Alister
Cómo no, era de esperar. Primer día de clase, Alquimia I ¿Y quién es la elegida por el profesor? Su hija. No pude evitar reirme mientras los demás guardaban un respetuoso aunque malicioso silencio. Venga ya, no podía ser yo el único que pensaba que la había escogido por ser su hija. Vi a la chica levantarse y dirigirse hacia el profesor, con la capa ondeándole a cada paso, mientras Henry Dassadow me miraba con gesto adusto y de desaprobación -¿Qué es tan divertido, señor Dorian?-
-No, no, nada. Disculpe profesor- dije tratando de contener la risa, que era casi imposible
-Si no guardas los modales, te expulsaré de clase- dijo con firmeza, pero su aspecto no era en absoluto amenazante, como tampoco lo era verle con una hija al lado, que parecía morirse de la vergüenza
-Lo siento- bajé la cabeza ligeramente para poder reir en silencio. Pude ver por el rabillo del ojo cómo ese tal Caleb me miraba con cara de pocos amigos ¿Quién se creía que era? ¿A caso era el novio de Diana? ¿Le molestaba que me burlase? Ya arreglaría cuentas con él más tarde
-Bueno. Por favor, clase, atended. Hoy vamos a comenzar con transmutación básica. La más básica de todas las básicas- dijo amable el profesor. Sonaba ridículo -Pero antes, permitidme que a vuestra compañera le facilite un poco las cosas, a vuestro nivel- de su mesa, abrió un cajón y extrajo un cuaderno, el cual entregó a Diana -Ten, Diana. No es secreto en el Instituto que tu cuaderno fue retirado por uno de los golems por haber realizado aquel hechizo desautorizado. Aquí tienes uno nuevo y prístino para tu aprendizaje y uso personal-
-Ya podrás pasarme los "apuntes" más tarde- señalé. No pude evitarlo, riéndome. Las miradas se centraron en mí
-¿Qué quieres decir con eso, Dorian?- Henry dio un paso hacia mi dirección. De nuevo, amenazante. Para mí, sin embargo, no era más que un viejo patético. Nunca sería ni la mitad de aterrador que mi padre. Ni soñaría siquiera con ello
-Nada, profesor. Sólo que en ese cuaderno nuevo debe de poderse apreciar con muchísima claridad cada inscripción- sonreí burlesco. Henry me miró como a un criminal, pero supo mantener el tipo. Tuve que reconocer para mis adentros que al menos tenía temple. Supo darse la vuelta y retroceder hasta la posición de Diana
-Haciendo caso omiso a interrupciones... demos comienzo con la lección. Veamos. Empezará Diana como ejemplo y vosotros, luego, haréis lo propio ¿De acuerdo? Bien. Para empezar, Diana, toma- se agachó un instante y tomó una caja de madera añeja del suelo. La colocó en el suelo, frente a los pies de la chica. Estaba repleta de arena -Con esto, quiero que me fabriques algo- Diana le miró con expresión anonadada. Al parecer, ese hombre no había tenido la decencia de enseñar a su hija algo de alquimia a pesar de ser profesor. O quizá sí y se estaba haciendo la tonta. Si había algo que me llamaba la atención de Diana es que no conseguía leer claramente sus intenciones. Con el tiempo aprendí que todos, sin excepción, tenemos un objetivo que conseguir a cualquier precio ¿Cual sería el suyo? -Está bien- se frotó las manos -Para empezar, abre