Haytham
Estaba empapado, hecho literalmente unos zorros, pero mereció la pena. Estaba dentro. Joder, estaba dentro del maldito barco. Me había costado un esfuerzo enorme llegar hasta la Puerta de Panthoss y aún así jamás me imaginé la forma que tenía el Instituto de hacer acto de aparición. Por suerte para mí, el libro que le robé a aquel tipo tantos años atrás seguía dando sus frutos. Me senté en una esquina, oculto, lejos en cubierta donde ninguno de aquel gigantesco grupo de futuros alumnos pudiera verme. Había revuelo. Mucho. Demasiado. Al parecer una chica llegaba tarde y otra persona la ayudó a llegar con un hechizo. Lévis. Ja. Esa chica no tenía ni idea de cuanto me había ayudado, ni se lo imaginaba. Su acción distrajo a los golems que conformaban la tripulación de mis actos mágicos, pero me estaban buscando. Lo intuía. Oía las pesadas pisadas de los pedregosos guardianes andar de acá para allá, rebuscando sin parar. Ojeé de nuevo el libro, pasé una página tras otra. Hechizos, hechizos y más hechizos. A día de hoy seguía sin saber a quién pertenecía. Es decir, sí, era un tipo con mal aspecto y se las pasaba bebiendo en Delion, mi pueblo. Supongo que no esperó que en aquel lugar de mala muerte hubiese gente que tuviese dones mágicos. Tampoco pensé que sería tan fácil. Una vez mi abuelo me contó antes de morir que los libros pertenecen a un dueño y que no pueden ser tomados por otras personas. Estaba equivocado. O al menos eso cambió hace muchos, muchos años. Los Encantadores que con sumo cuidado creaban esas maravillosas obras de arte mágicas para canalizar el poder y los hechizos con mayor contundencia cambiaron esa fórmula bajo órdenes de la Asamblea. Al parecer, les escocía bastante a los señoritos de las altas cunas no poder indagar en libros de criminales o de los ya extintos Nigromantes. Si volvían a aparecer, mejor poder cambiar eso ¿No? Y ahí entré yo en acción. Robándole el libro a un tipejo cualquiera que tenía páginas y páginas repletas de hechizos de alto nivel que aún no sabía pronunciar, pero lo más sencillos sí. Lévis... qué curiosa coincidencia. Tendría que agradecérselo más tarde -Huelo algo- oí la voz lenta y calmada de un golem aproximándose a mi poisición -Huelo... magia- aclaró para sí mismo, como autoanimándose a seguir moviéndose en pos de mí. Sé lo suficiente de magia para saber que los golems, criaturas artificiales, podían "oler" la magia como si fuese un radar y oh, me buscaría hasta la saciedad. Deseé en todo momento que el viaje no fuese excesivamente largo, orque no iba a poder parar de moverme ni un instante para mantenerme fuera de su vista. Una vez en el Instituto, todo cambiaría. Allí estaría a salvo de esos guardianes y podría cumplir mi gran objetivo. Apretaba los dientes con fuerza con sólo de pensarlo. Convertirme en un mago poderoso. Aprender a utilizar todos esos hechizos del libro... La promesa que le hice a mi abuelo he de cumplirla.
