Norman
La tormenta arreciaba con fuerza en el Instituto, esa noche con más de la que se solía esperar, mucha más de lo acostumbrado, y más para mí. Podía sentir en el ambiente la tensión que se respiraba a cada paso que daba y eso que aún no había llegado ni un sólo alumno de los que estaban por venir en las próximas horas. Aún así me observaban como ovejas que no quitan el ojo al lobo que les acecha. Infelices. No es a mí, precisamente, a quien deben temer. Deambulé por el amplio y lujoso pasillo del Instituto, iluminado por un sin fin de lámparas que contenían lúmenes mágicos lo bastante potentes como para hacer de la noche más oscura el día más claro. Bolas blancas, esferas como soles diminutos. Los ojos me dolían cada vez que pasaba junto a una, sobre todo el ojo derecho. No pude evitar frotármelo ligeramente cuando pasó un breve instante. Aquel leve gesto me distrajo lo suficiente para no percatarme de que me aguardaba un obstáculo en el camino -Señor Siff- dijo el rubio Deckard, elegante, fino, bien peinado y con unos modales excelentes. Casi parecía un mayordomo por la forma en la que se cuadraba, con las manos cruzadas, sosteniéndose una de las muñecas, a la altura del bajo vientre -Parece usted algo cansado ¿Ha trasnochado?- lo preguntó como quien pregunta la hora, sin embargo yo sabía muy bien las intenciones oculta que llevaba esa sonrisa socarrona. Quiso pasar la mano de frotarme el ojo a tenderle un delicado pero contundente puñetazo, lo bastante fuerte como para maquillar su rostro con algo de colorete, pero como para variar desde hace unos años, tuve que contenerme
-No, no he trasnochado. Sólo me molesta la luz- suspiré, con tono cansado, hastiado, aburrido
-Me alegra oir semejantes palabras. Hay que recibir a los alumnos con alegría- sonrió emocionado. Siempre he odiado su estúpida alegría insustancial. Es falsa, es repulsiva -Siempre es emocionante comenzar un nuevo impartimiento de clases. Un nuevo curso, nuevas caras, nuevos talentos para el Instituto y la Asamblea-
-Tienes mucha fe puesta en el futuro- comenté aguantando un bostezo
-El futuro amigo mío es cuanto nos queda. El pasado ha sido nefasto y el presente, ah... el presente- se llevó una mano teatral a la frente -Pobres de nosotros, que estamos marcados por el desastre- se refería a mi cicatriz, a esa cicatriz siniestra, grisacea, casi oscura, que cubría mi ojo y parte de la sien como si fuese una exageradísima sombra de ojos. Una marca para nunca olvidar
-Puede que tengas razón- traté de pasar a su lado y dejarlo atrás. Me había llamado la Regente y debía acudir de inmediato. De hecho, se suponía que Deckard también debería estar yendo hacia allá
-Una cosa más Norman, sé que tenemos cierta prisa-
-¿Ah, sí?- pregunté alzando ligeramente las cejas con una sonrisa sarcástica
-Mmmm sí. De hecho, me cuestionaba si no eres consciente de tu aspecto- me miró de arriba abajo
-¿Qué tiene de malo mi aspecto?- me miré con pereza. Pantalón negro, camiseta blanca de manga corta, pelo largo desarrapado, barba de una semana... Era mi aspecto común
-Pareces la bola de pelo que escupiría una Quimera-
-No es una comparación muy...- miré de un lado a otro -Acertada-
-Pero que sin duda conoces de sobra- apuntilló con malicia -Apuesto que no soy el único que opina sobre ello. Deberías afeitarte. Y cortarte el pelo. Y cambiarte esa camiseta. No impresionas a nadie con ese cuerpo, por muy musculadito que estés. Te veo ahora con los demás- comenzó a alejarse afortunadamente -Por favor. Cámbiate y arréglate- insistió antes de desaparecer a lo largo del pasillo, dejando que los ecos de sus pisadas fuesen testigo mudo de nuestra mutua indiferencia
-Que te follen- dije en tono sosegado, pero firme. Al cabo de los segundos oí un refunfuño molesto. Lo había oido. Sonreí alegremente antes de seguir mi camino. Cómo he odiado siempre a ese tipo.