el libro- Diana le obedeció mientras Henry dibujaba en un enorme pizarrón un símbolo alquímico. Era un enorme círculo repleto de runas mágicas y en el centro dos triángulos, uno sobre otro e inversos al contrario, como si fuesen un reloj de arena -Visualizalo bien, pon la mano sobre la hoja del libro. Asimila la forma de este símbolo- dijo con algo de magnificencia en la voz -Los demás también por favor. Canalizad vuestra energía, concentraros en el símbolo y en el libro- dicho y hecho, hice lo mismo. Sabía lo que pretendía. Al hacerlo, al asimilar el símbolo como un nuevo conocimiento, a todos y cada uno de los alumnos se les grabó con fuego mágico el símbolo en una de las hojas -¡Estupendo!- sonrió Dassadow -Para poneros en situación, este símbolo es llamado comunmente como Llave de Guss- conforme narraba, curiosamente, aparecía dicho dictado junto al símbolo en las hojas de los libros de cada alumno, iluminadas en un color azulado. Eso sí que no me lo esperaba. Me hizo arquear una ceja -Bien. Esta Llave de Guss es un resumen preciso y acertado de miles de cálculos y mini-hechizos combinados sobre la naturaleza y los elementos que la componen. Quiero decir, sin este símbolo, transmutar un objeto o sus propiedades sería tan difícil como salir del Instituto con tu certificación de Mago Académico sin salir de la cama- me sonrió expresamente a mí ¿Qué coño se creía? Le devolví una mirada de asco -Afortunadamente para vosotros, queridos alumnos míos, usar esta Llave es tan sencillo como colocar vuestra mano sobre el símbolo, concentraros, canalizad la magia, vuestra propia voluntad y energía. Extraed la magia del libro, del símbolo. Entrad en comunión. Y concentraos en lo que queréis hacer con el material disponible ¿Me he explicado bien?- los alumnos se miraban entre sí y Diana se rascaba la sien con una sonrisa torcida -¿Me has entendido?- preguntó con cierto tono paternal que se le escapaba a su hija. Ese hombre no sabía disimular. Diana, contra todo pronóstico, al menos el mío, dijo que sí -Muy bien, adelante pues- la chica se dispuso a ello. Puso la mano sobre el símbolo y cerró los ojos. Respiró hondo. Se concentró. Desde mi asiento pude ver cómo del libro, de su mano, emanaba una ligera luz. Me recliné sobre el asiento para ver mejor -Ahora, Diana, lleva la mano a la arena y cámbiala ¡Transfórmala!- dijo animado el profesor. La chica obedeció con prisa. En su mano portó una luz que pude apreciar tenía la forma del símbolo. Al plasmarla sobre la arena, ésta emitió un fogonazo de luz y Diana alzó la mano. La arena se había desvanecido casi en su totalidad y en la mano de la chica había una vara de metal. Los alumnos quedaron boquiabiertos... menos yo. No tardé en apreciar cómo la vara se le deshizo literalmente en las manos, como un montón de arena metálica. Estallé en risas -Bueno, bueno, bueno- Henry dio un par de palmadas para hacerme callar -Basta de risas, Dorian. Vamos. Si tan hábil eres, muéstrame tu potencial- al decir aquello, tragué algo de saliva. La hora de clase se me hizo bastante larga a partir de ese punto. No logré transmutar nada.