Caleb
El tumulto aún no se había aplacado del todo. Esa chica que usó el hechizo y la rezagada aún estaban juntas pero rodeada de gente que las miraban sin parar. Los más curiosos se atrevían a preguntar de dónde demonios había sacado ese hechizo ¿Cómo era que lo tenía escrito en su libro? ¿Quién era ella, para siendo una nueva alumna que aún no había pisado el Instituto, supiese manejarse a ese nivel? No eran preguntas precisamente malvadas, pero llevaban cierta inquina. Más bien lo llamaría envidia. Me acerqué tanto como pude intentando no parecer intimidante. Es decir, siendo yo mismo. Jamás fui del tipo intimidante, al contrario que aquel otro rubio cruzado de brazos en actitud chulesca que atravesaba las masas como un mesías entre plebeyos. Tenía el porte de un rey. De un rey déspota -¿Está más que claro no?- dijo socarrón -Si sabe manejar ese hechizo es porque tiene privilegios que los demás no tienen. Dime ¿Cómo te llamas?- Diana, contestó ella, mirando a los lados, confusa quizá por la actitud ligeramente violenta de aquel chico hacia ella -Tu apellido- exigió, inclinándose ligeramente hacia ella. No me gustaba definitivamente esa actitud
-Eh, oye- la voz me salió más débil de lo que pretendí -No es necesario ser tan hostil-
-¿Hostil?- me miró como quien mira a una rata mojada y apestosa que se dirige a sus pies
-Considero... que estás atosigándola un poco-
-¿Por preguntarle su apellido? No me jodas-
-No te jodo. Literalmente ni en sentido figurado- me encogí de hombros -Tan sólo opino que tu expresión corporal es intimidante-
-¿Y por qué no me lo dice ella?- el rubio volvió a mirarla -¿Ya te has echado novio en tan pocos minutos? No me extraña. Supongo que todo el mundo quiere tener cerca a la joven promesa- sonrió hiriente
-No te excedas- aclaré nervioso
-¿O qué? ¿Sabes con quién estás hablando, chaval?- se acercó a mí, olvidándose de Diana
-Con una persona muy poco educada- aclaré, tragando saliva
-Estás hablando con Alister Dorian- dijo lentamente, deleitándose en el poder de su apellido. Los susurros no tardaron en elevarse a nuestro alrededor. La gente lo miraba con miedo y admiración a partes iguales. Es normal ¿Quién no conocía el apellido Dorian? Era la familia más influyente de Redoux -¿Crees estar a la altura, caballero blanco?- entonces Diana se puso en pie y firmemente, aunque con un suspiro, le contestó a su pregunta, quizá cansada de verlo fanfarronear. Ella era Diana Dassadow -¿Dassadow?- se sorprendió -¡Hostia puta, no me extraña entonces! Somos compañeros de sangre pura ¿eh? Alta alcurnia. Llevamos la herencia en la sangre- Diana se veía claramente avergonzada. De nuevo se alzaron los murmullos -Seguro que tenemos un futuro prometedor en este Instituto- Alister se veía claramente animado al ver que otro apellido reconocido estaba entre los alumnos -Sobre todo tú. Tengo entendido que tu padre imparte alquimia. Espero que también me eche una mano a mí- ella no tardó en responder a esas palabras. Aseguró que ella no recibiría ningún trato especial -Oh, sí, claro. "Ningún" trato especial- le guiñó el ojo. De pronto, sin embargo, bufó y se prestó a alejarse -En fin. Disfruta del viaje Dassadow. Ya nos veremos más tarde- al alejarse, unos cuantos novatos le siguieron como a un elegido de los cielos. Malditos imbéciles
-O-oye...- me acerqué a Diana con dudas -Yo... lo siento. No quería interceder como si fueras un cervatillo herido. Eres hija de un profesor a fin de cuentas- ella negó con la cabeza. No era algo que quería que se tuviese en cuenta, al parecer -Pues lo vuelvo a sentir por pensar así- me rasqué la nuca. Si hay algo en lo que era malo es en hacer cálculos rápidos de forma mental, los idiomas, la cocina y sobre todo hablar con chicas, aún con mis 21 años. Siempre fui un completo desastre. Sin embargo ella sonrió y la otra chica también. El ambiente se relajó de forma agradable, hasta que llegó el golem
-Diana Dassadow...- musitó, tendiendo su enorme mano -Tu cuaderno- pidió. La chica parecía confusa, pero los golems eran la autoridad en el barco. Era una chica bien educada y no lo cuestionó. Le dio el cuaderno esperando a ver qué pasaba, como los demás. Para nuestra sorpresa, el ser rocoso abrió una boca llena de afilados dientes de piedra y mineral que no imaginaba nadie que poseía y lo masticó hasta hacer añicos el más pequeño de los trozos del cuaderno. Estupefacción era la única palabra que podría usar para describir cómo nos sentimos.
