lunes, 30 de octubre de 2017

Norman

Ya estaba cayendo la noche y Dios, cuanto la necesitaba. Estaba cansado de andar de aquí para allá sin estar haciendo nada concreto, nada productivo. Ese día además ni siquiera había dado clases, o no gran cosa, y eso cansaba aún más. Pensaba mientras deambulaba por los elegantes pasillos, masajeándome la nuca mientras caminaba, que por fin encontraría un momento para relajarme en mi despacho. Quizá tumbarme un poco en la cama de mi habitación. Ah, iluso, demasiado iluso... no sería tan fácil dar esquinazo a toda una panda de señoritos -¡Norman!- oí la pretenciosa voz de Deckard llamándome desde la otra punta del largo pasillo -¡Noooooooorman!- llamaba. Diablos, casi parecía un cabrero dando voces a los animales
-¿Se puede saber qué quieres?- dije, sin alzar en exceso la voz. No era necesario. Deckard simplemente adoraba hacerse notar
-Hay reunión en el Tribunal-
-¿Qué? ¿Otra vez? ¿Qué leches pasa ahora?-
-Haytham- dijo simplemente, echando a caminar hacia la sala del Tribunal. Suspiré. Suspiré apesadumbrado como hacía tiempo que no lo hacía.

Una vez allí, en mi sitio, me crucé de brazos con aire aburrido ¿Qué? ¿Podía hacer otra cosa? Mirar de un lado a otro para ver una ristra de caras largas y a ese chico con potencial e ideales revolucionarios contemplándonos con serenidad pero con una chispa de nerviosismo en la mirada. Torcí un poco una sonrisa contemplándole. Era joven, maldita sea. Se le veía en cada parte de su rostro. En su ligera barba mal afeitada. En sus ojos claros, vivos, ansiosos. Tenía sed de conocimiento... y precisamente esa sed era lo que lo había llevado ahí, a estar de nuevo ante la Regente. La mujer sostenía el libro del chico en su mano, con mirada desaprobadora -Haytham Nox- declaró, con voz señorial -Hay ciertas cosas, hijo, que debes explicar a este comité de profesores- las palabras sonaron como una guillotina. Casi vi la cabeza de Haytham rodar por los pantanosos suelos de la duda y la vergüenza
-Para empezar- se adelantó Deckard -¿Se puede saber de dónde has sacado ese libro?-
-Es mío- dijo el chico con celeridad
-Es tuyo, claro- Deckard se dio un toque en la punta de la nariz -Y yo soy Baltomer Constance- Baltomer Constance fue un gran historiador. Más quisiera Deckard asemejarse a él. Básicamente bautizaron a aquel gran hombre como el padre de las runas mágicas modernas al diseñar hechizos que las sintetizaban mejor que en su uso antiguo. Pude ver a Haytham removerse inquieto en su sitio
-La propiedad en sí está en duda- declaró la Regente -De hecho quizá sí sea tuyo, pero muchacho ¿Cómo demonios hay tantos hechizos registrados en este libro, que pertenece, según dices, a un alumno de primer año de formación en el Instituto?- abrió el libro de forma enérgica y comenzó a pasar página tras página -Es de locos, Haytham. Es imposible ¡Imposible!-
-Es lo que es...- dijo el joven afilando la mirada, pero con tono humilde -¿Dónde está el problema?-
