Fay
La idea me aterraba. ¿Como no? Era imposible no verse sumergida en un mar de recuerdos tormentosos en un día como aquel. Para colmo, habíamos pinchado. Mi padre estaba estresado. Salía y entraba al coche constantemente, intentando captar un mínimo de señal desde el móvil que le permitiese avisar a emergencias de que necesitábamos una rueda de repuesto con más urgencia que nunca. Casi podía ver como se le caía el pelo oscuro de la ansiedad. No sabía controlar sus nervios y eso me estaba revolviendo el estómago.
-¿Oiga? ¿Alguien me escucha?- gritaba. Se estaba poniendo empapado bajo la lluvia.
-Papá... déjalo. Entra al coche. Puede que esto... sea una señal. Quizá tampoco es mi sitio. No me iria bien. Lo mejor sería buscar un trabajo y...-
-Hija, ¿Bromeas? ¿Como no va a ser esto lo mejor para ti? Eres... eres la revolución de la familia. Eres única, tienes que aprovechar todo ese potencial- Al hablar, sus ojos brillaban de pura euforia. Tan feliz estaba, que apartó el móvil un momento y volvió a entrar en el coche. No me fue demasiado difícil llegar a la conclusión aquellos días de que, quizá, mi padre quería que yo fuese todo lo que él no pudo ser a mi edad.
-Sólo digo... que no te preocupes. Ya sabes. No es que se me de muy bien lo de estar en sitios donde... hay gente-
-Oh, vamos. ¡Olvida eso! Tienes veinte años. Tus compañeros rodarán esa misma edad. Ya sois adultos, no volverá a ocurrirte nada.- Al oír aquello, tuve que suspirar. De repente, el móvil de mi padre volvió a sonar y este abrió los brazos, como bendiciendo al cielo de que por fin le oyese. Me crucé de brazos, abrazándome a mi misma en un vano intento de consolarme mientras observaba las gotas de lluvia repiquetear contra el cristal. Algo me decía... que mi padre estaba, otra vez, equivocado.
Diana
Ya no tenía uñas en las manos. La suela de los zapatos empezaba a desgastarse de tanto chocarlas contra el suelo del auto. Mis manos revolvían los cabellos una y otra vez en un vano intento de adecentarlos. Lo había hecho docenas de veces desde que emprendimos el camino y parecía que ya estaban lo más arreglados que podían estar. De paso, me olí a mi misma un par de veces asegurándome de que el perfume no se hubiese disipado y por último, perdí la cuenta de la cantidad de veces que comprobé si llevaba todo el material dentro del bolso.
-Estás bien. Lo tienes todo. Todo va a salir bien- dijo mi madre, Cesca, mirándome a través del espejo del retrovisor. Sus palabras maternales, acallaban cualquier miedo, tranquilizaban cualquier corazón desbocado. Tomé aire y lo solté, volviendo a tomar el control de mi misma, la seguridad.
-Diana, cuando te presenten a tus nuevos profesores, muestra respeto. ¿De acuerdo? No lo digo por mi, aunque tambien. Pero la educación es primordial. Alumnos con mala educación no han llegado a terminar los estudios y...-
-Papá, por favor, cállate-
-Diana...-
-Te dije que no quería que vinieras-
-¿Y como iba a perderme el Día de Marcha de mi única hija? Llevo desde que naciste esperando este día.-
-Pero se supone que tu no deberías estar aquí. Deberías estar con los demás profesores-
-Iré antes de que todos lleguéis. No pasa nada. Se trata de un pequeño permiso familiar- No pude evitar bufar. Llevaba años soñando con aquel día, meses preparándolo todo... y mi padre había tenido que estropearlo. -Vamos, tesoro, no refunfuñes. Entiende a tu padre-
-Sabías perfectamente lo que pensaba sobre esto-
-Pero son imaginaciones tuyas. Esto es serio, nadie se atrevería a....-
-¡Vi sus caras en el examen de acceso, papá!- Me incliné hacia delante desde el asiento trasero -Tu no los viste, pero yo sí. Me miraban mal. Sabían ya quien era. Cuchicheaban a mis espaldas-
-Bueno, quizás es solo una... primera impresión. Los jóvenes a veces sois muy desconfiados. Ya verás que la convivencia hará que todo eso desaparezca-
-Si, ya...-
-Diana, haz caso a tu padre. Él conoce el Instituto, sabe lo que se dice- miré a mi madre sin decir nada. Le apoyaba porque quería animarme, no porque realmente le creyese del todo.
