -¿Vamos a vuestras habitaciones ya? Venga, seguidme señoritas. No os despistéis- Cornelia comenzó a andar en pos de salir de la Sala de las Eras, por lo que todas las seguimos. Aun me dio tiempo de mirar atrás. Caleb y el chico sin nombre en la lista, se habían quedado con Loreen.

Fay

¡Cornelia era súper simpática! ¡No! ¡Hiper simpática! Fue tan agradable y tan atenta repartiendo las habitaciones... A Diana y a mí nos dejó la habitación al final de su pasillo. Era una habitación pequeñita, pero perfecta. Había una cama a cada lado, un armario bastante grande para ser compartido, un par de mesas, y una estantería llena de libros de historia y otras cosas que nos servirían para estudiar. Pocas, pero suficientes.

Esta vez sí, sin vergüenzas, me arrojé a la cama y me acosté boca arriba -¡Esto es mejor de lo que me esperaba!- sonreí 
-Me alegro- dijo Diana, que solo se sentó en la cama, observándome. -Por como hablas, parece que realmente no querías venir-
-No quería, es verdad. Me daba miedo-
-Los profesores no son malos. No nos van a torturar ni nada parecido-
-No me daban miedo los profesores, sino los alumnos- murmuré. -Pero... Da igual. Está todo bien. Ya no tengo miedo- Abrí los brazos en cruz. La cama era más cómoda de lo que imaginé.
-Mira, nuestros uniformes- Diana había abierto y armario y había extraído un conjunto. Había tres mudas para cada una, idénticas. Cuando Diana los desdobló, pude observar que se trataba de un uniforme complejo. Contaba con una camisa blanca y un vestido morado oscuro para superponer sobre la misma. También había una capa de cuerpo completo de color negro. Además, sobre el conjunto reposaba un broche con el búho de seis alas. -Bueno... podría ser peor- Aquello me hizo reír.
-¡Oye! No está mal-
-Ya lo sé, era broma. ¿Como será la de los chicos?-
-¿Te interesan los chicos?- alcé una ceja.
-No en el sentido de... saber que visten. Es solo curiosidad. Me haría gracia que a Alister también le pusieran un vestido- rió. 
-Por cierto ¿Que crees que le pasará a Caleb?-
-Si todo está bien... seguramente lo emparejarán con aquel muchacho perdido-
-Me cae bien. Es simpático- 
-Sí, pero... ojalá tenga suerte. Él y quien esté con Alister. Se lo va a comer al horno- De repente, llamaron a la puerta, la cual se abrió para mostrar a Cornelia.
-¿Todo bien?- ante aquella pregunta, ambas asentimos. -Perfecto. En nada será el toque de queda. Descansad. Mañana a primera hora tendréis la primer clase. Debéis ir al aula de la segunda planta, ala B. Tendréis Alquimia I antes de desayunar ¿De acuerdo?-
-Genial...- suspiró Diana.
-Entonces, buenas noches chicas-
-Buenas noches profesora- me despedí. Diana se quedó cayada unos instantes y después se volvió para mirarme. 
-Hoy no vamos a poder dormir... ¿A que no?

Diana


Con enormes ojeras, Fay y yo nos presentamos en Alquimia I justo después de amanecer. No habíamos dormido nada porque nos pasamos la noche charlando y conociéndonos, envueltas en los nervios del primer día. Ella, aún así, estaba pletórica. Yo, sin embargo, no encontraba aquellos ánimos. Menos aún cuando apareció mi padre. -¡Buenos días, mis queridos alumnos!- dijo nada más traspasar el umbral de la puerta. Su capa ondeaba a su paso. Él también estaba eufórico. -Mi nombre es Henry Dassadow. Soy vuestro profesor de Alquimia I. En mi clase, aprenderéis los principios básicos de la Alquimia, o lo que es lo mismo, la transmutación de materiales. Descubriréis que no es nada sencillo manejar la transmutación, pero que una vez se consigue y domina, es lo más gratificante que podréis llegar a sentir aquí en el Instituto.- reía y reía. Era algo así como el profesor perfecto -Y si ademas consigo inculcaros la pasión de la Alquimia, mucho me temo que seremos un gran grupo especializado para el próximo año- concluyó -Ahora, empecemos la clase. No, no, no. No abráis los libros. Esta asignatura, se aprende con la práctica. A ver... necesitaré un buen ejemplo a enseñaros...- Entrecerró los ojos, buscando a alguien que él llamaría voluntario, pero más bien se trataría de un obligado. No, no. Por favor, no. -¿Por que no...?- No, no, no. -¡Diana! ¡Sal aquí! ¡Comencemos contigo!- ¡No! ¡Lo sabía!

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