Caleb
-Menudo gilipollas- sofocado, terminé por exhalar mis pensamientos en voz alta. Diana estaba dándole un mordico a un bollo relleno de crema de chocolate. Dicha crema se le impregnó en la comisura de los labios mientras me miraba -En serio. Ojalá el profesor Henry fuese más severo- Fay me miraba también, untando algo de mantequilla sobre pan tostado
-No creo que sea necesario que sea más severo...- masculló la chica de piel oscura
-Pues yo creo que sí. Es de locos. Ese imbécil no sabe abrir la boca sin faltar al respeto ni un sólo instante-
-Shh... viene por ahí- indicó de nuevo Fay, mordiendo el pan
-Ah, la hija pródiga- comentó Alister para mi desagrado -Eh, Diana, en serio, pásame ese librito de papaito cuando acabes. Quiero ver cuantos trucos te ha metido bajo la manga- le guiñó el ojo. Alister era verdaderamente desesperante. Diana, cansada quizá de sus bravatas, le aseguró que no había truco alguno que su padre le hubiese regalado -¿Segura? Eres prácticamente la única que ha conseguido transmutar algo aunque sea por poco tiempo-
-A veces lo llaman talento natural- dije, sin poder reprimirme -Algunos nacen con él y otros no- Alister pasó a mirarme a mí. Sus ojos azules me atravesaron como taladradoras
-Estarás hablando por ti mismo, imagino- me desafió
-Hablo por todos. Está más que claro que algunos brillan más que otros-
-¿Te llamabas Caleb, no?- asentí -Déjame decirte algo- se agachó hasta mi altura, que estaba sentado en un banco desayunando -Si vas a dirigirme la palabra, mejor que sea para algo que puedas decir con seguridad. Principalmente te aconsejaría que me trataras de usted, pues eres un magucho cualquiera, sin ningun apellido o sangre distintivo para creerte a mi altura. Segundo, como digo, si crees que puedes juzgarme o criticarme algo, asegúrate de superarme en ello o lo vas a lamentar. En tercer y último lugar y por encima de lo demás: si vuelves a hablarme con ese tono, te voy a...-
-¿A qué?- la voz del maestro Norman hizo sobresaltar a Alister. Casi parecía haber aparecido de pronto
-...Nada- dijo, alejándose de nosotros el rubio a paso acelerado
-¿Todo bien?- preguntó el profesor con voz adusta
-Todo bien-
-Te estaba amenazando- aseveró, mirándome con esos ojos suyos como el chocolate. Eran del color más común, pero eran profundos. Además, su ojo derecho tenía algo extraño. Tenía un tipo de mirada diferente. Su cicatriz mágica que le oscurecía esa parte del rostro era amenazadora e intimidante. En resumidas cuentas podía admitir que Norman me aterrorizaba. Emitía un aura mágica un tanto siniestra cada vez que estaba cerca de él. O al menos yo lo percibía así
-No pasa nada, profesor. Gracias por la preocupación- aclaré. Norman asintió. Echó un vistazo a Diana un instante, luego a Fay y se marchó con las manos en los bolsillos. De todos los profesores era el único que no se arreglaba lo más mínimo -Cielos... este hombre me pone los pelos de punta-
-A mi me parece simpático- apuntó Fay -No sé, su aire familiar al no ser el más estirado de los profesores, con perdón de Diana- la joven Dassadow asintió de todas formas. Eran estirados, excesivamente formales, pero de eso se trataba. De tratarlos con madurez. Norman sin embargo, era bien cierto que destacaba de forma diferente
-¡Buenas!- dijo de pronto una voz familiar. Era Haytham. Se sentó a mi lado lleno de energía -¿Qué os contáis?-
-Ah, Haytham, hola- le saludé con una sonrisa
-Tú eres el chico que se quedó a parte con Caleb- apuntó Fay, señalándole con media tostada
-Sí, ese soy yo- como si fuera un torbellino, arrasó con dos o tres bollos de chocolate de los que Diana comía
-Estamos en la misma habitación- indiqué, dándole una palmada en el hombro a Haytham. Habíamos estado hablando gran parte de la noche. Era un chico de lo más extrovertido y animado. Alguien digno de admirar, desde mi punto de vista
-Sí. Un buen prenda, este Caleb- apostilló
-¿Un buen... prenda?- Fay no comprendió
-Un pieza- Diana tampoco sabía qué quería decir exactamente con "un pieza"
-¿Pero qué idioma habláis vosotras?- rió Haytham -Da igual. En resumen, es un buen chico- mordió otro trozo de bollo -¿Qué ha pasado con el tutor?-
-¿Tutor? ¿Norman es vuestro tutor de habitación?- preguntó Fay sorprendida