-Bueno, al menos, quédate en el coche ¿De acuerdo? No salgas-
-¿Qué? ¿Por qué?-
-Porque no quiero que me vean contigo. Y cuando impartas clases... no me mires como si fuese tu hija. Ni se te ocurra hacer ningún tipo de...-
-Diana, eso esta prohibido-
-Por si acaso. Eres demasiado sentimental a veces...- murmuré, recostándome de nuevo en el asiento.
-Vale, vale. De acuerdo, me quedaré en el coche. Ya estamos cerca- Mis padres sonrieron en aquel momento y yo solo sentí, que una vez más, se me iba a salir el corazón.
Varios minutos después, llegamos a lo que mi padre denominó la Puerta de Phantoss. Se trataba del final de aquella extraña carretera que habíamos tomado al salir de New Berly. El asfalto terminaba y daba pie a un frondoso bosque. Cuando llegamos, ya se encontraban allí numerosos vehículos de distintas familias. Los nuevos alumnos se agolpaban, hablaban entre ellos y se entrelazaban nuevas amistades. Pude observarlos desde la ventanilla. Tragué saliva. Algo no paraba de removerse en mi interior. -Vamos, sal. No van a tardar en venir a por vosotros- instó mi padre.
-Lo harás bien, cariño. Vamos- las palabras de mi madre terminaron de infundirme valor. Abrí la puerta y saqué un pie fuera. Después, el resto del cuerpo. Hacía frío y humedad. Las hojas de los árboles danzaban cuando el viento se colaba entre ellas. Parecía un panorama desgarrador, con la salveza de que el ánimo de los estudiantes, daba cierta belleza al paisaje. Di un par de pasos hacia delante, insegura. Volví la vista atrás y vi que mis padres hablaban entre ellos. Estaban demasiado orgullosos como para tener miedo en ese instante. En seguida, seguí caminando. Sentí las primeras miradas rápido. No podía distinguir si eran de rechazo o de curiosidad, pues estaba demasiado nerviosa. Por puro instinto femenino, eché un vistazo a las chicas. Pocas quedaban solas, pues la mayoría ya se habían agrupado y empezaban a charlar entre ellas. Quise acercarme a un grupo, socializar antes de que fuese demasiado tarde, pero entonces, aquel fogonazo de luz de cegó un instante. En seguida supe, que el curioso comité de bienvenida ya había empezado a llegar en forma de golem y barco surca bosques. Allí, todos se sorprendieron. Yo también lo hice, solo que en parte de forma fingida. Mi padre era Henry Dassadow, había visto cosas igual de impresionantes que aquel barco fantasmagórico. El golem comenzó a instar a los alumnos a montar en el navío de uno en uno. Aproveché la expectación para volver a mirar atrás. Mis padres se despedían eufóricos, sobre todo mi madre, a la que no volvería a ver hasta las próximas vacaciones. Hice un leve gesto con la mano, pequeño pero suficiente como para transmitirle que la echaría de menos. Después de aquello, me volví hacia el barco. Llegó mi turno. Puse un pie sobre la pasarela y pronuncié mi nombre -Diana Dassadow- murmuré lo más bajo que pude. Sabía que un golem lo oiría perfectamente lo dijese como lo dijese ¡Era de piedra! Pero aún así, sentí un leve silencio a mi al rededor. No quería que la pesadilla diese comienzo, así que subí al navío rápidamente y esperé, impaciente, a que pudiésemos zarpar.
