jueves, 26 de octubre de 2017

Fay

Las manos me comenzaron a temblar y a sudar de forma desmedida. Me quedé mirando al profesor, esperanzada de que diese su desaprobación sobre la elección de Alister de alguna forma, pero no lo hizo. Sentí docenas de miradas clavadas en mí, de entre ellas, la de Caleb y Diana. Ésta última, me miraba con firmeza y no con lástima, como hacían los demás. ¿Confiaba en mí? Si lo hacía, era porque aun no me conocía.

Me puse en pie con calma y caminé hacia donde Alister se situaba, con su espada danzante procurando protegerle en todo momento. Mentiría si dijese que las piernas me temblaban tanto, que juraría poder haberme caído en cualquier instante. -¿Y-ya...?- pregunté. El profesor Deckard asintió. Llevé un pie hacia delante, intentando tener una pose más o menos estable. Tomé mi Libro y lo abrí, deseosa de poder realizar la runa y que ésta se quedase, a su vez, gravada. Si lo hacía, el profesor no me insistiría más. Sentí como una gota de sudor caía por mi sien cuando me atreví a mirar a Alister. Se mostraba frio, confiado, superior. Sentí un miedo atroz, imposible de evitar, sobretodo cuando éste se movió y con él la espada. Me traicionaron los nervios y dí un paso atrás tras proferir un grito. Al instante, las risas se hicieron oír por toda la clase. No, no podía ser verdad.

Cuando miré a mis compañeros, encontré que, efectivamente, se estaba riendo de mí. Otros cuchicheaban cosas que, a pesar de no oírlas, me ponían nerviosa. Sólo Diana, Caleb y Haytham mantenían el semblante serio, preocupado. -¿Qué pasa? ¿Te da miedo mi espada?- preguntó el rubio, en un intento de encender la llama que había despertado.
-N-no...-
-¡Pues para el encantamiento! Te he elegido para que lo hagas-
-Alister tiene razón, señorita Fayara. El tiempo de las clases es limitado- se sumó el profesor Deckard. Me sentí sumamente acorralada, incluso presionada, a hacer algo que no quería. Fue entonces cuando Diana se puso en pie, como si fuese un resorte. Con la mano alzada, llamó la atención de toda la clase.
-Quiero hacerlo yo- se pronunció -Yo lo haré en su lugar-
-Me consta, señorita Dassadow, que usted sabe hacer muchas cosas- por alguna razón, sentí un cierto rintintín en su voz al hablarle de aquella manera a mi amiga -Además, como he dicho, en un futuro estas situaciones aparecerán en vuestras vidas y todos, absolutamente todos, debéis saber afrontarlas. ¿Por qué si no aceptaríamos a Fayara en el Instituto? Debe hacerlo- Diana tuvo que volver a sentarse. La miré sin decir nada. Si pudiese expresarle cuanto agradecía aquel gesto... -Ahora, Fayara, por favor. Hazlo- 

Tomé aire y volví a acercarme con un pie por delante una vez más. Tenía que tomar valor, por mí y por mi padre. Alister se movió, se acercó. Su espada danzaba de forma torpe, casi estúpida, pero constante. Alargué una mano. ¡Sólo tenía que tocarla y contrahechizarla! Lo intenté una vez, y Alister se movió hacia un lado para que la espada quedase perpendicular a mi brazo. Amenazó con dejarla caer, pero fui lo suficientemente rápida como para esquivarlo. -¡¿Que haces?!-
-Oh, vamos... ¿Te lo has creído? Después de la charla de la Regente, sería muy estúpido querer hacerte daño ¿Verdad?- Había algo en sus palabras que no me gustaba nada. Los demás, mientras, volvían a reír. Les hacía gracia la actitud bravucona y bromista, por así llamarlo, del joven Dorian, mientras a mí empezaban a marcarme como a una pobre corderita asustada. Lo volví a intentar, volví a acercarme a él. Pequé de pensar que volvería a repetir su juego de sustos. En vez de eso, Alister se abalanzó hacia delante y con él, lo hizo la espada. Ésta vez no pude esquivarlo. La espada pasó por un lado de mi rostro. Sentí el frío helado al contacto del irradiante calor de mi piel. Después, un escozor. Y luego, el silencio. Me llevé una mano a la cara. Me escocía, y mucho. -Vaya, parece que me he excedido...- rió.