-Sí. Nos ha tocado- suspiré -Como digo, me pone los pelos de punta
-Chorradas. Es un buen hombre- sonrió Haytham
-¿Cómo estás tan seguro?- suspiré -Además, independientemente de que tenga un corazón de oro. Hay algo siniestro en él
-Sólo es una corazonada- se encogió de hombros -Pero esa siniestrez que dices ver en él... lo que te aseguro yo es que es poder vivo. Ese hombre es brutal-
-¿Pero le conoces de algo o...?- empezó a picarme la curiosidad
-De absolutamente nada ¡Cómo le voy a conocer!- rió -Pero lo veo en él. En su confianza. Exuda tranquilidad. Y eso sólo lo poseen los más fuertes- mientras hablaba llevó la mano al último bollo. Se encontró con la resistencia que ejercía Diana al querer ella llevárselo para sí misma. Ambos, de forma inconsciente, se encontraron tirando sin saber que el otro estaba agarrándolo. Finalmente se miraron las manos y luego a los ojos -Ups- rió. Diana también rió, pero ninguno soltó el bollo -Están ricos ¿eh?- ella alegó que mucho, pero ninguno lo soltaba aún. Empecé a sentir un aura hostil entre ambos, como una nube negruzca llena de tormentas que se aproximaba desde ambos frentes. La tensión se palpaba en la mirada de ambos. En mis 20 años he aprendido muchas cosas de muchos ámbitos y campos distintos, pero aquel primer día de clases en el Instituto, en aquel desayuno, aprendí que nunca debía interponerme entre el chocolate y Diana, o entre el chocolate y Haytham. Reaccioné rápido aun así y agarré el bollo por el medio y lo partí en dos. La tensión se disipó -Que aproveche- dijo sonriente Haytham mientras se comía su pedazo. Suspiré al notar la calma regresar.
Norman
Primer día, menudo infierno. El descanso para el desayuno acabó más rápido de lo que esperaba. Mi tranquilidad se esfumó en el momento que empecé a oir voces aproximarse al patio donde impartiría mis lecciones. Me pillaron desprevenido, debía admitir. Perdido en mis pensamientos, mirando el cielo azul de aquel día, se me pasaron los minutos volando. Cuando quise percatarme ya estaban prácticamente todos haciendo un corrillo para esperar a que diese por comenzada la clase. Los miré a todos, o a casi todos. No sé si me dejé a alguien. El caso es que reconocí las caras de Dassadow, Fayara, Caleb y Haytham y me centré un poco en ellos, ya que si reparaba en todas las caras me enervaba un poco -Esto... Bueno...- me rasqué la nuca -En fin. Bienvenidos, supongo, a mi clase-
-¿Qué vas a impartir?- preguntó Alister con voz aburrida -¿"Cómo afeitarse y otras formas de mantener tu higiene personal"?- rió él y unos tantos. Perfecto. El gracioso de la clase estaba localizado, así como su grupito de secuaces. Sonreí sin embargo, casi me reí incluso. Pude ver a Caleb suspirar de agotamiento
-Para saciar la curiosidad del señor Dorian, si no me equivoco en su apellido, voy a desilusionarle. Sé que te mueres de ganas porque te enseñe a limpiarte el culo como a todo buen niño pequeño y mimado que poco o nada sabe hacer por sí mismo, pero no. Estoy aquí para impartir lecciones de combate mágico- tal y como esperé, se sintió humillado. Más por las risas de sus compañeros que por mi comentario. Caleb ya me miraba con admiración. Extraño. Creía que le daba miedo horas antes. Alister bufaba cruzándose de brazos -Mi clase no tiene mucho misterio. Es simple, sencilla y efectiva. Os enseñaré a utilizar hechizos que os permitirán atacaros y defenderos en caso de altercado o asalto. Los hechizos, por supuesto, no serán de un nivel avanzado para que no haya heridas de más. También os enseñaré las formas correctas de aplicar ciertos usos de la magia- miré a Diana. Sé que se dio por aludida con aquella mirada. Se removió algo nerviosa en el sitio
-¿Puedo preguntar si es realmente necesario que aprendamos a combatir?- aquella pregunta la hizo un chico algo gordito. Si no recordaba mal su nombre, se llamaba Eriol Starks -¿Es realmente vital que nos peleemos entre vosotros?-