Cuando el último alumno subió, una chica con mechas rubias y la nariz de pico, sonó una bocina estremecedora y el suelo tembló a nuestros pies. El barco se puso en marcha. Todos los alumnos corrieron al borde del navío, alzando los brazos para despedir a sus familiares. Todos, menos un chico rubio y yo. Tenía un aspecto serio, parecía que me estudiaba con demasiados prejuicios, así que tras sentir un leve escalofrío, dejé de mirarle y me crucé de brazos. Ya nos íbamos. Cada segundo, estábamos más cerca del Instituto... de un sueño hecho realidad.
Fay
Mi padre no paraba de sudar. Estaba peor de los nervios, al borde de un ataque de ansiedad. Los servicios de emergencias habían tardado más de la cuenta en traernos la rueda de repuesto, porque claro, aquella carretera no era conocida por nadie normal. Ambos eramos conscientes de que llevábamos demasiado retraso, pero ninguno se atrevía a decirlo, aunque él tuviese mas esperanzas de llegar que yo.
Finalmente, empezamos a ver como algunos vehículos conducían ya en sentido contrario después de horas sin ver ni un solo coche. Mi padre aceleró de forma imprudente, solo para encontrarnos antes de lo previsto, con un panorama que nos dejó en blanco. Un barco, en mitad del bosque. Parecía una locura, pero así era. Estaba zarpando. Aún podíamos vislumbrar a chicos de mi edad dentro, sobre la cubierta, y a un considerable grupo de familiares despidiéndose aún de ellos. -¡Fayara, corre!-
-Pero... pero, papá-
-¡Tú solo corre!-
-¡Pero no podré alcanzarlos! ¡Están muy lejos!-
-¡¿Que importa que lejos estén?! ¡No pienses como una mutis!-
-¡Pero...!-
-¡Vamos! ¡Corre!- De un salto, salí del coche tras abrir la puerta. Me ajusté una mochila sucia y raída sobre la espalda, pero me detuve en la ventanilla de mi padre. -¡No te despidas! ¡Nos veremos en vacaciones! ¡Corre! ¡Demuestra lo que vales! ¡Te quiero!- Sin pensármelo, eché a correr. Los ojos se me llenaron de lágrimas a causa del frío que sentía contra la piel. Muchos familiares me miraban. Algunos se llevaban las manos a la boca, sorprendidos y llenos de lástima por lo que podría ser el fin acelerado de mi propia carrera.
-¡¡¡Esperad!!!- grité a todo pulmón -¡¡¡Esperadme!!!- Era inútil. El barco avanzaba a una rapidez que yo jamás alcanzaría. -¡¡¡Por favor!!! ¡¡¡Parad!!!- Las lágrimas terminaron por saltárse de mis ojos. No podía ser... no podía ser verdad...
Diana
Los alumnos cuchicheaban. Muchos se asomaban al borde del barco una vez más. ¿Que ocurría? Oí un grito y entonces la curiosidad me venció a mi tambien. Me hice hueco entre los cuerpos y allí la vi. Una chica lloraba y pedía al barco que se detuviese -No puede ser... ¿Ha llegado tarde?-
-Pobrecita-
-Pues es su problema... en la matrícula quedaba muy clara la hora de salida-
-Quizás ha tenido algún problema-
-Bueno, una menos en la competencia-
Las voces que cuchicheaban a mi al rededor, daban sus humildes opiniones pero ninguna hacía nada por ayudarla -¿No pueden parar el barco? Se va a quedar ahí- pregunté, pero nadie me contestó. Nadie, hasta que el chico rubio de antes apareció.