Diana

No podía creer lo que veían mis ojos. ¡Ese estúpido de Alister se estaba excediendo! Si por mi fuera, me hubiese vuelto a levantar para sugerir ser yo quien le parase los pies a ese engreído. Pero sabía que volver a hacerlo, molestaría al profesor y seguramente me sermonearía por ello. No podía hacer nada por Fay, y eso era algo que Caleb y Haytham sabíamos. Éste último apretaba los puños. Después de su acto de rebeldía del día anterior, no me extrañaba que estuviese deseoso de volver a pronunciarse sobre los actos de un profesor. Sólo que no lo hizo. En lugar de ello, apretó por puños hasta dejarlos blancos. Le lancé una mirada, sin decir nada. Él me miró y yo negué con la cabeza. 

Fay dio un paso atrás en ese momento. Observé que en su mejilla, había un leve pero largo corte. Una herida que se curaría pronto, pero que de momento, debía estar avergonzándola. Pensé que volvería a su asiento sin más cuando Deckard le ordenó que se retirara. Pero en vez de eso, Fay salió corriendo y se esfumó de la clase bajo la atenta mirada acompañada de risas y cuchicheos del resto de la clase. Oh, Fay...

Cuando la clase terminó, Caleb, Haytham y yo salimos corriendo del aula, tomando los pasillos más cercanos para saber donde estaba Fay. -¿Habrá ido a la enfermería?- preguntó Caleb. 
-Si hubiese ido, ya habría salido. Era solo un pequeño corte- apunté -Debe estar en otra parte-
-¿Habrá ido a vuestra habitación?- sugirió Haytham.
-Eso es mas probable- asentí, al tiempo que nos encaminamos escaleras arribas hasta llegar al ancho pasillo, decorado con un sin fin de retratos de magos de otras épocas, que separaba el ala de las habitaciones de chicos de las de chicas. 
-Ese Alister... ¿Qué demonios se cree?- Caleb estaba furioso. Su agradable carácter era todo lo contrario al de Dorian.
-El dueño del Instituto...- murmuré -Está bien, voy a la habitación. A partir de aquí no podéis pasar-
-¿Ni si quiera ahora, de día? ¿En pleno intercambio de clases?- preguntó Haytham.
-Creo... que no-
-¿Y por qué?- No me esperé que Haytham tuviese curiosidad por esa norma en concreto. Me quedé callada. Era obvio ¿No? 
-Pregúntaselo a tu tutor encargado, Haytham- me burlé -¿Vais a esperar a aquí?-
-Sí. Pobre Fay, me siento fatal por ella...- musitó Caleb.
-Está bien. Intentaré que sea rápido. Si un profesor nos echa en falta a las dos, contadle lo que ha pasado- Sin mediar más palabras, recorrí el extenso pasillo que custodiaba Cornelia, hasta llegar a mi habitación. La última del pasillo.