Haytham
El viaje se me hizo eterno aunque no duró más de una hora, pero estar sentado en la bodega donde olía a todo menos a algo agradable, no era plato de buen gusto. No es que me las diese de príncipe, ni mucho menos. Haytham Nox, un pobre muchacho de clase baje que vivía con sus abuelos hasta los 16 años, edad en la que fallecieron afortunadamente por causas naturales, con un padre en la tumba y una madre en la cárcel de alta seguridad Sepulcra, encerrada en una prisión bajo diversos encantamientos de supresión mágica bajo kilómetros del suelo firme que solía pisar cada día... Un chico así no era precisamente alguien exquisito, pero vaya que uno a veces disfrutaba del olor del agua salada, del aire puro y los árboles. Cuando arribamos por fin en Isla Esmeralda, los alumnos desembarcaron guiados por los golems mientras que yo, como polizón que era, me tuve que limitar a saltar al agua y suplicar a un poder mayor por no partirme un hueso. Afortunadamente la orilla no tenía una arena muy elevada y pude nadar hasta alcanzar tierra. Desde allí, anduve varios metros hasta alcanzar el grupo. No me lo podía creer. Me temblaba cada parte del cuerpo. Isla Esmeralda era el lugar más bonito que había visto en mi vida. Una isla enorme, con una vegetación que ya quisieran ver los mutis. Todo cuanto alcanzaba a la vista era verde, salvo las Escaleras del Sacrificio. Leí una vez un libro sobre ellas, en uno de esos artículos sobre el Instituto y la Asamblea. Dicen las viejas lenguas que esas escaleras datan de la época de Merleen y Morgan, que ambos las subieron y sólo uno de los dos, la hermosa y púlcra Merleen la Blanca, descendió por ellas. Allí, en la cima, se culminó con la Primera Guerra Negra. Allí, ahora, estaba el Instituto, en la cima de los riscos de la isla. Frente al grupo de alumnos nos aguardaba una imponente estatua plateada de un buho con 6 alas, señorial. Era el símbolo del Instituto. La Sabiduría de Arcadia, fundadora del Instituto bajo la supervisión y ayuda de Merleen y la Asamblea, fundada a su vez por ésta última tras la guerra... ¿¡Por qué me costaba tanto estarme quieto!? La emoción se respiraba en el ambiente y los cuchicheos se oían por doquier. Nadie parecía reparar en que un chico que no habían visto en todo el viaje con una camiseta negra y unos pantalones verde caqui estaba empapado cuando ya hacía una hora que habían dejado atrás la Puerta de Panthoss y su tormenta. En fin, A veces la vida podía ser maravillosa -Bienvenidos- dijo de pronto una voz, acallando todos los cuchicheos -Estoy aquí- miráramos donde miráramos, no veíamos a nadie -Aquí, albricias- dijo, perdiendo la paciencia. Una nube de polvo se levantó del suelo y flotó en el aire, dibujando facciones de un rostro -Me llamo Olivier y soy el secretario y protector de las puertas del Instituto-
-¿Eres invisible?- pregunté, sin contener la emoción. Mi pregunta arrancó asombro a los alumnos -¿Aprenderemos ese hechizo?-
-Mmmm... me temo que no-
-¿Pero por qué?- di un paso al frente -Es fascinante- la emoción se escapaba a través de mi sonrisa
-Chico, creeme, valoro tu entusiasmo, pero esto no es un hechizo. Es un accidente-
-¿Cómo que un accidente?- preguntó otro chico, acompañado por dos jóvenes
-Pues un accidente- rió uno rubio con tono descarado -Vaya incompetencia. Jamás pensé que en el Instituto se cometieran esta clase de errores-
-¿Qué ocurió?- pregunté yo, para devolver el protagonismo al portero
-¿Alguna vez habéis oido de los viajes astrales, del más allá?- preguntó místico
-Sí. Y tanto- comenté entusiasmado
-Pues no existe ¿Vale? Sólo hay un "más acá" y quien se ve con la valentía suficiente para intentar pasar una barrera que no existe acaba así, como yo, sin cuerpo "físico" pero existiendo en este plano- bufó molesto
-¿Entonces eres... un fantasma?- preguntó de nuevo aquel chico, que más tarde conocería como Caleb
-¡No, diablos! Estoy vivo ¡Vivo y coleando! Sólo he perdido mi cuerpo, mi hermoso cuerpo...- se perdió en sus recuerdos -Antes me llamaban Olivier el Hermoso. Era tan guapo... Tan, tan guapo...- el ambiente se enrareció enormemente al oirle lamentarse de esa manera -¡No he ligado en años! ¡En años! ¿¡Sabéis qué es pedirle una cita a una chica y decir que "no ven" un futuro conmigo!?- estallaron las carcajadas por doquier -¡No os riais panda de mocosos!- no pude evitar estar sumado a las risas. El día comenzaba divertido -¡Relámpagos, centellas, repámpanos! ¡Muy bien! Reid ¡Pero escuchad! Ahora subid esas escaleras. Llegad al Instituto. Abrid la puerta y os recibirá la Regente- bufó molesto, aunque no quedó demasiado claro si se marchó o no. Lo que estaba claro es que esas risas a su costa costaría caro por falta de información y que el camino sería largo. Largo y duro.