-Este barco va en dirección al Instituto. No está programado que se detenga. Si se queda ahí, es por su culpa. La responsabilidad es lo primero que se nos pide para estar aquí y esta claro que esa chica no tiene. No merece estar entre nosotros-
-¡Pero si está aquí es que pasó el examen de acceso!- le repliqué, cosa que le sorprendió -El examen de acceso examina nuestra responsabilidad y por ellos no nos ceden la matrícula hasta que no somos aptos en ella. Esa chica tiene. Pero ha debido tener algún problema-
-¿Y a ti que más te da?-
-Pues... me importa porque vamos a ser compañeros a partir de ahora todos... ¿No?- pregunté con inseguridad. Nadie respondió, a pesar de que muchos nos oían. El chico rubio chasqueó la lengua y sonrió con superioridad. Sin decir nada, se alejó. -Bueno... pues yo no pienso dejar abandonada a una compañera- Decidida, abrí mi bolso y saqué el Libro. Era grueso, duro, firme como una piedra. Sus hojas de un blanco amarillento, aún estaban en blanco salvo por la primera página, que ya llevaba un conjuro impreso. Tomé aire. Aquello podía acabar bien... o ser un desastre. Era la primera vez y sabía que posiblemente iba a infringir las normas, pero no podía dejar aquella chica atrás. Mi conciencia no me dejaría tranquila ni un sólo día del curso. Prefería ser yo misma y confiar en mis sentidos. Abrí el Libro por la segunda página. Coloqué la mano sobre la hoja de forma firme. Iba a hacer trampas. Iba a delatarme. Nadie iba a saber por qué sabría aquellas palabras, pero en ese momento, me dio igual -¡Lévis!- pronuncié. Bajo mi mano, se propagó una luz que selló en la segunda página tres runas donde se podía leer perfectamente las palabras que había pronunciado. Entonces, dirigí la mano hacia la chica y ésta, mágicamente, voló.
Alcé la mano y la flexioné como si tirase de una cuerda. La chica pesaba bastante. Me temblaban los brazos de aguantar el peso de aquella forma, pero confié en poder controlarlo. Tiré y tiré de aquel hilo mágico e invisible que hizo que la chica, aunque dando una serie de volteretas, llegase a cubierta y cayese de espaldas ante docenas y docenas de miradas curiosas. Abrió los ojos. Al parecer, los había mantenido cerrados, quizás por vértigo. Y cuando lo hizo, todos quienes la rodeaban en círculo, aplaudieron. Pero no a ella, sino a mí. Sonreí algo avergonzada, sobre todo porque había gente a las espaldas, que no aplaudía, sino que cuchicheaba en voz alta. -Gra...gracias...- murmuró la muchacha. Se la veía apagada, humillada, temerosa. Sentí compasión por ella, de forma que le ofrecí mi mano para que se pusiese en pie.
-Diana- me presenté.
-Fayara, pero puedes llamarme Fay.-
-De acuerdo, Fay- sonreí -¿Tienes excusa para haber llegado tarde?- pregunté sin maldad alguna, sólo con un deje bromista.
-Rueda pinchada. El coche de mi padre es demasiado viejo-
-Excusa aceptada- reí -Menos mal que has llegado a tiempo. Un poco más tarde y no podría haber conseguido ayudarte-
-Pero... ¿Como lo has hecho? Nosotros aun no... Y va contra las normas-
-Ya... ya lo sé- Miré a mi al rededor. Estaba claro que alguien, entre todos aquellos nuevos alumnos, iba a delatarme. O quizás los profesores lo sabían ya, de alguna forma. ¿Quien sabía? -Supongo que... vamos a empezar muy bien esta nueva etapa ¿Verdad?- pregunté de forma irónica, topándome con la sonrisa agradecida de la chica. Mentiría si dijese que no tenía miedo a las represalias que iba a tener. O peor aun, a las que no podría llegar a tener si mi padre intervenía. Pero me alegraba al menos saber... que quizás aquella chica podría ser mi nueva amiga.
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