Estaba ordenada. Las sábanas estaban lisas sobre la cama y la puerta del armario bien cerrada. No había signos de que Fay hubiese estado allí. Extrañada, volví sobre mis pasos. No, la sugerencia de Haytham tampoco era la correcta. ¿Donde estaba? Cuando volví a tomar el pasillo, me detuve un momento frente a la puerta del baño. Se oían leves quejidos penosos provenientes del último retrete, oculto tras una enorme puerta oscura ya vieja. Entré lenta, intentando oír bien. Sin duda alguna, alguien estaba llorando. -¿Fay?-
-Vete, Diana...- En efecto, era la chica.
-Pero, Fay ¿Que te ha pasado?- me acerqué aun más a la puerta -No te preocupes por no saber defenderte. Aprenderás con el tiempo, para eso estamos aquí-
-No, no lo entiendes. No lo entiendes porque no eres como yo- Fruncí el ceño al oir aquello, y luego, miré a mi al rededor.
-¿Me dejas entrar contigo? Se ve un poco raro que esté hablándole a una puerta-
-¿Está Caleb ahí...?-
-Por supuesto que no- Al decir aquello, la puerta cedió. La empujé levemente, descubriendo a Fay, con ojos rojizos, sentada sobre la tapadera del retrete. Cerré la puerta a mis espaldas y eché el pestillo. Nadie nos iba a molestar. -¿Que es lo que no puedo entender?- Fay sollozó y se secó la nariz con la manga de la camisa.
-Lo que supone que se rían de ti constantemente-
-Fay... solo ha sido una clase. No... no tienes por que tener miedo. Alister es un auténtico capullo pero...-
-No, no ha sido una clase. Ha sido toda mi vida al completo. Risas, risas a mis espaldas, risas en los pasillos, risas en clase. Fay la miedosa. Fay la pantalones sucios. Fay la cría- recitó, como si conociese de sobrada manera esos apodos.
-¿Se reían de ti cuando ibas al colegio?-
-Y en el instituto. Y fuera de clases. Allá donde iba siempre era insultada...- murmuró.
-Eso es horrible, Fay- tragué saliva. Algo me decía que los motivos de la chica eran mucho más profundos de lo que yo pensaba para estar allí encerrada llorando.
-Por eso yo... no estaba segura de venir. Cuando pasé el examen, el cual preparé porque mi padre me lo pidió, me sentí mal. Prefería haber suspendido ¿Sabes? Y todo porque no quería volver a un lugar lleno de gente. No quería volver a soportarlo más. Ese miedo, esa sensación de que siempre habrá alguien acechando, esperando para volver a reírse de ti es...-
-Tranquila, Fay. No volverá a pasar...- puse mi mano sobre su hombro. No se que especie de fuerza le proferí, pero tomó aire para comenzar a hablar.
-Mi madre murió cuando yo tenía ocho años. Se llevó muchos años enferma. Sus últimos días fueron horribles y yo lo vi todo. Vi como se deterioraba, como no me recordaba ni a mi ni a mi padre. Cuando murió, pasé unos días sin ir a clase. Pero cuando volví, no estaba bien... En mitad de clase, lloraba. Lloraba porque me sentía mal rodeada de gente feliz. Los niños dijeron que estaba loca, que lloraba por tener que ir a clases, que era una niña llorona... Se inventaron mil cosas aquel año. Quizás perder a una madre en esas condiciones, añadiendo un curso entero de burlas, me hizo... insegura. En años posteriores, quienes se suponía que debían ser compañeros míos, se dedicaron a provocarme, asustarme, decirme cosas horribles solo para que llorase. De ahí a lo de Fay la miedosa o Fay la cría... Por eso decía que tú no puedes entenderme. Mírate. Tienes talento, don de gentes. Caes bien, no te da miedo socializar. Y he visto como te miran los demás cuando pasas por su lado, incluso como te miran los chicos...-
-¿Eh?-
-Jamás podrás entenderlo-