Apenas media hora después la sala de la Regente estaba llena de profesores. Eramos varios, quizá demasiados para mi gusto. Decían que el Instituto debía estar protegido a toda consta y a todas horas y sin embargo los allí presentes no eran ni de lejos los más duchos en artes de combate, exceptuando quizá a Loreen Marsh, la Regente y perdóneseme la falta de humildad: yo mismo -Buenos y lluviosos días, compañeros- comentó Loreen, jefa absoluta de la mugrienta institución y miembro oficial de la Asamblea de Merleen -Ya sabéis por qué estamos aquí ¿Me equivoco?- comentó sonriente, amable. Era la dulzura personificada, pese a que escondía una horrible bruja bajo esa fachada. La conocía bien. Tan bien como ella a mí. Su rostro angelical cambió unos instantes al mirarme a la cara, pero supo contener la completa y total falta de empatía, rabia y odio hacia mi persona. Si por ella fuera, ni de coña estaría formando parte del Comité de Profesores, pero así lo votó la Asamblea. Obviamente, su voto fue tan en contra que de repercutir en mí, estaría criando malvas -Estamos por comenzar un nuevo año de formación a jóvenes promesas a las que venimos siguiendo desde hace años. Espero de vosotros comprensión, entrega, esfuerzo y sobre todo, paciencia. Mucha, mucha paciencia-
-¿Esa enorme cantidad de paciencia requerida se debe a algo?- preguntó Deckard
-Veamos... ¿A cuantos de aquí les es familiar el apellido Dorian?- apellido radense. Pude imaginar automáticamente de quién se trataba. Me limité a cruzarme de brazos y disfrutar el gesto de disgusto que componían mis compañeros
-¿Charles Dorian?- preguntó Mathilda. Matty para los amigos. Para mí simplemente era un parche rosa recortado contra todo en lo que se superponía a mi vista. Matty era un concepto, un simple bosquejo. Era el cliché de mujer adinerada personificado. Todo cuanto adoraba era el color rosa, a veces mezclado con el oro o peor, el amarillo pollo. Era joven, de piel tersa como el terciopelo. Su larga melena castaña hacían juego con sus ojos color chocolate y unas gafas de pasta cuadradas que le agrandaban los ojos hasta causar un exceso de glucosa en sangre de tan mona que le hacía ver. Su juventud, además, remarcaba ciertos atributos físicos bastante llamativos que la convertían en una verdadera muñeca. Su personalidad por otra parte la hacía enormemente repelente -Osea, a ver, quiero decir...- trató de corregir el tono asqueado -¿Sigue su familia en el gremio? Quiero decir, a ver, osea, me explico ¿Siguen estudiando? Pensaba que con su dinero ya podían comprarse cualquier titulación, ya sabe, osea, no sé si me explico-
-Te explicas de puta madre- añadí, para finalizar su incesante verborrea dudosa y autointerrumpida por constantes intentos de aclararse. Di el toque final con una sonrisa exagerada
-Sí, la familia Dorian sigue formando a sus descendientes según el tratado mágico, para preservar el buen hacer de las fuerzas arcanas para la sociedad y el mundo en el que vivimos- carraspeó -Por otra parte, me encantaría aclarar al señor Siff que bajo ningún concepto toleraré expresiones soeces en esta sacra institución- me miró de esa forma que me resultaba tan familiar. Aquella expresión insondable de profundo deseo de arrancarme cada extremidad del cuerpo y darme de comer a los perros -Así que trate de contener su lengua. Y por favor, cámbiese de atuendo y muéstrese algo más arreglado- casi oí reverberar la carcajada de Deckard milenios en el futuro. Cerré los ojos y traté de tener paciencia