-¡El problema es que es imposible como ella dice!- terció Deckard -¡Es imposible, muchacho! Si apenas has empezado a manejar las runas en mi clase y no la has dominado, cosa que es comprensible ¿Cómo esperas que creamos que sabes utilizar hechizos como Tempsus?- Tempsus... ¿En serio? Haytman tomó mi curiosidad con verdadero peso. Tempsus era, como su nombre indica ligeramente, un hechizo que afecta al flujo del tiempo. Es una obra mágica verdaderamente avanzada y requiere un nivel experto en el uso de la magia para poder registrarlo en el libro de hechizos, ya que el registro significa que está magistrado en el uso del mismo, que lo domina a la perfección ¿Me estaban diciendo mis compañeros, que según ese libro, Haytham era capaz de manejar sin problema un hechizo para controlar el tiempo?
-¿Estáis seguros de lo que decís? ¿Realmente este chico puede detener el tiempo?-
-No lo sabemos- dijo la Regente -Pero es lo que su libro, su "supuesto" libro, señala- me mostró la página. Una inscripción rúnica me mostraba que efectivamente el nombre de Tempsus estaba marcado en una de las páginas -Y tampoco lo comprobaremos- suspiró exasperada Loreen -No podemos permitir que un chico tan joven e inexperto maneje hechizos semejantes-
-¿Qué problema hay si realmente los domina?-
-El problema está en que es demasiado extraño. En que este libro no parece ser realmente suyo-
-¿Sugieres que lo robó?-
-¡Yo no he robado nada!- terció Haytham
-¡Silencio alumno!- condenó Deckard -Estás metido en un buen lío así que mejor mantén la boca cerrada-
-Deckard, te sugiero que te calmes. Este chico está bajo mi tutelaje. Me corresponde a mí educarle como es debido- dije secamente al rubio. Me cansaba
-Pues haz algo. Estás ahí cruzado de brazos insinuando que no existe ningún problema en que un alumno de primero se pasee por el Instituto con hechizos capaces de ralentizar, acelerar o incluso detener el tiempo, así como otros que son capaces de volar el Instituto por completo de una sola tacada. Alumno, que te recuerdo, se puso en tu contra y te atacó reitaradas veces con el hechizo Eox- señaló -¿Qué le impide hacer cualquier diablura?-
-Se me está juzgando precipitadamente ¡Regente, reclamo mi derecho a la presunción de inocencia!- dijo Haytham molesto -El profesor Deckard está afirmando que soy capaz de tales cosas sólo porque poseo habilidades que sobrepasa la media del alumnado del Instituto-
-¡Lo que afirmo es que estás jugando sucio!-
-¡Basta ya!- rugió por fin Loreen -Maldita sea, estamos perdiendo el tiempo aquí reunidos, debatiendo insensateces ¿Quién miente? ¿Quién dice la verdad? Sólo unos pocos nos pronunciamos- Loreen miró a Cornelia y a Mathilda, que se mantenían calladas, observando -Vamos a arreglar esto de una vez, pues hay un anuncio importante que dar en la cena- bufó -El libro queda definitivamente requisado, muchacho. Encontraremos respuestas tarde o temprano. Olvídate de él por completo, eso sí, porque no volverá a pisar tu mano. Si realmente eres tan habilidoso, volverás a registrar los hechizos en tu nuevo libro cuando vuelvas a estar autorizado para hacer uso de los mismos- le sonrió con malicia. Aprecié una mirada de disgusto en Haytham -En cuanto a tu tutelaje: Norman, espero de ti que hagas algo para ganarte el sueldo y el título de profesor. Vas a estar pendiente de Haytham en los próximos días- alcé una ceja
-¿Por algo en particular?- ni me lo imaginaba