-Déjame aclararte algo chico: esto no es una clase en la que vais a pelearos. Es una clase donde practicaréis a defenderos y a atacar, en caso de que necestiéis proteger algo o a alguien. El Instituto no aprueba bajo ningún concepto useis estos conocimientos en vuestro beneficio en caso de buscar trifulca ¿Está claro?- la mayoría asintió -Bien. Vamos a empezar con algo sencillo que ha ocurrido recientemnete. Diana Dassadow, por favor, ven aquí- todos la miraron y ella se vio visiblemente avergonzada ¿Ya había sido el ejemplo en otra clase antes? Siendo Alquimia la primera que habían tenido, seguramente su padre habría tenido algo que ver. Lo lamenté or la chica -Usaste el hechizo Lévis cuando quisiste ayudar a tu compañera a subir al barco que os traería al Instituto ¿No es así?- con convicción, la chica volvió a asegurar que creía que hacía lo correcto -No te he sacado de ejemplo para que me digas lo que crees correcto- le aclaré con suavidad -No estoy aquí para juzgarte, ni yo ni nadie- me incliné ligeramente hacia ella y la miré a los ojos -Estoy aquí para enseñarte a ser consecuente con tus actos. Perdóname, pero no eres capaz de imaginar el peligro al que expusiste a la chica y al que te expusiste tú- chasqueé los dedos y el anillo en mi dedo índice de la mano derecha emitió un brillo anaranjado -Apértura Gerthas- recité con poder. El suelo entre Diana y yo comenzó a hundirse. Una grieta enorme comenzó a separarnos. Una grieta amenazadora que invitaba a caer al abismo y estamparse a varios metros de altura contra las ricas de la orilla -Lévis- chasqueé de nuevo los dedos y el anillo brilló. El cuerpo de Diana comenzó a ascender. Profirió un grito de terror al ver cómo su cuerpo flotaba hasta precipitarse al abismo de la grieta -Esta es una lección que debes aprender- dije con claridad -No posees el conocimiento suficiente, pero sí la capacidad. La capacidad sin conocimiento, sin embargo, es tan peligrosa como el simple hecho de que se convierte en temeridad ¿Sabías que el terreno por el que el barco navega es etereo como la muerte?- parecía una pregunta filosófica, pero era un dato acertado -Si ella hubiese caido porque te hubiesen fallado las fuerzas...- el hechizo comenzó a desvanecerse a mi voluntad y Diana cayó de golpe y porrazo por la grieta. El resto de alumnos gritó alertado. Chasqueé los dedos y la chica volvió a alzarse poco a poco, completamente despeinada y blanca como un espectro -Diana- la llamé. Me miró con ojos espantados -Comprende lo que te estoy enseñando. Esto es una lección para ti y para todos. La magia es una herramienta, como una espada. Blándela con habilidad y sabiduría y hendirá cada obstáculo que encuentres. Pero una espada manejada con torpeza puede herir a tus seres queridos, o a ti misma- esperaba que la lección le calase hondo -Si tu hechizo hubiese fallado, aún con tu mejor intención, ella hubiese caido a un vacío del que difícilmente hubiese podido salir. Y no es todo eso- hice que levitara más y más, alzándose hacia el cielo -Hay hechizos que requieren de cierto esfuerzo físico, como este ¿Y si no hubieses soportado el peso de tu amiga?- pregunté mirándola fijamente -Tu brazo podría haber sufrido las consecuencias. Podría haberse roto. La magia que no se domina se vuelve contra nosotros, ya que nuestro poder forma parte de nuestra propia esencia, de nuestra voluntad- narré -¿Y qué pasa si se hubiese roto tu brazo?- deshice el hechizo por completo y Diana cayó de bruces contra el patio, a unos metros alejada de la grieta. Esta vez permití que sintiese el dolor, que sintiese el daño que podría haberse causado a ella y a su compañera. La chica se retorcía en el suelo, jadeante y algo lastimada. Me aseguré sin embargo de que apenas tuviera, si acaso, algún arañón en las manos -Espero que lo comprendas- musité cerca de ella -Sólo espero que no tengáis que veros nunca en una situación así. El dolor físico pasará, pero las heridas del alma no sanan tan fácilmente-
-Profesor- dijo de pronto la voz de Haytham, llamando mi atención -Se ha pasado- había una extraña determinación en su mirada
-¿Ah, sí?- le cuestioné
-¿Qué clase de primera lección es esta, abochornando a una alumna que sólo hizo lo mejor que creía?-
-Será mejor que vuelvas a la fila alumno. Ahora pasamos a la siguiente lección...-
-¡Yo he crecido bajo las enseñanzas de que hay que ayudar a los que se les necesita!- voceó
-Haytham...- quise corregirle
-¿¡Estás diciéndonos que no debemos sacrificar lo que sea por nuestros compañeros!?- ¿Por qué estaba tan alterado?