-Por lo demás, mientras llegan los alumnos, vamos a repasar los horarios y las materias que se deben impartir. Deckard, empezamos por ti...-
Alister
Menuda puta mierda de día. Estaba lloviendo a mares y no había una forma posible de no parecer un charco andante. Los relámpagos cruzaban el cielo como borrachos persiguiendo el culo de bailarinas de streap y no hacían más que incendiar un poco más los nervios que ya llevaba encima, ya de por sí inflamados por la constante discusión de mis padres. Traté de calmarme lo suficiente para no hacer una locura y hacer estallar el coche conmigo dentro. Sí. Lo mejor sería calmarse. Mis pensamientos cuando estaba de mal humor no eran precisamente los más amigables -Como descendiente de los Dorian, Alister, espero mucho de ti en esta importante etapa en tu vida- añadía mi padre con su insaciable pico de oro
-Déjalo ya, Charles. Mi pobre Ali debe estar nerviosísimo por su primer día- mi madre echó un vistazo al asiento de atrás. Despreciaba completamente su constante preocupación. Me trataba como a un niño pequeño. Hace mucho, demasiado, que dejé de ser un niño. Mucho más un niño pequeño que necesitaba mimos y cuidados constantes
-Xana, no se trata de de mimarle. Formar parte del Instituto y aprender allí a ser un gran hechicero ¿Eres consciente del prestigio que es? Nuestra familia no ha faltado jamás un sólo curso, ni siquiera cuando el adiestramiento comenzaba en la niñez. Sigo sin comprender por qué hoy día quieren que los alumnos ya tengan la veintena ¿Están locos? Pierden potencial. Muchísimo potencial. Afortunadamente para Alister forma parte de una familia prestigiosa y poderosa. Ya lleva mucho aprendido y adelantado al Instituto y espero, no. Más te vale, chico, que seas el mejor-
-Ya basta, Charles. Ni una palabra más. Ali ¿Tienes hambre cariño? ¿Quieres comer o beber algo? ¿Quizá te apetezca...?-
-¡Me apetece que cerréis la dichosa boca de una vez!- estallé, golpeando el asiento trasero con rabia -¡Joder! Esto parece primaria- gruñí
-Si vuelves a contestarme así, chico...- casi pude sentir cómo mi padre apretaba el volante
-Charles, por favor- a mi madre casi le tembló la voz
-No pienso permitir un comportamiento semejante, ni contra mí, ni contra tu madre, ni en el Instituto. Te apellidas Dorian por todos los cielos ¿A qué viene comportarse como si fueses un simple magucho de callejón y esquina, o peor, un mutis cualquiera?- aquella comparación me hirió. Él lo sabía. Sabía herirme. No era tanto el hecho de que me comparase con algo, cosa que hacía constantemente, sino que lo hiciera con los mutis o magos de baja alcurnia. Sabía que lo detestaba. Él me hizo detestarlo. Hizo que mi madre lo detestara. Hizo que prácticamente, todo lo que no fuese lujo, elegancia, etiqueta, dinero, fama, influencias y glamour fuese completamente despreciable ¿El apellido Dorian? Para mí debía ser como para los mutis lo eran sus religiones, ritos y creencias. Dorian de Garde, mi antepasado y fundador de una familia bajo su nombre, uno de los más grandes magos que jamás había existido, debía de ser lo más parecido a una figura mesiánica que había en mi vida, así como en la de mi padre, mi madre, y sus padres antes que ellos. Y sin embargo lo que yo siento es vergüenza. Odio, rabia, rechazo, repulsión... Si el apellido Dorian debía ser grande para mí, lo sería, precisamente, por los méritos que yo, Alister Dorian, conseguiría a partir de ese día.