Alister
Putas escaleras. Esas eran las palabras más adecuadas para definir ese tormento. Putas, malditas escaleras. Llevábamos horas ascendiendo y no se vislumbraba el dichoso final. La isla parecía extenderse hasta los mismísimos confines del cielo. Si miraba hacia abajo parecía que ni siquiera habíamos ascendido tanto. No hacía calor sofocante, pero aun así ya me recorrían gotas de sudor la frente y las sienes. Y no era el único. Vaya una payasada. Una pérdida total de tiempo. Había alumnos, otros, esos más débiles, que ya se rendían y se sentaban en los escalones clamando por algo de agua. Si tan sólo hubiese sabido usar algún hechizo acuático, hubiese sido fácil saciar mi sed, pero por desgracia no era el caso -Eh, Dassadow- llamé a la chica, que estaba tratando de animar a esa tal Fay a seguir subiendo. La chica de piel de ébano no parecía precisamente alguien fuerte. Caería. Joder si caería. Apenas daba por ella unas cuantas clases, sobre todo de batalla. No pude evitar divertirme con la idea de que ojalá me emparejaran en un duelo contra ella. Sería tán sencillo vapulearla... -¿No puedes hacer algún otro truquito de papá y hacer que llueva o algo similar?- un poco irritada, seguramente por el sofoco de las escaleras, comentó indignada que no era una aprovechada y que por supuesto, no conocía más hechizos ni podía realizarlos. No tenía libro -¿Ah, no?- tomé aire para calmar mi asfixia. Debía ser fuerte -Está entonces claro quién está destinado a ser el líder de esta manada-
-¿Líder?- preguntó confuso Caleb
-Sí, Líder ¿Qué pasa? Esto es una suerte de expedición. Mister Invisible nos ha dejado vendidos a nuestra suerte. Llevo rato pensando que quizá las escaleras no son el camino-
-¿Qué quieres decir?- volvió a preguntar el chico. Parecía afable. Fácil de manejar con su curiosidad. Quizá me fuese útil en un futuro
-Que nos están engañado ¡Quizá el Instituto no está ni en la cima! Lo cual me hace pensar que deberíamos bajar-
-¿Estás loco, no? ¿Bajar? Llevamos horas subiendo escalones-
-¿¡Y dónde estás, eh!? En mitad de una escalera que no parece acabar ¡Y mira allí abajo! ¡Parece que sólo llevamos media hora ascendiendo!-
-Tiene razón...- le oí musitar a Diana -Parece que el suelo está demasiado cerca para el tiempo que llevamos ascendiendo-
-Hacedme caso. Lo mejor será...-
-No creo que sea el caso- me interrumpió una voz que me irritó al instante. El tonillo alegre y despreocupado de ese chico... ¿Es que no estaba cansado? Le miré... y no le reconocí. Parecía haber aparecido de la nada, pues no le recordaba de haberle visto en el barco y me aseguré de recordar cada facción de la cara de los presentes. Eran mis rivales y los quería estudiados... pero éste...