-Cálmate, baja la voz y vuelve a tu sitio antes de que...-
-¡Eox!- vociferó con la mano en su libro. Abrí los ojos de par en par ¿Estaba hablando en serio? Y tanto que sí. De su mano brotó una ráfaga de viento cortante que me azotó, alejándome de Diana
-¿Pero qué...?- todos los alumnos le miraban sorprendidos ¿Él también? ¿Dónde había aprendido ese hechizo? Y lo mejor de todo es que lo dominaba...
-Enséñame cómo estoy equivocado- me desafió. Realmente lo había hecho. Me había desafiado
-Si es lo que quieres... Chico, hay que tener cuidado... y mostrar humildad ante los que te pueden comer- chasqueé los dedos -Umbra Latis- conjuré desde mi propia sombra un zarcillo que golpeó con fuerza a Haytham, arrastrándolo por el suelo y acallándole -Este es el ejemplo...- suspiré -Hay que saber cuando dar un paso atrás y pedir ayuda, en lugar de luchar por tu cuenta y caer junto a tu compañero ¿Habéis oido todos? La lección que quiero daros es...-
-¡EOX!- volvió a vociferar. El viento me golpeó de nuevo. Esta vez me derribó por completo. Sentía la mirada de la clase clavada en mí, asombrada. Me puse en pie tambaleándome. Sorprendente. Ese chico era sorprendente
-Pedir ayuda... abandonando a un compañero- él también se levantó -Nadie debería quedarse atrás. Nadie. Y si quieres hacerme pensar lo contrario tendrás que demostrarme que no queda más remedio-
-Detente de una vez ¿Quieres? Estamos desperdiciando tiempo con estas tonterías- le dije
-¡EOX!- conjuró
-Murial Gertha- respondí. La tierra se alzó ante mí como una pared pedregosa de barro y hierba, deteniendo el viento. Cuando su ataque cesó, el muro se rompió en pedazos -Eox- chasqueé los dedos, desganado. Mi viento fue mucho más fuerte que el suyo, aunque fuese un hechizo del mismo nivel. Combiné el muro con el viento para lanzarle una ráfaga llena de piedras filosas que le rasgaron las manos, la cara y la ropa. Finalmente el muchacho quedó abatido, sobre una rodilla -Me temo que la clase va a concluir por hoy- dije. El chico consumió el tiempo más rápido de lo que pensé. Me encontré a mí mismo reflexivo, taciturno -Diana ¿Lo acompañarías a la enfermería? A fin de cuentas ha sido tu fiel compañero, luchando por defender a una aliada frustrada y caida- musité -De paso ve a que te miren las manos y te apliquen algo que alivie tu dolor- recomendé -Y disculpa el daño causado- concluí pasando junto a la joven y dándole una palmada suave en el hombro. Me marché a paso calmado -Espero que todos hayáis aprendido una valiosa lección de lo que habéis visto. La próxima clase será algo más... tradicional- sugerí mientras desaparecía de sus vistas para entrar en el Instituto. Haytham... un nombre que tendría en mente en los tiempos venideros, por diversas razones...
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