Caleb
-¿Estás bien?- Anne sonaba preocupada, como de costumbre. Era la novia de mi padre. Bueno, su nueva novia. Esta ya era la cuarta en tres meses, pero al menos era la que más se preocupaba por mí. La fuerte lluvia, los relámpagos y el viento no impedían a la mujer estar a mi lado, aferrada fuertemente al paraguas. Era joven. Demasiado para mi padre. Demonios, casi podría ser mi propia pareja. Me daba rabia admitir que de vez en cuando la miraba como un hombre mire a una mujer y no como uno mira a la novia de su padre -Estás algo gris-
-¿Y cuando no?- sonreí, quitándole hierro al asunto
-¿Estás nervioso?-
-No me gusta la incertidumbre, ya lo sabes-
-Lo sé- sonrió la chica. Me acarició la mejilla con dulzura -Pero no va a pasar nada ¿De acuerdo? Todo va a ir bien. No es que vaya a aparecer un dragón de la nada a intentar devorarnos-
-Sería más divertido que estar aquí esperando a ver qué clase de sorpresa nos trae el Instituto-
-¿Sorpresa? Creo que es obvio- se encogió de hombros Anne
-¿Tan claro lo ves?- ella asintió
-Estamos aquí, en mitad de una fuerte lluvia, en ninguna parte. Si no abren alguna especie de portal, dudo horrores que haya otra forma de llevaros al Instituto-
-¿Tú no fuiste? Demonios ¿Es que nadie sabe cómo se va a ese sitio?- me rasqué la barbilla. Realmente detestaba la incertidumbre
-Por seguridad suelen cambiar de métodos. A veces hasta mueven el Instituto de sitio-
-¿A caso es posible?-
-Magia, Caleb ¿Qué es imposible con la magia?-
-Te sorprenderías de cuantas cosas la magia no puede conseguir- reí
-¿Ah, sí? ¿Cómo qué?- ella rió también, animada por mi carcajada
-Como que mi padre aparezca de vez en cuando- concluí con sequedad, apagando todo fugaz momento de alegría
-Cal...-
-Déjalo, Anne. Sé que le vas a defender sin importar una mierda lo que haga-
-Sabes que eso no es verdad, cariño...-
-Hazme un favor ¿Vale?- la miré con dureza, con todo el dolor de mi corazón -No me llames cariño. No me hables en ese... tono- me costaba expresarme duramente con ella, pero realmente tenía que conseguir que no me tratara como su hijo. No era su hijo. Fisica y biológicamente hablando, era imposible que fuese su hijo y que ella me viese como tal -No necesito que seas mi madre-
-Lo sé, es sólo que...- suspiró con pesadez. Se hizo un agradable silencio, al menos para mí. La tromba de agua repiqueteando sobre la tela del paraguas era una melodía angelical en mis oidos -Comprendo que estés incómodo con mi presencia y que tu padre se ausente tanto, pero a veces las cosas no son como uno quieren- trataba de hacerme sentir bien de verdad. Trataba de consolarme. Era un amor de persona. Era de verdad un ángel que mi padre no merecía. Toda la dulzura que supuraba por cada parte de su ser la hacía única. Brillaba -Cal, cielo... Bueno... amigo... no sé cómo llamarte- rió tontamente -Hazmelo un poquito, sólo un poquitín más fácil el poder estar contigo aquí ¿Sí?-
-Ah, Anne...- sonreí -Si tan sólo pudieras ser consciente de cuan poco tiene que ver todo esto contigo. No eres la culpable de nada. Me caes bien. Me gustas. El problema es mi padre-
-Jacob tiene un trabajo muy duro en la Inquisición-
-Seguramente esta tormenta la han causado los nigromantes- reí socarrón -No me hagas reir Anne. Hace años, muchísimos, que los nigromantes no aparecen. Si no está aquí es porque le doy igual. Y creeme, tú también le importas poco. Estarías mejor en otro lugar. Conocerías a alguien mejor que él. Más entregado, atento, cariñoso... Alguien que te hiciera reir y no preocuparte. Alguien que sepa entender, escuchar. Que siempre esté ahí. Alguien...-
-¿Como tú?- preguntó de pronto. Me sonrojé al punto de que pensé que me confundirían con un faro -Te pareces más a tu padre de lo que crees-
-Sólo que tengo 20 años menos-
-Y por eso te crees más listo que él, mejor persona que él...- se burló de mí, pero con ese tono de voz tan dulce era imposible enfadarse con ella -No menosprecies a Jacob, por favor. Él te adora. Lo sé-