-¿Quién eres tú?-
-Un futuro alumno-
-Tu nombre-
-Haytham- contestó sin mirarme a la cara. Quise abofetearle ahí mismo ¡Qué descaro!
-Muestra algo de respeto y contéstame mirándome a los ojos- gruñí. Le impartiría valores a ese descarado
-Sin duda algo no cuadra, como bien dices, pero no es a su vez lo que dices. Quiero decir, me parece descabellado que el Instituto esté bajo. He leido un sin fin de entrevistas, columnas de opinión, libros y revistas sobre el Instituto e Isla Esmeralda y en las fotografías obviamente está sobre los riscos de la isla, pero no tan alto. Hay algo que no me cuadra- se llevó una mano a la barbilla, pensativo
-Anda, si resulta que tenemos al mago detective aquí- me burlé, cruzándome de brazos -¿Y bién? ¿Qué deduce esa mente de empollón empedernido?-
-No es que sea un empollón, simplemente disfruto de nuestro mundo-
-Pfffff, pamplinas-
-No, tiene razón- Caleb lo apoyó. Me hirvió la sangre -Ahora que recuerdo yo también he visto fotografías y leido sobre el Instituto y recuerdo que estaba ahí arriba, pero efectivamente no era tan alto y no es cuestión de perspectiva- entonces Diana dijo lo lógico. Claro que yo me había dado cuenta antes que ella, pero se me adelantó. Alegó la obviedad de que estaban atrapados en una ilusión
-Ya lo hemos descubierto, cerebrito ¿Pero qué podemos hacer? No conocemos hechizos que...-
-Obertas- recitó Haytham, el aparecido, con la mano sobre el libro. Nuestra visión se nubló como si la isla se estuviese inundando, bamboleándose como si se rodeara de agua. Finalmente la neblina acuosa se disipó. Ahí estaba. Estábamos frente a las puertas abiertas del Instituto, el enorme edificio-castillo eregido por Arcadia. La Regente estaba allí, en pie, sonriente
-Bienvenidos, alumnos y alumnas del nuevo curso de adiestramiento mágico- sonreía con dientes como perlas. Era jóven dentro de lo que cabía. Al menos era más jóven que mi padre. Se cuidaba bien. Tenía un puntito atractivo que me hizo imaginar cosas que no contaré jamás -Me alegro de que por fin hayáis llegado. Llevamos horas esperando-
-¿Entonces era verdad? ¿Era una ilusión?- pregunté sin pestañear, mirándola
-Tal vez- se encogió de hombros -¿A qué se debe tanto retraso? ¿No os dio alguna pista Olivier?- hubo un silencio incómodo -¿Olivier? ¿Dónde estás?- no contestó. No estaba entre los presentes -Oh... vaya- torció el labio
-Ha sido este chico- dijo Caleb, palmeándole la espalda -Ha sido él quien ha roto la ilusión-
-Mi enhorabuena por tu deducción ¿Cómo te llamas?- preguntó de buena gana la Regente
-Haytham. Haytham Nox- sonrió encantadoramente estúpido
-Eso es lo que llamo empezar con buen pie, Haytham. Por favor, todos pasad. La Sala de las Eras os espera para la inauguración y la presentación de los profesores, así como para el reparto de dormitorios y entrega de uniformes- fuimos pasando en grupo para atravesar el gran patio del lugar, por la salvedad de que la Regente tomó del hombro a Diana y no la dejó pasar.