-Quizá no pueda entenderte, pero sé que se siente al ser tachada. De ti se ríen por tu inseguridad, de mi porque me creen con ventaja. Quizá sea incluso por envidia. ¿Y que hago? ¿Amedrentarme? ¿Sucumbir y encerrarme en un baño a llorar? No, sigo. Sigo y les demuestro que están equivocados. Y eso es, Fay, lo que creo que tú también deberías hacer...-
-¡¿Como, Diana?! ¡No lo entiendes!-
-¡Vale, no lo entiendo! ¡Pero déjate ayudar!- le grité, haciendo que se quedase perpleja, callada. -No estés aquí encerrada, llorando y sola. Soy tu amiga ¿No? Y Caleb y Haytham tambien lo son-
-Ellos... ¿Como van a ser mis amigos ellos si yo no...?-
-Pues están al final del pasillo esperando a que salgas. Caleb está muy preocupado. Ha pasado el resto de la clase ofuscado, tan deseoso de salir para poder buscarte como todos- No se por qué, pero supe que hablarle de Caleb la animaría mucho más. No iba a ofenderme. Era normal, en una chica de su edad, sentirse más animada aún si un chico mediaba en su vida de forma agradable.-
-Oh, Dios... No... Qué vergüenza-
-Vergüenza debería darle a Alister ser así-
-Le odio-
-Y yo-
-Ojalá suspenda las pruebas-
-Ojalá le reviente una pócima en la cara y se quede sin cejas-
-Ojalá se pudiesen hacer conjuros para dejar a la gente desnuda en mitad de clase-
-Ojalá nos dejasen usar ese conjuro... porque en realidad es muy fácil hacerlo- Mi voz sonó con una maldad descomunal, la cual se esfumó al oír aporreos al otro lado de la puerta.
-¿Señoritas? ¿Sabéis que es hora de estar en clase?- La voz de la profesora Cornelia no sonaba amenazante en absoluto, pero sí estricta. Abrimos la puerta rápido para no tener problemas. Allí estaba ella, con las manos en las caderas y una ceja alzada. Pero cuando vio el rostro de Fay, se relajó.
-Profesora, ¿No debería estar en clase también?- pregunté.
-Había venido a...- calló -Bueno, está bien. A fumar, había venido a fumar. No hay un maldito sitio donde me dejen fumar en el Instituto. Si la Regente se entera de que estoy fumando en los baños, me cruje. Me guardáis el secreto ¿A que sí?- sonrió nerviosa. De todos los profesores del Instituto, Cornelia sin duda alguna era quien parecía más cercana. -Porque entonces yo no diré nada sobre qué hacíais aquí ni vuestros males de amores-
-¿Mal de amores?-
-¿Qué hacíais aquí llorando si no?- Miré a Fay y ésta asintió. Con su permiso, le conté todo lo ocurrido a Cornelia. Una vez terminé, la profesora se sorprendió. Casi se puede decir que se ofendió a pesar de que poco le repercutía a ella. -Después del almuerzo buscaré al profesor encargado de Dorian y le sugeriré que...-
-¡No, no lo haga!- Fay habló por fin -Será peor ¿No lo entiende?-
-Pero estáis bajo mi responsabilidad. Soy quien debe actuar por vosotras en este tipo de situaciones. Lo que os suceda, me repercute a mi también-
-Fay tiene razón. Prefiero solucionarlo entre nosotras-
-¿Estáis seguras?- Ambas asentimos -Está bien, pero no os prometo nada. Si vuelvo a ver que ocurre algo entre dos alumnos de distintos tutores, intervendré ¿De acuerdo? Ahora, marchaos de aquí y dejadme fumar-

Fay y yo salimos de los baños. Caleb y Haytham, aun esperaban al final del pasillo. Estaba claro que a los cuatros nos iban a castigar por llegar tarde a la siguiente clase, pero de alguna forma, sentí que a ninguno nos importó. Caleb se acercó a Fay y se preocupó por ella más que ninguno. Le pasó un brazo por el hombro, dándole más seguridad conforme nos acercábamos hacia la siguiente clase. Para mis adentros, sonreí. ¿Podía ser que...? Salí de mis pensamientos cuando me percaté de que Haytham me sonreía. -¿Qué? ¿Le has pedido permiso ya a tu tutor para colarte en nuestro pasillo, Don Curiosidad?-

No hay comentarios:

Publicar un comentario