Caleb

Pollo asado. La cena de ese día era la mejor desde que estábamos en el Instituto. La carne estaba rostizada, dorada, crujiente, sabrosa. Se me hacía la boca agua con solo oler cada pedazo antes de llevármelo a la boca. Fay parecía disfrutar del alimento tanto como yo, pero Diana parecía pensativa mientras masticaba la jugosa carne -¿Está todo bien?- le pregunté, animoso. La chica me sonrió y alegó que por supuesto, sólo que le extrañaba la desaparición de Haytham junto a los profesores. Observé que tenía razón. Por lo general, los profesores solían cenar en sus propias mesas junto a los alumnos para luego ir a vigilar los pasillos correspondientes, sin embargo, no estaban ahí a esas horas. Pero pareció que hablar de ellos fue como conjurarlos, puesto que prestos hicieron acto de presencia, acompañados por Haytham. El muchacho anduvo hacia nosotros con gesto adusto y se sentó a mi lado, como siempre, con un suspiro desesperado -¿Qué ha pasado?-
-Que me han estropeado el trabajo de mi vida- tomó el tenedor de mala gana y lo clavó en el pollo como si lo apuñalara -Malditas normas...-
-¿Te han castigado?-
-Me han requisado definitivamente mi cuaderno. Lo he perdido todo. Mis hechizos...-
-No te ofendas Haytham... pero no me extraña- el joven me miró -Vamos tío. Apareces aquí de buenas con un entusiasmo sobrenatural por estudiar en el Instituto, como el más novato de todos los novatos, pero manejas hechizos capaces de tumbar a un profesor como Norman... algo no cuadra-
-Pensé que podrían pasarlo por alto- los tres miramos a Haytham con una sonrisa socarrona
-No se nos ha pasado por alto a ninguno-
-¿A ninguno?- nos miró a los tres, terminando en Diana. Ella negó con la cabeza
-¿Cómo lo has hecho?- pregunté con verdadera curiosidad -¿Cómo has obtenido tantos hechizos?-
-Es una larga historia. Y aburrida-
-Como las clases de Deckard- Fay se rió con desdén. Le regalé una sonrisa
-A ver...- Haytham se rascó la cabeza -Fue un día que...-
-Alumnos- la señorial voz de la Regente se alzó por encima de cualquier sonido. Estaba de pie tras su mesa, en la posición más alta de la Sala de las Eras -Hay un comunicado especial para vosotros hoy. Me complace anunciar que a pesar de que sois la nueva generación de formados en el Instituto y que bien el curso acaba de empezar, unos acontecimientos inesperados nos llevan a cambiar ciertos itinerarios en los planes que nos proporciona la Asamblea- carraspeó para aclarar su voz -Recientemente, se han dado lugar a unas excavaciones en Hamut Thera por parte de arqueólogos financiados por el museo de Rothwid-
-He oido hablar de ello antes de que empezase el curso- mascullé en voz baja para que la Regente no se molestara -Al parecer han encontrado algo interesante bajo los grandes obeliscos. Oí a mi padre farfullar en algún momento sobre posible magia...-
-Silencio- ordenó la Regelente mirándome fijamente ¿Qué clase de oido tenía esa mujer? Avergonzado me erguí y me mantuve silencioso como un fantasma -Como iba deiciendo, esta clase de excavación es para nosotros algo vital. No tanto por lo que ellos quieran encontrar, sino por lo que han encontrado sin que lo sepan. Fuentes de la Asamblea han revelado que en la excavación hay vieja arte rúnica y artefactos de los theranos que en caso de caer en manos mutis bien podrían revelar la naturaleza de nuestra existencia al mundo entero-
-Los mutis no saben usar artefactos- la voz de Alister se oyó por toda la sala debido al silencio -Sus mentes básicas jamás podrían activarlos- se mofó
-La tecnología therana, si podemos llamarla así, es rústica. Fácil de usar, como un cepillo de dientes. Como la educación. Algo de lo que parece que usted carece, señor Dorian- el rubio frunció el ceño -Aún así, bien cierto es que un mutis jamás podría usarlo para su fin, pero no debemos subestimarles. Como seres sin magia, tienen un gran talento para el descubrimiento y lo han demostrado a lo largo de los siglos. No podemos permitir que estudien las runas ni los artefactos. Por ello, esta sencilla tarea ha sido asignada al Instituto. Se hará un viaje a Hamut Thera en un par de días en el que participaréis todos. La expedición la lidera Deckard, como experto y maestro en encantamiento rúnico. Norman y Cornelia acompañarán como profesores de apoyo- hubo un amplio silencio en la sala
-Quiero que conste que me valgo yo solo para este trabajo- señaló Deckard
-Y consta, desde la primera vez que lo dijiste- señaló la Regente con poca paciencia -Esta es la vigésima vez, si no he contado mal, por lo que sugiero que no vuelvas a repetirlo, por el bien de todos- Norman rió disimuladamente. Lo pude ver con claridad -En resumen: os vais de viaje. Cuando vayais a vuestras camas haced la maleta pues estaréis allí unos dos o tres días. Y procurad disfrutar- sonrió amablemente -Tendréis tiempo para hacer algo de turismo. Hamut Thera es un lugar precioso, lleno de misterio que incluso nosotros los magos desconocemos- aquellas palabras avivaron los deseos y los ánimos de los alumnos. No había nadie, imagino, que no supiera qué era Hamut Thera. Una civilización tan antigua, antes de la edad media incluso. Sus desiertos, su mitologia, las creencias de aquellos que nos preceden en el hilo del tiempo. Había un romanticismo mágico en el ambiente. No había ni una sola mente que no estuviese soñando con el lugar en esos precisos instantes -Eso es todo, alumnos. Disfrutad del resto de la cena. Ah, y no haré trampas ni daré puntos extras en las calificaciones de ninguno porque no tolero el peloteo, pero una es humana y agradeceré humildemente cualquier detalle que se me quiera traer de Hamut Thera- dijo con una risilla graciosa antes de sentarse y seguir comiendo, acompañada por los profesores. A veces, tenía que admitir, miraba a la Regente y me preguntaba cual sería su verdadera personalidad. Ver esos pequeños tintes de personalidad cálida y amable era algo magnifico. Daba seguridad. Tristemente, por lo general, parecía una mujer taciturna que rara vez disfrutaba de cualquier cosa que hacía.