Norman
El Instituto era mejor sin una panda gigantesca de postadolescentes con las hormonas revolucionadas. De camino al Tribunal, pude apreciar las manos inquietas de unas cuantas parejas. Bendita juventud y benditos cambios de tiempos. Cuando era yo el que tenía 20 años no era tan fácil arrimar la mano al culo de una chica. No es que los envidie. He vivido suficientes experiencias para saber que no es, en absoluto, algo importante si lo comparas con el resto de experiencias a vivir y sufrir, pero esa comodidad... Eso era, precisamente eso era lo que me estaba quemando las entrañas. Acababan de llegar y aguardaban entrar en la Sala de las Eras para ser presentados y estaban cómodos. Esas risas de niños en cuerpos de adultos, esos pensamientos de que la magia sólo facilita la vida en contraposición a los mutis. Cambiarían muchas cosas. Muchísimas cosas iban a ser diferentes en cuanto comenzaran las clases, pero en ese momento debía ir al Tribunal. Al parecer, un alumno se saltó las normas apenas zarpaba el barco de Panthoss. Qué pereza. Qué desidia. Qué desgana de sociedad mágica. Hipócritas, embusteros ¿Es que ninguno de ellos realmente realizó algún acto mágico antes de formarse en el Instituto? Cuando llegué a mi atril me percaté de que la larga mesa se doblaba en curvas para tomar una forma similar a un ojo y la alumna estaba en medio. Una bella simbología de que estaba bajo la vigilancia extrema de todo el profesorado y la Regente. Pobrecilla -Diana Dassadow- recitó el nombre Loreen, la Regente -¿Sabes por qué compareces ante este Tribunal?- oí a su padre, Henry, suspirar pesadamente. La chica asintió. Me sorprendió su formalidad y su entrega. Alegó reconocer el hecho de haber realizado el hechizo Lévitas en el exterior del Instituto antes de estar debidamente formada, pero lo hizo por el bien de una compañera que estaba perdiendo el barco -¿Y se deben romper las normas por ayudar a un compañero, o más bien, a alguien a quien aún no conoces? Los actos altruistas que conllevan a quebrantar nuestros sagrados designios pueden resultar en desgracias. Nunca sabemos a quién pretendemos ayudar-
-Oh, vamos, Loreen- no pude evitar soltar una risilla -¿Me estás comparando a una joven alumna con un Nigromante?-
-Silencio, Norman- ordenó con la voz como un rayo -No es tema para hablar ante el alumnado-
-Pero la pones ante el Tribunal por usar un hechizo completamente inofensivo por ayudar a una amiga ¿Eres consciente de la poca veracidad de tus acciones?-
-¡Silencio!- ordenó nuevamente. Me temblaron las entrañas ante su poderosa voz -Las acciones que desafían la ley no pueden quedar impunes- decretó
-Y no digo que no, pero no la compares con un Nig...- no culminé la palabra ante aquella mirada que amenazaba con cortarme la cabeza si la pronunciaba. Loreen tenía razones de peso para odiar la palabra "Nigromante" y tenía razones de peso, mucho más peso, para odiarme a mí hablando de ello -Sólo digo que debemos ser justos. Hizo una buena acción, aunque rompiendo las normas-
-Obviamente- alzó el tono -Seré indulgente por esta vez debido a que es un acto de buen corazón. No obstante, será castigada con una pena menor. Diana Dassadow tendrá que entregarme una redacción escrita de su puño y letra- aclaró bastante bien lo de "su puño y letra" -sobre las normas del Instituto y la Asamblea, por quienes fueron dictaminadas y cuando entraron en vigor- hubo silencio en la sala -Y en cuanto a ti, Henry, espero que seas consciente de en los líos que se mete a los jóvenes cuando se les enseña hechizos de forma irresponsable- Diana miró a su padre y Henry la miró a ella
-Sí, Regente. Lo siento, Diana- su hija negó con la cabeza. Era eso precisamente lo que no quería. Favor por ser la hija de un profesor
-¿Consideras un favor ser castigada?- preguntó Loreen
-No es eso, Loreen. Es sólo... Asuntos nuestros- miró a su hija -Te aseguro Diana que esto no es ningún trato preferente. El castigo impuesto es real-
-Y para demostrarlo, serás tú, Henry, quien le haga entrega de los libros de historia que necesitará-Henry bajó los hombros
-Ánimo. A ambos- no pude evitar sonrei. Sentía pena por ambos. Loreen era implacable y podría jurarle a esa chica, Diana, que había sido algo más que indulgente y no por ser la hija de Henry Dassadow, sino porque Loreen, a fin de cuentas, adoraba a los jóvenes y se sentía la madre de todos aquellos que pisaban el Instituto. Pero esa es otra larga historia que contar...
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