-Ya...- bajé ligeramente la cabeza. La lluvia ya anegaba el suelo de aquella carretera en mitad de la nada. Estabamos rodeados por un bosque que cada vez se iba poblando más y más de gente. Distintas familias aparcaban los coches en fila, uno tras otro, formando una espectacular cola que se perdía casi en el horizonte. El lugar donde nos encontrábamos era el fin de aquella carretera. Se cortaba en mitad de aquel bosque y el resto todo era un enorme mar de árboles y barro. No entendí hasta minutos después lo acertado que era aquello de "mar de árboles". Se oyó una enorme bocina de la nada. Un rugido que casi parecía provenir del cielo, como si se partiese en dos. Un fogonazo de luz blanca nos alcanzó y cegó a todos, como si nos hubiesen hecho una foto con el flash más grande del mundo. Entonces le vimos. Ese tipo tan pintoresco. Era un hombre alto, titánicamente fuerte, ataviado con un impermeable amarillo y un gorrito de pescador. Sería un típico marinero si no fuera porque era de piedra. Ese tipo era de piedra
-Bienvenidos, damas y caballeros, a la Puerta de Panthoss- mugió aquella criatura pedregosa -Me llamo Geraldo y soy un golem al servicio del Instituto- hablaba algo más lento que una persona normal, pero denotaba inteligencia. Incluso usaba expresión corporal. Me tenía asombrado. Nunca había visto un golem y pensé que no lo vería jamás. Sólo había leido sobre ellos en la Guerra Negra. Sólo los más grandes conjuradores eran capaces de dar vida a uno y ya ni hablar de dotarles de semejante alma -En breve llegará nuestro transporte hacia nuestro destino. Por favor, que nadie salga de la calzada. Si veo un pie fuera de la misma, estoy autorizado a devolverlo a la calzada por la fuerza de ser necesario- se oyó una risa jocosa no muy lejos de mí. Un chico rubio, acompañado por sus padres, cruzado de brazos, se preguntó si sería verdaderamente capaz de devolverle al interior de la calzada -No estoy autorizado a hacer una demostración. Sólo a actuar en caso de ser necesario. Si el pie o pies quedasen atrapados en el barro, devolveré el cuerpo a la calzada sin los pies. Es sólo una aclaración, en caso de que alguno quiera ser lo bastante bravucón para provocarme- no dejó de hablar con esa lentitud y gravedad de voz en ningún momento y sin embargo parecía enfadado sin mostrar emoción alguna en su rostro de piedra. Me debían de brillar los ojos porque Anne me miraba con dulzura, mientras que a aquel provocador su padre le regañaba y le recitaba un soliloquio sobre el apellido Dorian. Me sonaba de algo ese nombre y no recordaba de qué.
Fue entonces cuando se hizo el silencio. Hasta el sonido de la lluvia desapareció. Se volvió a oir aquella bocina infernal y el fogonazo de luz nos atizó de luego en los ojos. Entonces vimos cómo el bosque se agitaba, vibraba, así como la calzada. Los árboles comenzaron a hundirse en el barro de pronto como si fuesen arenas movedizas. Cada vez más y más deprisa, revelando como un barco enorme se aproximaba hacia nosotros, envuelto en bruma fantasmagórica. Casi parecía una ilusión. No, debía de serlo. He visto actuar a la magia. Demonios, soy hijo de magos y mi padre trabaja en el departamento inquisitorial de la Asamblea ¿Pero esto? Esto excedía al mero hecho de que la salsa de tomate se vertiera sola sobre la comida. El navío avanzó y viró hasta quedar completamente colocado sobre todos los presentes, a lo largo de la calzada. El Instituto sí que sabía hacer espectáculos. No hubo absolutamente nadie que se esperase ver aquello -Podéis subir a vuestro transporte- indicó el golem señalando con la mano una pasarela que comenzó a formarse con el barro, tomando forma y aspecto de hierro lentamente, como si simplemente estuviese sucia y la lluvia la limpiara. Lluvia que había dejado de sonar desde que el barco llegó, aunque caía a mares
-Disfruta de tu instrucción. Será larga, pero merecerá la pena- Anne me dio un beso en la mejilla. Hacía mucho tiempo que no sentía ese tipo de calidez. Recordé a mi difunta madre. Ojalá ella estuviese presente
-Gracias Anne- suspiré, tomando la maleta del suelo -Creo que es hora de partir- ella asintió
-Ánimo- fue lo último que me dijo mientras me acercaba al golem. Vi que antes de dejar subir a los pasajeros, el pedregoso anfitrión los examinaba con la mirada lentamente mientras ofrecía su mano para que los pasajeros pusieran la suya sobre la enorme zarpa de piedra. Una vez hecho eso, el golem musitaba el nombre del pasajero y en su mano se inscribía a fuego el nombre de dicha persona. Al menos era una clara señal de que no habría polizones ni peligros sin identificar a bordo. Eso pensé al menos. Estúpido de mí. La de cosas que me quedaban por conocer...
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