Haytham

El vuelo salía al alba, por lo que tendriamos que salir de madrugada del Instituto para el aeropuerto. Eramos muchos. Demasiados. Llamariamos la atención y odiaba destacar. Casi el vuelo entero sería sólo para el alumnado y los profesores. Menuda vergüenza ¿Era realmente necesario ir hasta allí? Si alguien me oyera los pensamientos no quería que se me malinterpretase: me encantaba estudiar magia antigua, conocer los secretos de los antepasados y todo ese rollo profundo, pero odiaba viajar. Odiaba con toda mi alma moverme de cualquier sitio y sobre todo odiaba volar. Sólo lo hice una vez en toda mi vida y tuve más que suficiente. El mero hecho de saber lo que me deparaba bastaba para que mi mente no se centrara en lo que tenía que centrarse... y lo pagué caro. Salí despedido en cuanto el hechizo me alcanzó de lleno en el estómago. Era simple, sencillo. Un hechizo Eox con poca potencia. Fue una golpe de viento similar a que si una bestia me embistiera. Di un par de vueltas en el aire y terminé derrotado, con la vista clavada en el cielo, viendo las nubes blancas sobre mi alma destrozada en pedazos al ritmo de los recuerdos de las turbinas del avión -Gana Diana- dijo Norman con voz aburrida. Se acercó hasta mí con pasos lentos. Me miró cuan alto era, bajando la cara hacia mi -¿Qué te pasa hoy, muchacho?- Diana se acercó también -El otro día me plantaste cara y hoy con un sólo Eox recién aprendido por Diana ya caes en redondo- pestañeé sin mostrar emoción alguna en el rostro
-Déjame, quiero morir- Norman y Diana se miraron el uno al otro y luego volvieron a mirarme -Matadme ahora. Para mí ya es tarde. Sólo voy a sufrir-
-¿Pero de qué demonios estás hablando? Levanta, anda ¿Los siguientes?- preguntó al resto de alumnos -Ah, por cierto Diana, bien hecho. Sigue así y pronto lo dominarás- aduló a la chica que se quedó a mi lado para ayudarme a levantarme. Cuando estuve a su altura, me miraba extrañada, preguntándome si me había hecho daño -Me muero- le dije simplemente, con la mirada perdida -He muerto ahora y volveré a morir mañana. Al alba. Con las primeras luces del sol. Moriré. Ya oigo las trompetas y los tambores. Doblad por mí, campanas. Oh, dulce muerte, dame tu dulce beso...- decía y decía, sin poder pensar en otra cosa que no fuera la terrible altura del avión, imaginándolo estrellándose. Sí, siempre lo supe. Es absurdo que un mago tema a morir estrellado en avión. Un hechizo y ala, a volar de nuevo. Pero a veces la magia falla cuando más la necesitas ¿Y si me fallara a mí? ¿Y si mi poder me abandonara? ¿Y si realmente nunca he sido tan buen mago y realmente soy un torpe? Me hormigueaban las manos. Diana me ayudó a sentarme en un banco frente al campo de duelos. Allí estaba Alister apalizando al pobre Starks, cuya masa corporal ayudaba a caer con más fuerza
-Tienes mala cara- comentó Caleb. Le oía, pero no le veía. Sólo veía caer al gordito Starks como si fuese un avión. Un orondo avión redondo hecho de carne y chocolate -¿Me oyes?- sí pero cada vez menos. La voz de Caleb se convirtió en un pitido que me desconectó del presente durante sabía Dios cuanto tiempo. Cuando volví en mí y recapacité, pestañeé, para encomtrarme acompañado sólo por mis amigos y Norman. El resto de alumnos se había marchado
-No te disculpes Diana, no le diste tan fuerte- se cruzó de brazos el profesor -Pero algo lo ha conmocionado, eso está claro- entonces llegó Fay. La chica venía corriendo. Respirando agitada, le tendió a Norman un pequeño frasco y una cucharilla -Ah, gracias Fay- el hombre se acuclilló frente a mí. Vertió el líquido en la cuchara y me miró a los ojos -De acuerdo, señorito. A ver si este remedio de Cornelia sirve para espabilarte un poco- emanaba un olor similar a hierbabuena de ese brevaje. Podía estar rico. Sin pestañear estaba mirando a Norman a los ojos -Venga, haz algo, espabila- me regañó -Di Aaaaaah- comenzó a acercar la cuchara. Vamos, me dije a mí mismo. Venga, Haytham. Abre la boca, bébete eso y espabila. Pero Norman tuvo que decir las palabras. Tuvo que decir las putas palabras -Aquí va el avioooooón- se mofó. Y no fue la mofa. Fue hablarme de aviones. El corazón me latió con fuerza. Me puse blanco, o eso imaginé. Sentí una creciente ansiedad que me emborronó la vista... Lo último que recordé, fue cuando me desperté al alba, con Caleb sacudiéndome para coger la maleta e ir al maldito aeropuerto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario